EL LINCE. Evitar las ilusiones

 

Entre los muchos libros que he podido leer o releer estos días está alguno sobre la Revolución de Octubre en Rusia y de Lenin. Y sobre la Nueva Política Económica (1921-1928) que puso en marcha después de la guerra civil, es decir, una economía de mercado por un período concreto.

Lenin murió demasiado pronto (1924) y eso influyó en la NEP, tanto en su continuación como en su final. Elucubrar sobre lo que hubiese sido la URSS si Lenin hubiese vivido simplemente 10 años más no tiene sentido, por lo que elucubrar hacia dónde hubiese podido llegar la NEP, tampoco. No hay que olvidar que en 1922, un año después de haber puesto en marcha la NEP, Lenin se disculpó públicamente ante los soviéticos por la situación del país tras la guerra civil y explicó el por qué de la NEP.

A la NEP se refirió expresamente Deng Xiaoping cuando decidió impulsar el camino económico de China tras la muerte de Mao. Sin embargo, las desigualdades sociales que ha generado el capitalismo en China son enormes y están fuera de cualquier otra consideración, sin entrar en el «combate a la pobreza» que se viene desarrollando en China en los últimos años. Ningún dirigente chino se ha disculpado con el pueblo chino por ello, aunque sí de forma indirecta cuando insisten en sus esfuerzos de combatir la pobreza y que ha sacado de la misma a 800 millones de personas según ha reconocido, incluso, el FMI. Ningún país del mundo ha hecho un esfuerzo ni mayor ni similar en tan poco tiempo para lograr algo parecido. No obstante, ahora es más que probable que ese objetivo se postergará como consecuencia del coronavirus dado que es seguro que China se centrará más en recuperar la economía de los grandes centros industriales.

Es evidente el éxito de la «NEP china», que ha logrado convertirse en el corazón del mercado mundial y es por lo que el capitalismo internacional lleva años temblando y ahora, con el coronavirus, ha entrado en pánico. Porque los chinos han destrozado el mito, ese mito que decía que «capitalismo y democracia van de la mano».

También es evidente que nunca ha sido así (el caso nazi es el más sintomático, aunque no hay que perder de vista el franquismo, o Argentina, o Chile, o Grecia, o Portugal, o ahora Brasil, o Bolivia, o la propia Europa), pero esta ha sido la iconografía que machaconamente se ha transmitido desde Occidente. Pero ahora China lo pone al desnudo: puede haber un capitalismo, sui géneris si se quiere, tan duro como el occidental, si se quiere, pero manteniendo en él claras muestras de la superioridad del socialismo como la planificación económica. Eso es el «socialismo con características chinas».

Quiérase o no, China es aún una sociedad en transición o, como ellos mismos dicen, «una sociedad en fase primaria del socialismo» y que si bien es un modelo en el que se está fijando gran parte de Asia, África y América Latina, es decir, países en desarrollo, también lo empieza a ser en Europa por lo que supone de volver a una etapa, 1950-1980, en la que había una economía mixta Estado-mercado que garantizaba ciertos derechos con alguna amplitud. Y quiérase o no, China está poniendo el acento en algo que también es ejemplo: una mayor regulación y planificación del desarrollo gracias al Estado y lo que supone que en sus manos esté el mantenimiento estratégico de compañías y empresas públicas. Y las privadas, subordinadas a él.

Hay que apuntar que en esos años Europa estaba en un nivel de destrucción casi completo como consecuencia de la II Guerra Mundial y que eso facilitó las cosas porque el capitalismo necesitaba el apoyo de la clase obrera para reconstruir. Pero hoy el nivel de destrucción es desconocido porque no son edificios, ni ciudades. Por eso la resistencia del capital será fuerte y ya se está viendo cómo las fórmulas que se proponen son más de lo mismo. A fin de cuentas, más de 30 años de demolición del Estado y de destrucción de lo público pesan bastante. Y por eso aunque la clase obrera esté muchísimo más desestructurada que entonces es tan determinante como antes. Porque sin ella, sin nosotros, nada será posible.

