CARLOS LUQUE ZAYAS. Por algo será

El filósofo comunista radical Iohannes Maurus, John Brown, o Juan Domingo Sánchez Stop, se preguntaba en un artículo titulado ¿Quién salva al capitalismo de sí mismo?: “¿Cómo actuar dentro del Estado, bajo la forma Estado y dentro de sus distintos aparatos, sin convertirse en aparato de Estado?”.

Aunque no sólo, la pregunta remite a los partidos o los proyectos políticos que se proclaman opuestos de alguna manera al capitalismo y que, en el rejuego de las democracias realmente existentes en los países dominados por el Capital, participan en coaliciones que les permiten acceder a los parlamentos y, en ocasiones, en coalición gubernamental. Un ejemplo podría ser el del Partido Comunista Chileno en los años recientes, o proyectos de “revoluciones ciudadanas”, como el ahora tambaleante caso ecuatoriano. El primero, un frustrado intento más de participar desde “dentro” en la lucha parlamentaria, cuando no mediatizado por la simple cooptación, o la inutilidad de sus esfuerzos como se hizo evidente en el segundo mandato de Bachelet y la Nueva Mayoría, y el eterno retorno de la derecha. El segundo, un intento más, ya también en vías de franca frustración, de hacer una “revolución” sin defenestrar el Poder del Capital y sus tentáculos mediáticos y culturales.

La pregunta pudiera tener actualidad para Cuba si en lugar de Estado escribimos Mercado. Y por lo mismo que John Brown subraya: “…la (…) relación capital es inseparable de sus formas políticas.”

El problema fundamental, económico y de amplia resonancia ideológica y cultural, que se dirime hoy en Cuba no es otro que ese: cómo implementar distintas dimensiones de la propiedad privada y las conexiones con el capitalismo mundial, sin que ello traiga consigo una absorción de la Política por el Mercado.

Si la empresa estatal socialista y la forma de propiedad dominantemente no privada es la forma más adecuada o no para evitar que las leyes del mercado capitalista subsuman, comprometan y frustren las aspiraciones socialistas y comunistas, es una respuesta que la historia todavía no ha podido dar con indubitable claridad.

Se diría que hubo una gran oportunidad de más de 60 años en la experiencia soviética y el este europeo. Pero se deja de lado que el fracaso de una concreción posible no se puede aplicar sin más a un proyecto como el comunista. Porque no puede fracasar lo que aun, sencillamente, no ha podido gozar de plena realidad.

Un éxito de la cultura y la ideología capitalistas ha sido enfatizar en el imaginario mundial que las causas de las dificultades han sido mucho más endógenas que exógenas, como se encarga la propaganda anticomunista de sembrar, minimizando los formidables obstáculos en forma de agresiones constantes que opone la economía capitalista a los intentos revolucionarios socialistas y la diseminación, injusta por la asimetría abismal de sus medios, de la cultura del éxito individual en detrimento del espíritu de colaboración, que es lo mismo que decir la reproducción de la realidad contra las aspiraciones comunistas.

El otro punto de apoyo son las consideraciones acerca de las experiencias socialistas asiáticas.

Con respecto a las experiencias en curso, el chino es un proyecto dirigido por un Partido nominalmente comunista opuesto geopolíticamente a los centros del poder capitalista mundial, y adecuado a las características de aquella milenaria nación y, por lo tanto intransferible, a otras realidades. Pero sus logros prácticos – y sus insuficiencias – no lo han llevado a descuidar la teoría.

Un intérprete del “comunismo con características chinas”, según la expuso Xi Jinping en el último congreso del PCCh, aduce que el presidente chino ha redefinido la contradicción fundamental de la sociedad, a saber, la postulada por la tradición marxista (Trabajo versus Capital), es decir, entre el carácter social de la producción y la forma de apropiación privada de los beneficios, a partir las declaraciones del líder chino según la cual, “la contradicción principal de la sociedad de nuestro país ha pasado a ser la que existe entre la creciente demanda del pueblo de una vida mejor y el desarrollo desequilibrado e insuficiente”. (Socialism with Chinese Characteristics for a New Era, Xi Jinping. (Spanish Version).Released by Xinhua News Agency on Nov.3).

