DIEGO CRESCENTE. «Ahora o nunca: la gran oportunidad de España para ‘sacar petróleo’ en Libia»

Lo que sigue no es precisamente un artícuo de izquierdas. Sirve, de todos modos, para entender cómo conciben desde los poderes las relaciones entre pueblos y países. Para lo que nosotros es «saqueo» y condena a la miseria a toda una población, para ellos es «oportunidad de negocios». El juego de «sacar petróleo» adquiere su total dimensión.

Diego Crescente, autor del artículo, es socio y miembro de la directiva de Mas Consulting.

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Los intereses económicos de España en Libia siempre han sido muy importantes. A los datos de 2018, en los que España se situaba como el segundo socio comercial de Libia, se le une la importantísima e histórica presencia empresarial en el país. Una tradición que se vio interrumpida en 2018, cuando la olla libia explotó llevando al caos a uno de los países más prósperos del norte de África.

Históricamente, España ha sido el tercer país en importancia para Libia. SacyrRepsol y Abengoa protagonizaban la presencia empresarial en su caladero energético. Hace apenas tres años, nuestra dependencia del gas y petróleo libio ascendía a un 2,1% y un 10%, respectivamente. Un negocio bilateral que superaba los 3.000 millones de euros anuales y en el que el régimen del coronel Gadafi tenía planeado invertir más de 50.000 millones en infraestructuras, para convertir a Libia en la puerta natural de salida de los recursos fósiles africanos.

Según datos ofrecidos por CORES, la corporación que garantiza la seguridad de suministros de hidrocarburos en España, Libia aportó, en 2019, el 12,8% del petróleo importado. Este aumento del porcentaje con respecto a 2018 se explica por la aportación del yacimiento de Al Sharara, una explotación gestionada, principalmente, por la empresa estatal italiana ENI, junto a la francesa Total y la española Repsol, y la refinería de Zawiya que, en una situación de relativa estabilidad en 2019, permitió́ incrementar las importaciones españolas procedentes de Libia en casi un 20% con respecto a 2018.

La guerra civil que se vive en el país, la presencia militar de países terceros y la escasa efectividad de la Unión Europea para imponerse en el terreno diplomático sitúa a España en una posición única, si aspira a recuperar algún día el segundo lugar en el ranking de influencia de Trípoli.

Destrozada, arruinada, rota, esquilmada, despedazada, aniquilada… todos estos calificativos pueden atribuirse a la situación por la que está pasando hoy Libia. Si hay una zona del mundo en el que el coronavirus no ha sido noticia durante los últimos meses es esta. Un lugar en el que el antiguo país del coronel Gadafi se ha convertido en un patio que es de todo menos particular.

Si en enero, La Información ya alertaba de la aparición de la pareja oto-rusa en Libia, desde entonces han aparecido más actores en escena. Algunos, como Emiratos Árabes, siempre estuvieron en el ambiente y otros han aparecido demostrando el poder de la fuerza bruta, como Egipto.

Junto a las potencias regionales emergentes, la Unión Europea se ha estado preparando para entrar, tímidamente o incluso de forma pusilánime, en acción. La operación IRINI arrancó a primeros de abril con un objetivo tan básico como complicado: el control de armas en el que probablemente sea el mayor mercado mundial de armamento. La misión nació con un hándicap irresoluble y es que su acción se limita al medio marítimo, excluyendo el aéreo y terrestre.

Hasta el momento, se puede decir que la misión europea ha sido al menos desequilibrante, que no neutral. Su presencia ha permitido la entrada a mansalva de armas a través de la frontera terrestre, de más de 1.000 kilómetros, que Egipto tiene con Libia. Un factor que ha favorecido ‘in extremis’ al mariscal Jalifa Haftar, tras la remontada realizada por el Gobierno del Acuerdo Nacional (GNA), apoyado por Turquía durante los meses de confinamiento europeo.

