CARLOS AZNÁREZ. El día que AMLO dio otro mal paso

En una muestra de excesivo «pragmatismo», por no decir «inoportunidad» para hacer una visita al presidente del país más terrorista del mundo, Andrés Manuel López Obrador canta loas al acuerdo de Libre Comercio con los EEUU y Canadá. Ya se sabe lo que significa en cualquier momento de los pueblos estampar una firma en un TLC con el imperio, pero elegir justamente esta instancia en que el mundo está dado vuelta precisamente por la barbarie que se deriva de las guerras, los agrotóxicos, la megaminería y muchas desgracias más que generan los multimillonarios de las trasnacionales, la verdad es que parece, por lo menos, irresponsable. Pero AMLO no parece enterarse.

 

 

Si esto no fuera suficiente también AMLO agradece el «buen trato» (lo peor es que no es una ironía) que el gobierno de Trump brinda a «nuestros compatriotas mexicanos», y enseguida se desvive por ponderar personalmente a quien en estos momentos enfrenta una rebelión interna por su maltrato a la población en lo que hace a las medidas sanitarias por el Covid 19 (cientos de miles de muertos), y por proteger, como buen supremacista blanco, a los fascistas de la policía local que en pocos días han asesinado a varios afroamericanos. Dice textualmente AMLO mientras lo mira al presidente de EEUU (no se trata de una fake news): «Pero lo que más aprecio, es que usted nunca ha buscado imponernos nada que viole o vulnere nuestra soberanía…Usted no ha pretendido tratarnos como colonia, sino que, por el contrario, ha honrado nuestra condición de nación independiente. Por eso estoy aquí para expresar al pueblo de EEUU que su presidente se ha comportado hacia nosotros con gentileza y respeto».

Ni Salinas de Gortari, el vaquero Zedillo, Felipe Calderón o Peña Nieto, cuatro amanuenses disciplinados de las políticas de Washington hubieran sido tan entusiastamente «cordiales» con quien no ha parado de despreciar, reprimir y deportar no solo a los mexicanos sino a todos aquellos centroamericanos que osaron querer cruzar su sacrosanta frontera.

¿En qué mundo cree estar viviendo AMLO? ¿Quien lo está asesorando en política exterior? Son dos preguntas que surgen muy rápidamente al escuchar sus palabras pero también al interpretar estos «bondadosos» acuerdos comerciales firmados.

Mire por donde se lo mire, Trump debe festejar este enorme salvavidas -en tiempo electoral- que le arrojó quien menos se esperaba, en un momento donde la popularidad del empresario gringo desciende rápidamente, como resultado de aplicar en su patio interno políticas brutales, primero para con su pueblo y seguidamente para con los migrantes, las y los afroamericanos y latinos en general.

Todo el mundo ha visto estos días lo que es la represión brutal y racista a la que tanto Trump elogia y estimula, todo el mundo menos, así parece, el presidente mexicano, quien desoyendo las recomendaciones y pedidos urgentes de organizaciones de derechos humanos y de movimientos de sus compatriotas en su país y en EEUU se empeñó en viajar justamente ahora y edulcorar (¿hay otra manera de calificarlo?) la prepotencia imperial.

Decir muy suelto de cuerpo en su discurso, mirándo a los ojos a Trump, que «usted no ha pretendido tratarnos como colonia» y elogiar su comportamiento «respetuoso», cuando fue esa misma persona que al asumir su cargo demonizó al pueblo mexicano como criminales, narcotraficantes y violadores”, suena muy fuerte, casi provocador. Más aún, fue el propio Trump el que en un acto de abierta intención humilladora hacia sus vecinos exigía que fueron los mexicanos los que pagaran el muro que los separaría. O el mismo que en otro discurso apuntó que los centroamericanos son una «bolsa de mierda».

Por eso, no es casual que un hijo de braceros mexicanos que ahora funge como diputado progresista por Arizona, Raúl Grijalva, confesara que cuando llegó AMLO al gobierno él brindó por la esperanza de cambio que se abría para su pueblo natal, pero que ahora «que lo veo como un colaborador de Trump, siento que nos ha abofeteado a todos los mexicano-norteamericanos».

Por otro lado, ¿AMLO no sabe que existen las cárceles migratorias donde numerosos niños y niñas se encuentran encerrados, separados de sus padres mexicanos y de otros países de Centroamérica, y que varios de ellos han muerto allí? ¿Pueden ser más importantes los acuerdos económicos a la baja que le impusieron firmar sus anfitriones, que no haber dicho una palabra sobre esta lista de agravios y violaciones de los derechos humanos que EEUU ejerce contra su pueblo y los demás de este sufrido continente?

Precisamente hablando de «acuerdos» y TLCs vale recordar que uno de los puntos del que se rubricó este 9 de julio es el que obliga a los firmantes a relacionarse económicamente solo con países que defienden y aplican la economía de mercado. O sea, Cuba y Venezuela afuera del tablero.

AMLO ahora puede decir lo que quiera, que por ejemplo este viaje ha sido de lo más exitoso para su pueblo, que lloverán puestos de trabajo o que Trump ha cambiado su posición hacia los migrantes, pero lo real es que nada de eso es creíble, y lo único cierto es ver como Trump y sus asesores electorales utilizaron la visita y las discursos en la campaña que hasta ahora tenía poco para mostrar. Todo lo demás son conjeturas, ilusiones o desubicación de una realidad en la que un gobierno progresista, votado con entusiasmo por millones de mexicanos, comienza a renguear de la misma pierna que otros similares. Prefieren coquetear con EEUU que intentar desmarcarse de esa influencia que finalmente termina alejándolos de su propia base de sustentación. Es decir, están condenados a morir de fuego cruzado, hostigados por la derecha oligárquica y cuestionados por la izquierda anti imperialista.

 

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