A partir de una asunción mimética de ese concepto, ya se han levantado voces que la consideran algo menos que totémicas y aplicables a la realidad latinoamericana. Se ha llegado a afirmar, contundentemente que “la contradicción fundamental, inspirada en el pensamiento marxista, hoy es otra.” Dejando de lado que el aporte marxiano con respecto al tema es hoy irrefutable, no sólo en Latinoamérica, sino en el orbe entero, el fundamento de la explotación capitalista, y mientras exista ese orden económico, será la apropiación privada del resultado del trabajo social.

Que hoy, geoestratégicamente, China, su contorno de influencias, junto a Rusia, sea el contrapeso de contención necesario para que el centro del capitalismo imperialista no se despache a su aire con total impunidad por cualquier oscuro rincón del mundo, y aun admitiendo que para esa nación asiática el pensamiento de Xi Jinping sea coyunturalmente funcional, no puede llevarnos a olvidar que la contradicción de este lado del mundo con el Capital (el imperialismo oligopólico transnacional), es de una índole muy distinta. Asumir el aserto chino nos llevaría a sepultar la índole específica de la problemática latinoamericana y caribeña.

Si China puede darse el lujo, pese a ser el enemigo principal y más peligroso de las grandes potencias capitalistas, de engranarse íntimamente con el mercado mundial, (y porque de ambos lados es imposible evitarlo anudados en un matrimonio de odio y conveniencia), al punto de que, según algunos analistas, ahora esa nación empuja con más intensidad hacia la mundialización de la economía que sus mismos padres occidentales, ese no es el lujo que puede darse un país como Cuba sin tener determinadas consideraciones según su geografía, su historia y sus fuerzas económicas.

Un crecimiento desordenado de la propiedad privada en Cuba (y desordenado significa que se propicie que sus intereses adquieran espacio político de disputa de poder y políticas públicas) siempre funcionará, en las condiciones geopolíticas y económicas de nuestra región, como una plataforma de intromisión y control de aquellas fuerzas e intereses que China puede afrontar con relativo éxito. En otro orden de la guerra cultural, por ejemplo, pero igualmente decisivo para nosotros, China protege celosamente su espacio ciberdigital, lo mismo que está haciendo Rusia, mientras a Cuba se le exige candorosamente que se abra completamente sin cortapisas ni cautelas.

Aquella concepción china según la cual, resumidamente, la contradicción fundamental de nuestro tiempo está dada por la creciente demanda de su población versus el desarrollo desequilibrado e insuficiente de su economía, ya se desea extrapolar, “como dicen los chinos”, y encuentra inmediatamente eco en nuestro medio. En las palabras del chileno Sergio Bitar, citadas por el artículo que ha motivado estas notas:

“Es muy importante plantearse el tema y cuál es la contradicción. Normalmente la hemos colocado en la propiedad de los medios de producción y en el partido único, en el mercado o el Estado. Sin embargo, hoy el debate está en saber encarar la globalización de forma que evite la fractura social, que resuelva el tema de los rezagados, que regule el sistema financiero, que respete derechos, que deje espacio para la libertad y la innovación, que logre armonía como dicen los chinos. El desafío principal ya está en cómo se alcanza mayor cohesión social, inclusión y participación, junto al ejercicio de los derechos”.

Todo un programa y misión imposibles para la realidad latinoamericana en que no se toca el fundamento mismo de una contradicción vigente, que es la existencia de la gran propiedad privada transnacional, la función que con respecto a su expansión y protección juega la llamada globalización, la agudización de la desigualdad que condiciona y provoca, la utopía de que se pueda regular el sistema financiero y la ilusión de que la “libertad” para vender la fuerza de trabajo sea la Libertad y el Derecho en los marcos del capitalismo. Son temas en que nuestros entusiastas de la propiedad privada, que dicen estar a favor del socialismo, debieran meditar e ilustrarnos cómo evitar cuando se limitan, a fuer de consejeros bienintencionados, a torpedear cada paso de las autoridades cubanas.

