CARLOS TAIBO. De votos y sonrisas

Semanas atrás, y al calor de la ristra de elecciones que hemos padecido, un colega me preguntó si no creía que, por una vez, se acumulaban las razones para acudir a votar. Comoquiera que el tiempo me faltaba, y que cualquier respuesta serena tenía que ser, por fuerza, prolija, preferí sonreír socarronamente. Me limito ahora a anotar aquí, a vuelapluma, media docena de razones que vienen a justificar por qué las elecciones, el voto, la delegación y la representación configuran, hoy como ayer, una genuina farsa o, al menos, una formidable acumulación de equívocos.

Empezaré señalando que no me gusta decirle a nadie lo que debe hacer. Sentirse orgulloso de votar y alardear de no haberlo hecho me parecen conductas poco afortunadas. Siempre que me topo con ellas procuro echar mano de un viejo artículo de Ricardo Mella publicado en 1909. En mi interpretación, discutible, tras decirnos Mella que le parecía respetable votar, y que se le antojaba saludable abstenerse, lo importante era al cabo lo que hacíamos los 364 días restantes del año. Semejante recomendación es de singular actualidad en un escenario como el presente, lastrado por una lamentable y omnipresente desmovilización.

Confesaré, eso sí, y en un segundo escalón, que tengo poca paciencia con las tonterías. Hace unos días, sin ir más lejos, me topé en las redes sociales con la afirmación de que la gente de izquierdas que se abstiene de votar es la responsable del deterioro de la sanidad y de la educación públicas. Dejaré de lado que no sé muy bien qué significa, a estas alturas, eso de ser de izquierdas. Lo que me interesa subrayar es que hubo muchas gentes que sobre el papel eran de izquierdas, se abstenían de votar y, pese a esa insolidaria conducta, consiguieron la jornada de ocho horas, plantaron cara al  fascismo en las calles, colectivizaron campos y ciudades, y dieron su vida en la larga noche franquista. Comprendo, eso sí, que son horizontes mucho menos estimulantes, y  actuales, que los que nos abren Pedro Sánchez y Pablo Iglesias.

Me veo en la obligación, en un tercer estadio, de identificar significativas manipulaciones que tienen vocación de quedarse. Pienso, por echar mano, de nuevo, de un ejemplo, en el hecho de que la irrupción de Vox parece haber convertido a PP y Ciudadanos en partidos de la derecha civilizada —¿qué será esto?—, ha fortalecido la supersticiosa idea de que el PSOE es una fuerza política de izquierdas —caramba con el juego que dan las puertas giratorias, las reformas por vía rápida de la Constitución y la OTAN— y ha hecho de Unidas Podemos, esa sórdida mezcla de cesarismo y socialdemocracia, una genuina fuerza revolucionaria. Supongo que por detrás se adivina un ingenioso intento encaminado a conseguir que quienes suelen votar con la nariz tapada empiecen a hacerlo con plena convicción y orgullo.

Tampoco está de más subrayar, y doy un cuarto salto, que hay motivos sobrados para concluir que lo que se cuece al calor de las elecciones bien puede ser pan para hoy y hambre para mañana. No estaría de más que echásemos una ojeada a lo que ocurrió en 2002 en Francia, cuando a la segunda vuelta de unas presidenciales concurrieron el manido candidato de la derecha, Jacques Chirac, y el sempiterno líder del Frente Nacional, Jean-Marie Le Pen. La izquierda que vivía en las instituciones se encargó de pedir, como mal menor, el voto para Chirac, algo que en estas horas han tenido a bien recordar muchos analistas empeñados en explicar por qué protestan encarnizadamente, y con razones, los chalecos amarillos. Como en estas cosas la memoria suele ser débil, acaso no tiene demasiado sentido demandar que imaginemos el balance que, en tres o cuatro años, habrá que hacer de las consecuencias de discursos, y de prácticas, como los que ha desplegado otra izquierda que vive en las instituciones, la española, en las últimas semanas. Y es que esa memoria que nos falta impide calibrar en qué medida todos los gobiernos que se van sucediendo son un genuino desvarío en lo que respecta a la libertad, la igualdad y la fraternidad.

La política al uso es, y formulo una quinta idea, de un aberrante cortoplacismo. ¿Alguien recuerda que, en los debates mantenidos por los candidatos a la presidencia del Gobierno español, se hablase en algún momento de los derechos de las generaciones venideras, del crecimiento económico y sus miserias, o del riesgo de un colapso inminente del sistema? ¿Alguno de los intervinientes rompió los moldes del feminismo de Estado o, si me apuran, del ecologismo estatalizante? ¿Se cuestionó en algún momento el militarismo lacerante, y las políticas imperiales, que se revela en el mundo occidental? Y entre los ciudadanos que acuden a las urnas, y entre los medios de incomunicación, ¿se abrió camino alguna reflexión crítica al respecto?

Me permito agregar, en suma, una última observación. Aunque yo mismo he dedicado mi tiempo a dar cuenta de por qué hay que abstenerse de participar en las elecciones, creo que es mucho más inteligente explicar lo que el mundo libertario defiende en la práctica cotidiana, y en todo momento, que debatir sobre las elecciones en sí mismas. Alguien que clarifique, en la teoría y en los hechos, lo que suponen la autogestión, la democracia directa y el apoyo mutuo estará enunciando, a mis ojos, un argumento mucho más sólido que alguien que se limite a cuestionar lo que las elecciones acarrean en términos estrictos. Y es que lo suyo es reconocer que la debilidad de los espacios autónomos que hemos creado acaso explica por qué muchas personas que simpatizan con ellos se dejan llevar por las ilusiones que se derivan de una participación vergonzante en el sistema.

 

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