Lenin dijo que hay días que valen años. Los días del coronavirus valen años. Ha quedado patente la regresión neoliberal de todos estos años tras la desaparición de la URSS, el culto religioso al mercado. El mundo capitalista occidental está herido de muerte, pero aún no muerto del todo. Porque lo que ya comienza a intuirse es que es capaz de adoptar formas socialdemócratas, de nuevo, para hacer frente a esta nueva crisis.

Ya lo hizo cuando el «virus» era la existencia de la URSS: otorgó beneficios sociales, laborales y mejores estándares de vida a los trabajadores para que no se viesen tentados a mirar el espejo soviético. Y eso, como ocurrió durante la existencia de la URSS, volverá a ser coyuntual a la espera de tiempos mejores para el capitalismo para recuperar, y con creces, lo que ahora de nuevo se va a ver obligado a ceder y que, por supuesto, no llegará a los niveles de 1950-1980. Será bastante menos, aunque algo más de lo que hay ahora.

Por eso, cuando se cumplen 150 años del nacimiento de Lenin, lo mejor que se puede hacer para recordarle es hacer algo que él hizo: evitar las ilusiones. Páginas y páginas están llenas de ilusiones estos días, estas semanas con la crisis del coronavirus. Y no, hay que matizar. Lo que está muerto es el neoliberalismo, pero no el capitalismo en sí. Y quienes ven ya cambios reales no tienen en cuenta qué tipos de cambio.

Uno de los libros de Lenin que he releído estos días es el «¿Qué hacer?«. Y viene al pelo. Una de las cosas que dice es, retomando a Marx y criticando a los pactistas rusos, que «ya que hace falta unirse, pactad acuerdos para alcanzar los objetivos prácticos del movimiento, pero no trafiquéis con los principios, no hagáis concesiones teóricas«. Pensar que alguien en Unidas Podemos tiene en cuenta a Lenin es utopía pura, pero ahí queda. Porque añadía: «todo lo que sea rebajar la ideología socialista, todo lo que sea alejarse de ella equivale a fortalecer la ideología burguesa». Y por eso hacía un llamamiento contra los demagogos y el peligro de dejarse arrastrar por ellos dado que «sólo se podrá salir del error tras las pruebas más amargas». O tras haberse tragado no solo sapos sino elefantes, recordando la espúrea justificación utilizada por UP para entrar en el gobierno. Un ejemplo cualquiera: la Renta Básica Garantizada que ahora es un Ingreso Mínimo Vital -clara marcha atrás- pero que no se aplicará en todo el Estado.

En este Estado canalla, más conocido como España, el «gatopardismo» está asomando por la esquina. Llámese «nuevos Pactos de la Moncloa» o «Pacto de reconstrucción». Eso no son cambios reales porque los cambios reales no son posibles a menos que haya una fuerza social y política lista para implementarlos.

Eso Lenin lo entendió a la perfección porque tenía un perfecto y estrecho contacto con la base bolchevique. Vale la pena mencionar que insistir en la insurrección no solo fue la postura de Lenin sino la de Trotsky y apoyada por Stalin. La dirección bolchevique se preparaba para la revolución, pero tuvo que ser persuadida, convencida y empujada a la insurrección que iba a lanzar la base. Era una interrelación dialéctica perfecta entre el soviet y el partido. Sin ella, la dirección simplemente se hubiese quedado en el apoyo al acuerdo a una «solución democrática avanzada».

Supongamos, en un acto de bondad suprema, que es lo que plantea UP. Sería el momento para hacer realidad su eslogan de «partido de lucha y gobierno». Pero no, ni se les ve ni se les espera.

Es evidente que estamos muy lejos de los soviet, pero con el coronavirus están surgiendo ciertas estructuras autónomas (también las había antes, por cierto), que si se mantienen y trabajan, pueden tomar diferentes formas y eso, en sí, es ya un buen signo de la existencia de un movimiento que vaya en otra dirección que la simple resistencia. Ya no basta solo con resistir, hay que actuar. Pero, como decía Lenin, evitando las ilusiones.

(El Lince)

 

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