CARLOS TAIBO. Una nota sobre el diario coprofágico

Sabido es que cambia la dirección del diario neurasténico El País, que –y permitan esta incursión en lo personal- acogió mis textos durante tres lustros, más o menos entre 1994 y 2007. Tampoco es que escribiera yo, ciertamente, mucho: tres o cuatro artículos al año. Si en las buenas épocas –en sustancia las de Joaquín Estefanía- El País publicaba, sin más, lo que enviaba, en las malas me devolvían trabajos. Y eso que yo me interesaba mayormente por la política internacional, que en una primera lectura parecía menos controvertida. De resultas, fui adquiriendo una cumplida sabiduría sobre lo que el diario independiente de la mañana estaba dispuesto a tolerar y lo que no. Y el criterio que sus responsables aplicaban poco tenía que ver con la calidad de mis artículos, esto es, con que fueran buenos o malos: malos doy por descontado que lo eran todos.

Por primera vez en todos esos años, a principios de 2008 me devolvieron, con doloso retraso, un tercer artículo consecutivo. Envié entonces un mensaje a quien era el responsable de opinión, un cretino llamado Lluís Bassets que se atrevió a relacionar los atentados barceloneses del verano de 2017 con las campañas antiturismo promovidas por la CUP. En sustancia le decía a Bassets que creía que ya no tenía edad para que se me devolviesen artículos, de tal forma que El País debía decidir, sin más, si mis colaboraciones interesaban o no. Me permití agregar, eso sí, que entendería perfectamente que mi mensaje quedase sin respuesta. Y sin respuesta quedó, al amparo de la elegancia que suele acompañar a los sátrapas. Hicieron muy bien, en cualquier caso, en echarme. Creo que lo merecía.
Desde entonces, y si la memoria no me falla, mi relación con El País se ha ajustado a tres momentos. El primero, tal vez un par de años después de la defenestración de 2008, asumió la forma de un correo de una conocida periodista del diario oligofrénico (de ésas que consiguen salvar el pellejo, a saber cómo, en todas las circunstancias). Me explicaba que querían darle alas a la web del periódico y que deseaba contar conmigo para ello. Comoquiera que yo le recordase que había salido por la puerta falsa –sin broncas ni alharacas, dicho sea de paso- poco tiempo antes, rápidamente, servidora de sus superiores, retiró el ofrecimiento al amparo de una frase vacua cargada de ambigüedad. No fuera, pobre mía, a meterse en líos.
Tiempo después recibí otro correo. Me llegaba de una empresa en la que El País debía haber delegado la organización de los actos de conmemoración de no sé qué aniversario del diario coprofágico. Me proponían acompañar en un diálogo a un personaje de prestigio internacional semejante al mío. Qué sé yo: Lula, Punset o el Dalai Lama. Respondí, como creo era mi deber, que más allá de mi maltrecha condición, que me invitaba a concluir que había algún malentendido de por medio, no era santo de la devoción del diario satírico. Me respondierion que evacuarían consultas y, claro, no volví a saber nada más. El Dalai Lama perdió una ocasión de oro de conocer a una lumbrera del pensamiento planetario.
Pero el tercero de los momentos fue, sin duda, el mejor. Un domingo de 2014, El País publicó lo que a primera vista era un artículo mío. No sólo eso: se sirvió colocar en portada una llamada para recordar que el gran Taibo volvía, por la puerta grande, a sus páginas. En realidad no era un artículo mío: la editorial en la que comúnmente aparecen mis libros, Catarata, había conseguido colocar en el diario humorístico una prepublicación de una obra de un servidor sobre el conflicto entre Rusia y Ucrania, y había propuesto al efecto un trecho, breve, de ese libro. La cosa tenía su miga: la prepublicación vio la luz el domingo que cerraba la semana santa, cuando –supongo- el equipo titular no estaba delante de los ordenadores. Se la habían colado inopinadamente los becarios. O las becarias. Alguna cabeza rodaría.
Anécdotas personales aparte, a menos que otorguemos al término correspondiente el significado nebuloso, y tramposo, que parece arrastrar hoy, El País nunca ha sido un diario de izquierdas. Cierto es que, muchos años atrás, antes de que yo escribiese en sus páginas, contaba con un puñado de periodistas y de colaboradores que sabían escribir en castellano. No sólo eso: gustaba de jugar con cierto grado de confrontación que daba aire a sus páginas. Por detrás, sin embargo, la miseria de la transición se desplegaba por todas partes, con núcleo irradiador principal en esas dos miserables figuras que son Felipe González y Juan Luis Cebrián. Para rizar el rizo, y con el paso de los años, buena parte de las acciones del diario neurasténico quedó en manos de un fondo de inversiones de perfil muy connotado, de tal suerte que a un expediente de regulación de empleo se le sumó el propósito firme de acabar con los episódicos y marginales escapes izquierdistas que pudieran quedar. Al margen de las secuelas de la crisis general que atenazaba a la prensa escrita, uno de los efectos –entiendo yo- de la línea editorial fue una progresiva pérdida de lectores, cada vez más descontentos con el estilo Ciudadanos que impregnaba la desinformación sobre Cataluña, con la tolerancia con que El País trataba los desmanes de Israel y –esto venía de muy lejos- con la sesgadísima información sobre América Latina que aportaba el diario histriónico. De los intereses del gran capital, mejor no hablar.
Confesaré que miré con sano escepticismo los cambios de los dos últimos años, que creo lo han sido más bien de fachada. Cebrián, González, Vargas Llosa y Savater han seguido explayándose en las páginas de opinión, a las que, aparte de ese ejército de desalmados, y con alguna excepción que siempre hay, se ha asomado poco más que el tono vacío de la progresía que está en el poder o coquetea con él, y que se autocensura una y otra vez. Todo lo que oliese a disidencia franca ha seguido, a mi entender, proscrito, como por lo demás era de esperar. Si, siendo un esteta como soy, estaba dispuesto, pese a todo, a tolerar lo anterior, me ha resultado insoportable el dramático descenso a los infiernos que el diario humorístico ha experimentado en materia de calidad y de escritura. Ay, amiga Soledad, ¿es que no leía usted su periódico? Menos mal que en los últimos tiempos me lo han puesto fácil: ahora, y encima, hay que pagar para leer lo que a uno comúnmente le produce estupor, cuando no repugnancia. Ya no queda siquiera la salida de argumentar que hay que conocer lo que piensa el enemigo. Porque no piensa nada. Y porque, si algo piensa, lo escribe mal.
https://www.carlostaibo.com/articulos/texto/index.php?id=687
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