La baza europea no debe ser solo militar. A lo limitado de su acción de fuerza se suma la inoperancia histórica en lo que a toma de decisiones geopolíticas se refiere. El alto representante de la UE para asuntos exteriores y política de seguridad, el español Josep Borrell, es plenamente consciente de la importancia que juega Libia en el tablero del mediterráneo. No se le puede dejar de reconocer sus esfuerzos por situar en la agenda pública la importancia del papel que Europa debe jugar en la antigua colonia italiana. En la gran mayoría de sus comunicados, Libia brilla con luz propia en la discreta agenda internacional de la UE.

Junto a España, Francia e Italia han tenido muchos y muy fructíferos lazos con Libia. En el caso de Italia su interés se mostró, especialmente, en 2008. Roma jugó un papel trascendental en la normalización de las relaciones con la Comisión Europea y el levantamiento de las sanciones que pesaban sobre el país. La inteligencia económica italiana está muy desarrollada y, desde esta fecha, los contratos multimillonarios en forma de exportaciones de petróleo desde el yacimiento de Al Sharara han supuesto el acicate perfecto para que, junto a Alemania, Italia sea el país europeo con más intereses en la zona. A principios de enero, el enclave petrolero bombeaba 300.000 barriles de crudo diarios.

Con Turquía acechando, en todo lo relativo a la explotación petrolífera del país, y Francia e Italia deseando retomar la producción lo antes posible, solo queda espacio para que la Unión Europea pueda mediar a favor del GNA, la opción que siempre ha sido su preferida. Auspiciado desde 2015 por las Naciones Unidas para la gestión política de la transición libia, el GNA ha visto como en apenas unos meses su situación precaria, prácticamente limitada a Trípoli, se ha reforzado hasta un punto impensable hace apenas unas semanas. Su líder, Fayez al-Sarraj, está tendiendo las manos a cualquier nación, preferiblemente europea, que le escuche.

La oportunidad española

Se habla mucho de diplomacia económica. Tanto que, a menudo, se presenta como «uno de los principales instrumentos de la acción exterior española». Sus bases residen en la ayuda a la recuperación económica con el fin de aumentar, entre otros conceptos, las exportaciones y la inversión extranjera. Así al menos es como la entiende el Ministerio de Asuntos Exteriores, Unión Europea y Cooperación en su página web.

Sin embargo, la diplomacia económica no se comprende sin una perfecta combinación de los dos factores. La acción exterior es economía y la economía son, casi por definición, relaciones internacionales. La ‘diplonomía’ española tiene en Libia una oportunidad que el Ministerio de Arancha González Laya no puede desperdiciar.

La baza española pasa por situarse a medio camino entre la defensa de los intereses nacionales y los comunitarios. La solución europea para Libia resulta paradójica, puesto que el interés común choca con el nacional. El Alto Representante, además de español, es un comprobado negociador que puede ofrecerse como el punto medio entre las posiciones francesas e italianas, con España como ‘hacedor’ de un acuerdo que permita volver a considerar a Libia como un socio comercial estratégico de primera línea y capaz, incluso, de competir con Argelia en cuando a calidad de competidor energético hacia la Península Ibérica.

Desde un punto de vista estratégico, España no es dependiente en modo alguno de los hidrocarburos libios puesto que su aportación al total del mix petrolero en España se suple fácilmente con la compra, en el mercado internacional, del crudo procedente de otros países como Venezuela, Nigeria o México. Pero no es menos cierto que Libia es la nación con el mayor número de reservas confirmadas de hidrocarburos de África y es un país con el que tenemos una relación privilegiada desde hace décadas.

Las grandes zonas de producción se localizan en la cuenca del Sirte, Ghadames, Tripolitania, Cyrenaica, Kufra y Murzuq. Todas ellas partes de un conflicto en el que España puede aprovechar su oportunidad para convertirse en el catalizador de un acuerdo a nivel europeo que permita la paz en un país devastado. Libia y la ‘diplonomía’ nacional se lo agradecería.

 

 

 

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