El año de Oswaldo Guayasamín (a veinte años de su fallecimiento)

Oswaldo Guayasamín (1919-1999) siempre estará vigente, más en un año donde se cumplen significativos aniversarios en su trayectoria vital: el 10 de marzo, hace dos décadas, falleció en un hospital de Baltimore, Estados Unidos; y el 6 de julio se conmemorará el centenario de su nacimiento en Quito, Ecuador.

Más allá de las fechas, su obra queda y es reverenciada por quienes contemplan sus pinturas y realizaciones monumentales. El pasado enero, en la casa-museo donde radica la fundación que lleva su nombre, las jornadas de celebración por el centenario quedaron abiertas con la representación de la obra Barro y viento, que desde la música, la danza y la poesía evocó al gran artista.

En Chile el museo Artequin, ubicado en la localidad de Los Ángeles, al centro sur del país austral, comenzó el año con la apertura de la exposición De la ira a la ternura, a base de serigrafías, litografías y aguafuertes en los que se hace patente el extraordinario dominio del arte del grabado por parte del maestro ecuatoriano.

Mientras en Quito, en la sede de la fundación, se lleva a cabo un minucioso y riguroso trabajo de revisión y conservación de su colosal legado. Noticias llegadas de allá informan de la dedicación del experto cubano Armando López, encargado de la tarea. «El trabajo –explicó– se basa en todo lo que tiene que ver con el estado de conservación, eliminación de la suciedad, dictamen técnico, fotografía con luz ultravioleta, con luz rasante o infrarroja, cuando así lo requieren».

En Cuba, en pleno corazón del Centro Histórico de la capital, por más señas en el número 11 de la calle Obrapía, una casa-museo está dedicada al pintor, desde enero de 1992. Él vivía y quería contar con un lugar en La Habana donde pintar, exhibir y compartir sus vivencias con un  pueblo con el que fomentó vínculos afectivos indelebles.

Sobre todo, un cubano fue su amigo: Fidel Castro. En cinco ocasiones retrató al líder histórico de la Revolución cubana, de quien solía decir que sus manos hablaban.

Es imposible resumir en una apretada nota la proyección de la obra de Guayasamín. Pintor, escultor, muralista… Habrá que echar un vistazo al joven que en 1945 recorre desde México hasta la Patagonia y hace apuntes que luego plasmará en la primera de sus formidables series, Huacayñán o El camino del llanto, compuesta por 103 cuadros.

O detener la vista en el artista, ya renombrado, que en 1961 acomete su segunda serie, La Edad de la Ira, en la que refleja la realidad histórica de la primera mitad del siglo XX: la guerra española, el fascismo, las agresiones imperialistas, las dictaduras en América Latina, las bombas de Hiroshima y Nagasaki, la invasión a Cuba por Playa Girón. O hallarlo en los años 80 con los cuadros de La Edad de la Ternura, inspirados por su madre, y como declaración poética visual a favor de los verdaderos derechos humanos y la vida.

Múltiples fueron los premios y distinciones que recibió: mejor pintor de Sudamérica, otorgado por la Bienal de São Paulo, Brasil en

(Foto: Ahmed Velázquez)

1957; el Gran Premio de Pintura entregado por la III Bienal Hispanoamericana de Arte de Barcelona; el gran premio en el Salón de Honor de la II Bienal de Pintura, Escultura y Grabado de México, y en 1999 el Premio Internacional José Martí de la Unesco –póstumo–, entre los más importantes.

Al morir había avanzado en la realización de su sueño, La Capilla del Hombre, una de sus más entrañables iniciativas, al construir en Quito, a la vera de su casa-museo, un centro cultural de impresionantes dimensiones en el que se rinde culto a los valores humanos y a la identidad cultural de nuestros pueblos. A propósito de la Capilla del Hombre, su inauguración –el 29 de noviembre de 2002– contó con la presencia de un grupo de personalidades de todo el mundo, entre ellas el Presidente cubano, Fidel Castro, que viajó acompañado de un nutrido grupo de artistas cubanos, que en los años siguientes hicieron una importante donación de obras para contribuir a la ampliación de tan importante obra.

No podrá olvidarse el sentido de pertenencia profesado por Guayasamín cuando dijo: «Somos una unidad de 8 000 años de cultura precolombina y seremos un continente que dará al mundo una fuerza de civilización de paz y no de guerra».  Palabras que convendría escuchar en el contexto actual de la región.

De igual modo valdría tomar muy en cuenta su arte poético, resumido en el siguiente concepto: «La aspiración de todo creador de arte es que su palabra, que su voz, sea cada vez más clara y más honda. Que lo que pinte sea cada vez más simple y más profundo en el tiempo».

 

 

(Virginia Alberdi Benítez, Diario Granma)

 

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