CARLOS DE URABÁ. «Ha muerto una Santa»

Me levanté; encendí la radio y me puse a desayunar. De repente el locutor lanzó un flash: “Última hora: ha muerto una santa. ¡Una santa! Se me atragantó el croissant. Yo no sabía que hacer pues quedé muy impresionado. ¡Es ella, seguro que no puede ser otra! La obesa burguesa del bolso Louis Vuitton.
Me entró un sentimiento incontrolable de alegría, pero a la vez de rabia porque la santa había muerto en su camita muy mullida y bien calentita. Que murió en un hotel cinco estrellas después de un opíparo banquete. “De grandes cenas están las tumbas llenas”. Mártir, mártir de la España nauseabunda y desalmada. ¿Un reptil o un roedor?  Pobre santa no se merecía tan triste final. El reino llora a su hija más preclara, tres días de luto y las banderas a media asta. Las plañideras gimen por la santa mártir  del Gürtel, el Taula, y del Nóos. La santa ladrona y mentirosa resplandece en el altar. ¡Ave María purísima!
Era muy buena, tan buena y tan santa. A la santa le encantaban los billetitos de 500 euritos bien bonitos y planchaditos. Con todo el beneplácito y complicidad de sus compinches dedicados a tiempo completo a la marrullería, el clientelismo, la prevaricación y el expolio. Que los siervos se arrodillen y besen su mortaja. Sus deudos se rasgan las vestiduras ¡ustedes la mataron! ¿Quién puede pensar mal de esta dama de misa diaria y comunión perpetua? En olor a santidad la mujer más honrada y pura de España. No hay duda que es inocente señor juez. El único juicio verdadero es el del Todopoderoso. La santa mártir encarnaba la soberbia españolista, la más alta soberana de la ultraderecha monárquica y autoritaria. “Los rojos piojosos me quieren tumbar”.- confesaba despechada ¡Yo soy la alcaldesa de Valencia, la alcaldesa de España! ¡Todo el mundo al suelo!  Su rostro avejentado cual máscara del museo del terror refleja con toda crudeza la magnitud del drama. La echaron a las hienas sus propios camaradas; defenestrada, crucificada estigmatizada como la más apestosa del leprosario. ¡Calla no nos hundas en el fango!  ¡Ahí va la ladrona! le gritaba la turba, el odioso lumpen proletariado. Es humillante haber caído tan bajo. Sin la aureola de poder, sin el bastón de mando, deprimida y embuchada de pastillas se envenenó con su propia ponzoña. ¡Que se le conceda un título nobiliario! Quizás condesa o baronesa o marquesa. Ese cadáver se merece la más alta distinción ¡Todo por la patria! ¡Que se le ponga su nombre a una calle o a una plaza o un aeropuerto!   Santa patrona de la hermandad mafiosa,  ruega por nosotros. ¡Ha muerto una santa, una virgen milagrosa que ya está gozando de la gloria eterna junto al santísimo! Se nos ha adelantado la navidad, descorcha la botella de champagne.
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