«El Mundo» se burla de una mujer antifascista, la llama «Matusalén indepe»

En manos del diario español, Rosselló se convirtió en la ‘Matusalén indepe’ y la mascota de la manifestación. Las referencias a la lucha antifranquista, en el exilio y al sufrimiento quedaron reducidas bajo una buena dosis de menosprecio. ‘Fue, en definitiva, el elemento más pintoresco de este parque temático «indepe» en que se ha convertido cada movilización en la Cataluña del otoño post-sentencia del 1-O’, decía el artículo.

Una historia de represión, amor y exilio

Rosselló, nacida en Flix (1923), convivió con un entorno muy politizado desde la cuna. Sus hermanos lucharon con el ejército republicano y ambos fueron condenados por consejos de guerra franquistas. Un pasó siete años en prisión y el otro se exilió en Cataluña Norte. Para forzar su retorno, las autoridades franquistas chantajear a la familia y encarcelaron al padre. En 1940, el hombre murió entre barrotes. La explicación oficial del fallecimiento fue: ‘Ha caído por unas escaleras.’ Y otro detalle.

En los primeros tramos de la posguerra, Rosselló tuvo pocas alegrías, pero una fue conocer José Travesset. Un pariente lejano de Balaguer con quien se encontró en Andorra. La reunión no fue fortuita. Travesset era el enlace para hacer llegar una carta de la familia al hermano exiliado en Perpiñán. Lo que debía ser un favor se acabó convirtiendo en una historia de amor.

Travesset había llegado a Andorra después del final de la Segunda Guerra Mundial. Como tantas otras víctimas del exilio republicano, Travesset pasó de las trincheras militares en el campo de concentración de Argelès. Pero el sufrimiento no se acabó allí. Con la ocupación nazi, fue forzado a trabajar en una fábrica en Alemania, de donde escapó al final de la guerra.

Además del afecto personal, Travesset y Rosselló compartían anhelos e ideales. Ambos eran esperantistas y tenían sólidas raíces políticas. Tras casarse se instalaron en Barcelona, ​​pero la boda no fueron dulces. El régimen los tenía en el punto de mira y el marido fue encarcelado por su pasado republicano. En 1956, ya con la Carmen en la familia, decidieron irse al exilio. La situación política y económica les había sumergido casi en la miseria.

En Sao Paulo, la principal ciudad de Brasil, los Travesset y Rosselló encontraron la estabilidad que necesitaban. Sin embargo, con el tiempo, la curiosidad por aprender impuso a la comodidad y comenzaron un periplo por América del Sur y Central. El objetivo? Conocer las naciones amerindias subyugadas por el colonialismo español. La familia recorrió más de 15.000 kilómetros a caballo -con un carruaje cama construido por ellos mismos ya pie.

La conciencia política de los Travesset y Rosselló se fue fortaleciendo en cada etapa del trayecto. Llevaban una vida sencilla, incluso precaria. Combinaban los ingresos que sacaban de conferencias y exposiciones de pintura con la hospitalidad de la gente. Además de Brasil, visitaron y vivir en Bolivia, Perú, Ecuador, Colombia, Panamá, Costa Rica, Nicaragua y Honduras.

El libro La América marginada , publicado en 1978, es el testimonio de aquellos años de investigación y convivencia con los nativos americanos. Pero no es su único rastro literario, Rosselló ha escrito más de una veintena de libros.

En 1965, los Travesset y Rosselló volvieron a Barcelona. En las postrimerías del régimen, intensificaron la actividad antifranquista, a la que también se añadió la pequeña de la casa. Carmen se involucró con el PSAN provisional y fue encarcelada varias veces. En 1975, fue torturada durante cinco días a la comisaría de Via Laietana.

En una carta firmada en enero de 1976, Roselló denunciarlo:

«Le practicaron inmediatamente el sistema de tortura llamado de la barra. Este consiste en pasarle una barra de hierro entre las piernas y los brazos, previamente esposadas las manos a la altura de las piernas, sosteniendo la barra entre dos tablas, por lo que el cuerpo quedara colgando boca abajo.

En esta posición le fustejaren bárbaramente los pies descalzos con barras de hierro y correas. Cuando los pies estaban suficientemente hinchados y casi insensibles, le iban clavando el extremo de una barra de hierro que acababa en punta, produciéndole intensísimas y vivas punzadas.

Cada vez que se desmayaba, la descolgaban tirándola por el suelo, y con el fin de que retornara, le azotaban todo el cuerpo con las mismas barras de hierro y correas, apretándole ferozmente el estómago. ».

 

Fuente

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