¿Ecuador fratricida?

Lo que se vivió este 23 de enero en Venezuela – la auto-juramentación del desconocido Juan Guaidó como “presidente interino”- es un hecho insólito que debe además observarse en su peligrosidad, no solo para la institucionalidad en ese país, sino para la del mundo, el cual aún mantiene unas reglas de funcionamiento básicas que regulan las relaciones entre Estados, y que incluyen principios fundamentales como el respeto a la soberanía, la no intervención o injerencia y el respeto a los acuerdos y tratados.

Miremos con lógica: ¿En qué país democrático del planeta puede un ciudadano o ciudadana auto-juramentarse como la máxima autoridad? Correcto: ninguno. ¿El que una parte de la ciudadanía de un país esté descontenta con su gobierno autoriza a los sectores de oposición a usurpar un cargo de elección popular? Tampoco. ¿Puede un grupo de países cartelizados apoyar una acción fuera del marco legal solo porque no le gusta el Presidente Constitucional de otro país? Imaginemos el desastre que sería si esto que hace hoy el Grupo de Lima a Venezuela, fuera normal y posible en el resto del mundo. Es simplemente vergonzoso y grosero, y una muestra patética de lo subordinados que están los gobiernos de estos países a los designios de los Estados Unidos.

Del imperialismo no esperamos menos. Su guión injerencista y golpista contra Venezuela (desde la llegada al poder de la Revolución Bolivariana) no ha cambiado. La compra de la dirigencia opositora y la activación de todo tipo de planes, los cuales han incluido el sabotaje de la industria petrolera, el golpe de estado de 2002, la contratación de grupos terroristas, la violencia callejera, la quema de personas vivas, el desconocimiento de las autoridades legítimamente electas y hasta el impúdico llamado público a la invasión militar. Eso y más ha ocurrido en Venezuela desde 1999 hasta hoy. La oposición —tristemente— no tiene proyecto de país, no tiene ofertas para sus seguidores y su única apuesta es al odio de estos últimos por el chavismo para poder volver a Miraflores y a PDVSA y repartir las riquezas de los y las venezolanas a los Estados Unidos, quienes ya han invertido millones de dólares en ello, aún sin el resultado esperado.

Hay que estar claros en algo. Venezuela es un botín. Y si la oposición interna es lo suficientemente infame como para rogar que vayan por él, también es cierto que hay un pueblo —obviado en los medios y en el discurso e imaginario opositor— que tiene muy claro que su Patria ni se vende, ni se regala, ni se negocia. Sin embargo, este pueblo está hoy golpeado por una grave crisis y los errores del gobierno de Maduro (del cual pueden decirse muchas cosas, pero no que es ilegítimo), lo cual complica la situación y abre un frente de debilidad que no tenía el chavismo hace algunos años.

Además, la geopolítica regional cambió y los países del continente, con gravísimos conflictos internos, han abandonado la idea de la integración y han vuelto a aliarse (o a arrodillarse) al “hegemón natural”, con la particularidad de que —siguiendo órdenes— se unifican contra un gobierno y un país hermano, con acciones deplorables, irrespetuosas e injerencistas en nombre de la “libertad” y la “democracia”.

En Ecuador, el gobierno de Lenin Moreno, después de una serie de declaraciones y acciones lesivas del derecho internacional y de los derechos humanos, al utilizar un caso de femicidio como causal de persecución contra nacionales de un país (Venezuela), actuó como agente yanqui, avergonzando a las ciudadanas y ciudadanos ecuatorianos de bien, al promover actitudes xenófobas con una clara intención política.

Como si fuera poco, se unió a las voces que sin pena alguna decidieron “legitimar” a un ilustre desconocido como “presidente interino” de Venezuela, ofendiendo con ello al pueblo venezolano que eligió a Nicolás Maduro como Presidente Constitucional en las elecciones del 20 de mayo de 2018, y contribuyendo a sentar el peligroso precedente de injerencia internacional en un país de su misma región, y hermano en el sentido histórico, económico y social.

Parece que no le es suficiente con entregar al Ecuador, privatizando sus empresas, despidiendo a sus trabajadores, empobreciendo al pueblo, premiando a las élites de siempre y obedeciendo sin chistar al amo del norte. No. Además de matricida, este gobierno también quiere ser fratricida. A la vista de todos y con la cara dura. No permitamos que la ignominia sea la moneda corriente de esta tierra.  No seamos cómplices de la entrega de nuestro país y de nuestro continente. No nos alcanzaría la vida para reparar las consecuencias.

 

(Revista Crisis)

 

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