CARLOS AZNÁREZ. La detención y extradición del luchador Cesare Battisti cuestiona los principios de la solidaridad internacionalista

Este fin de semana toda la prensa afín al terrorismo mediático anunciaba con bombos y platillos que había  sido detenido en Bolivia (sí, leyeron bien, en Bolivia) “el terrorista italiano más buscado”, Césare Battisti. El apresado aguardaba que lo trasladaran a Brasil, donde el ultraderechista presidente Jair Bolsonaro ya festejaba la captura y anunciaba al gobierno del fascista italiano Matteo Salvini que pondría en marcha de inmediato la  extradición. A esa hora, la suerte de Battisti, quien fuera un activo militante revolucionario de los años 70-80 en Italia, valía muy poco, ya que sería  enviado a su país natal y no precisamente de turista.
La “justicia” brasileña lo buscaba para deportarlo a su país, donde fue juzgado en ausencia en 1993 y condenado a perpetuidad por cuatro homicidios y complicidad en otros asesinatos, en juicios farsa al estilo de los que se han realizado en otros países. Battisti hace años que vivía en Brasil y era conocido y tratado por toda la clase política de izquierda, pero al irrumpir en el escenario el fascista Jair Bolsonaro asumió  el compromiso de extraditar a “todos los bandidos terroristas a los que amparó Lula”.
Fue en ese momento, que Battisti pasó a Bolivia, imaginando que allí iba a estar seguro pero las cosas en política exterior no son como muchos se las imaginan y lamentablemente fue allí donde precisamente es detenido en Santa Cruz de la Sierra, en un operativo conjunto de la policía local y servicios italianos. Battisti había solicitado refugio confiando en que como ocurría en otros tiempos en que privaba la solidaridad internacionalista, el gobierno boliviano se negaría a entregarlo a Brasil. Se equivocó, ya que en tiempo récord, se decidió no sólo extraditarlo sino que en vez de enviarlo a Brasil de donde se había escapado, se lo subió a un avión y se lo remitió a Italia. De nada valieron los pedidos urgentes de organizaciones bolivianas ligadas al gobierno, del propio Defensor del Pueblo, de ex ministros de Evo y otras peticiones llegadas de distintos países. El pulgar ya había sido inexplicablemente bajado y a Battisti ahora lo espera (a sus 64 años) cumplir una condena hasta su muerte. Se podrá argumentar (seguramente algunos lo harán) de que el prófugo era una “papa caliente” en el difícil escenario electoral boliviano, pero lo que no se puede negar en estos casos extremos, es que si un revolucionario no pueda ser protegido por sus pares. ¿Quienes lo harán? El continente ha cambiado de color, lo sabemos, y son pocos los países donde los que  luchan y son perseguidos de por vida pueden aspirar a refugiarse, pero lo que no se puede admitir bajo ningún concepto es que quienes precedieron a los revolucionarios y progresistas de hoy, se les cierren todas las puertas y se los entregue al enemigo que todos los días martiriza a nuestros pueblos. Muchos seguimos creyendo en los principios solidarios que marcaron nuestras vidas, en esos códigos éticos que dicen que cuando un hermano de lucha está en problemas, otros hermanos deben darle una mano aunque eso no sea lo  “políticamente correcto”. En nombre del internacionalismo defendamos a los que lucharon siempre.  Es ahora el momento que se escuchen nuestras voces. Por eso creemos que este domingo se ha perdido otra batalla y nos duele por el escenario donde se decidió, el de un gobierno que apoyamos, defendemos y respetamos, pero eso no significa que nos hagamos los distraídos o miremos a un costado. Battisti no debería haber sido extraditado, toda persona detenida tiene derecho a la defensa y mucho más aún cuando se trata de alguien que había solicitado refugio.  No sólo no se lo escuchó sino que se lo calificó de “terrorista” y otros epítetos que están fuera del lenguaje entre revolucionarios. Más aún si se trata de un luchador que con sus errores y aciertos allanó el camino para otros que vinieron después. Si hay algo que deberían entender muchos de los que hoy hicieron silencio o actuaron equivocadamente es que la historia no empezó cuando ellos llegaron, sino que muchos de los procesos revolucionarios y progresistas fueron posibles a que otros antes pusieron sacrificio, clandestinidad y lucha para cambiar sociedades deshumanizadas y retrógradas. Ahora ya es tarde. Battisti ha sido entregado a un enemigo que, desde Bolsonaro y Salvini, pasando por los medios hegemónicos, festejan. Nosotros seguimos pensando que no hay razones de Estado que justifiquen semejante yerro.

¡Libertad para Césare Battisti! Basta de perseguir a los que luchan!

 

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