Cultura es saber comprender (a propósito del 80 cumpleaños de Leo Brouwer)

1.
Es un privilegio vivir el tiempo de Leo Brouwer; siendo cubano más todavía. No hay otro músico de la Isla, solo comparable con su tío Ernesto Lecuona, que posea tanta irradiación planetaria. Lecuona es un clásico; desde la vanguardia, Leo lo ha conseguido. Sus  estudios son obligatorios en la formación curricular de los guitarristas de todo el mundo y no hay ejecutante de ese instrumento que prescinda de sus obras a la hora de armar respetables repertorios.

En Cuba, nadie ha hecho tanto como él para dinamitar las barreras entre la música culta y la popular, entre la tradición y la vanguardia. Nadie como él ha pensado la música en términos de esa necesaria relación orgánica entre intuición y conciencia, imagen y realidad.

Su colega y amigo Jesús Ortega ha resumido ese alcance con las siguientes palabras: «Leo representa para la cultura cubana, y en particular para la música, algo muy importante; en primer lugar él es un músico, pero es un hombre de pensamiento. Fuera de Cuba representa permanentemente la presencia de la cultura cubana en su más alto nivel en donde quiera que él esté. Yo creo que no ha existido en la historia de nuestro país, hasta Leo Brouwer, ninguna personalidad que haya globalizado tanto la música cubana, tanto en vivo y en directo como guitarrista, compositor y director, como en la difusión de sus grabaciones, de su imagen, sus estudios y partituras».

Leo nació el 1ro. de marzo de 1939 en La Habana, de modo que hoy cumple 80 años.

 

Leo Brouwer (Pintura del artista cubano Carlos Arístedes Medina)

2.
Al valorar la obra de Leo, Harold Granmatges, con razón, dijo que esta nacía del vientre de la guitarra. En efecto, el intérprete excepcional del instrumento creció parejamente con el compositor. Si hacia la medianía del siglo pasado se advertía el  nacimiento de uno de los guitarristas de música de concierto que marcarían los signos de una época, codeándose con el australiano John Williams, el inglés Julian Bream, el venezolano Alirio Díaz, el brasileño Turibio Santos y los españoles Narciso Yepes y Pepe Romero, también comenzó a empinarse un autor que revolucionaría la escritura para las seis cuerdas.

Aunque desde la temprana adolescencia se había aventurado en esa dirección, fue en 1956 cuando compuso dos obras que definirían su ruta ascensional: Preludio en conga y Danza  característica. En ellas se hallan dos constantes que se desarrollan a lo largo de su fecundo catálogo: el reflejo de su entorno sonoro más esencial y la prospección de nuevos códigos, articulación que cuajaría plenamente en obras emblemáticas como Elogio de la danza, La espiral eterna, El Decamerón negro,  Parábola, Canticum, Rito de los orishas  y las series de Estudios sencillos.

Lo mismo podría decirse de sus conciertos para guitarra y orquesta, desde el primero, sumamente experimental hasta los que ha dedicado a diversas ciudades del mundo. Personalmente prefiero el no. 3 (Elegiaco),  el no. 4 (Toronto) y el no. 7 (La Habana), y en tiempos recientes me ha ganado abrumadoramente la audición del no. 10 (Libro de los signos, para dos guitarras).

Sin embargo, en otros ámbitos concertantes y de la música de cámara, Leo Brouwer ha dejado una huella imborrable. Como botón de muestra, sus cuartetos de cuerdas ejemplares; las piezas para flauta o para diversas combinaciones instrumentales, sin olvidar el impacto de su inmensa Canción de gesta.

3.
Leo ha sabido multiplicar los plazos de la creación. En el cine, el ballet, la escena. Detrás de la jerarquía estética de Lucía y Cecilia, películas de Humberto Solás, y Memorias del subdesarrollo y Hasta cierto punto, de Tomás Gutiérrez Alea, se halla la mente de Leo, autor de  sus bandas sonoras.

Este año se conmemora el cincuentenario de un acontecimiento trascendental en la historia del cine y la música cubanos, la creación del Grupo de Experimentación Sonora del Icaic, proyecto liderado por Leo bajo el aliento de Alfredo Guevara.

Por cierto, sobre su entrañable relación con la música popular, fuente nutricia de buena parte de su obra, convendría repasar su intervención en uno de los filmes más singulares y aún no suficientemente valorado de la cinematografía cubana, Son o no son, de Julio García Espinosa, donde superpone un criollísimo montuno a la exitosa canción angloespañola Black is Black, para demostrar insospechados vasos comunicantes entre la música cubana y el pop.

Tampoco debe obviarse que a él se deben la escritura e interpretación de las piezas incluidas en el disco de Bach a Los Beatles, el concierto para guitarra y orquesta From Yesterday to Penny Lane, y el espectacular hito del concierto de 1978 Irakere-Leo Brouwer.

4.
Es un privilegio conocer a Leo Brouwer. Tal vez él no recuerde el primer contacto personal, fortuito, que sostuvimos. Eran tiempos de colas en los restaurantes y coincidimos a finales de los años 60 en la búsqueda de un turno para el 1830. Para pasar el tiempo, yo leía Meditaciones del Quijote, de Ortega y Gasset.  Leo se fijó en el ejemplar y me preguntó qué sabía del filósofo español, y sugirió que pasara a otras instancias del conocimiento. Insistió en un  nombre: Fernando Ortiz. Nunca le he confesado lo que representó aquella llamada de atención.

Con los años nos hemos conocido mejor y he tenido la suerte de ser testigo y cronista de algunos de sus tantos momentos luminosos de su carrera. En más de una ocasión le he entrevistado, cada conversación deviene lección magistral.

Como cuando definió la cultura: «Es un paisaje infinito, de interrelaciones, abierto a miles de ojos y transmitido por múltiples ventanas. La cultura cubana es Martí, es Carpentier y sus novelas, Guillén y su poesía; es Lam y Ponce, es Nelson Domínguez y Ernesto Rancaño, y es Chucho y Formell, la rumba y la manera de caminar de los cubanos. Es información procesada, decantada. No simplemente información. Cultura es saber comprender».

 

(Pedro de la Hoz, Diario Granma)

 

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