Si no más ayer mismo le exigían al gobierno la máxima atención al trabajo por cuenta propia, y deploraban cada vez que se producía algún cambio, basta ahora que se preste atención incluso a la capacitación de quienes enrumben su vida por esa opción (cosa que estatalmente, como política masiva no se hace probablemente en ningún otro lugar!), para que se precipiten a lamentarse de una sobreatención del tema so pena que otros, según ellos, se abandonen. Y así fue y será siempre, fácil de demostrar si tuviéramos tiempo para recopilar y contrastar el curso de las observaciones oportunistas de algunos sabios consejeros. Siempre darán palos porque bogas, y también porque no bogas porque el objetivo es dar palos. Si mañana el acrecentamiento político de la propiedad privada trajera como consecuencia comprometer el proyecto socialista, nuevamente será consecuencia de alguna mala aplicación de sus teorías de gabinete. Si para una situación económica como la cubana era complejo abrir y mantener un mercado mayorista, una vez en funciones, y sin ninguna consideración de las ingentes dificultades que eso conlleva para un país como el nuestro, entonces se encuentra otra llaga en que meter el dedo, en que no se abrió de inmediato para el trabajo por cuenta propia. Nada con respecto al cerco económico que trata de impedir que eso sea posible. Como nada leímos de esas plumas en la época del relumbrón obamiano con respecto a la negativa de comerciar con las empresas estatales. Pero si nuestra economía despega ya seremos testigos de otras críticas.

Una de las imposturas más caras y necesarias a la dominación capitalista actual – (lo que se conoce como neoliberalismo, pero que tiene mucho menos de neo, pues su filiación genética jamás traicionada en su esencia es el liberalismo) – es presentarnos el mercado como una entidad inconexa de la política, autorregulado, con vida propia, dirigida por una mano misteriosa que es mejor no molestar, a la vez que postulan la escandalosa contradicción de la NO intromisión del estado en esa entidad sagrada, en ese dejar hacer, escandalosa porque mientras los estados capitalistas funcionan como garantes del funcionamiento de sus mega mercados (lo cual ya bastaría para probar que no existe semejante mentirosa autorregulación), se lo exigen a los demás, sobre todo a los países que más necesitan de un estado relativamente más fuerte para impedir que la “mano invisible” dirija su “autorregulación” con sospechosa direccionalidad nada azarosa. Ahora nos presentan la descentralización económica como una condición necesaria pero, naturalmente no como debe implementarla un sistema de aspiración socialista, sino con la promesa de que es posible a la vez su amplia difusión y su regulación cuando bien sabemos, y ya está ocurriendo, que le llegarán ingentes intromisiones y recursos para potenciarla y entorpecer las políticas comunitarias del gobierno.

Aunque hablar propiamente de Mercado exige una serie bastante larga y complicada de consideraciones, para el gran público se vende el concepto, con tal que los pocos avisados hagan presión y sigan apoyando la idea a la vez que criticando por no dar pasos más apresurados.

Debemos ser muy cuidadosos cuando, sin estudio profundo y meditado, deseemos con honestidad el mejoramiento de nuestro proyecto, para no repetir lo que nuestros enemigos desean que repitamos como si fueran ideas o convicciones nuestras.

La necesidad de admitir y utilizar, entre “las armas melladas del capitalismo” la que es su torpedo esencial, es decir, la propiedad privada, y en una dimensión mayor que nunca antes las inversiones del capital extranjero, todo lo que ahora parece presentársenos como fatalmente ineludible mientras intentamos avanzar por el largo y tortuoso (y muy doloroso) camino hacia el socialismo – puede conducirnos, conduce ya a cierta gente, a repetir y apoyar pavlovianamente conceptos y concepciones que se apoyan y aprovechan dificultades ciertamente nuestras, errores cometidos, expuestos sin contextualizar, limitando el análisis a la “cuestión nacional”, o analizando la economía sin su relación con una política que, por vocación no capitalista, tiene que ser distinta en su relación con lo económico y lo social, y aprovechando el largo desgaste que sí ha sido uno de los objetivos de una guerra cultural e ideológica capitalista que no podía no dejar dividendos a favor de sus objetivos. Sigan la ruta del dinero, y contrasten cómo hay una, a veces sutil, pero en ocasiones evidente correspondencia, entre aquellos que hayan mal cada paso dado o no dado, y que, sintomáticamente, son los más entusiastas optimistas de la propiedad privada. Por algo será.

 

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