CARLO FRABETTI. Vegeterianismo o muerte

 

Con respecto a los demás animales, los humanos somos nazis.

Isaac Bashevis Singer

 

Si los mataderos tuvieran paredes de cristal, todos seríamos vegetarianos.

Paul McCartney

 

Cuando los cubanos dicen “Socialismo o muerte”, afirman que están dispuestos a morir por el socialismo. Yo no soy tan valiente ni tan generoso, pero hago mía la consigna, porque “Socialismo o muerte” también se puede y se debe entender en el sentido de que, si no superamos la barbarie capitalista, estamos abocados a la autodestrucción.

Y el socialismo no es compatible con el especismo, del mismo modo, y por análogas razones, que no es compatible con el machismo, el racismo, la xenofobia, la homofobia o el antinacionalismo.

Hay que decirlo sin ambages: quienes miran a una vaca y ven comida, son idiotas morales. Y quienes aún no han entendido que el consumo de carne y otros productos de origen animal es una aberración ecológica y sanitaria, son idiotas a secas. Y si los segundos no son pocos, los primeros son legión, como lo demuestra, entre otras cosas, el amplio apoyo recibido por organizaciones tan nefastas -con un largo historial de crímenes a sus espaldas- como el PP, el PSOE, el Opus Dei o los Legionarios de Cristo.

Y lo más alarmante es que las personas y organizaciones que se reclaman de izquierdas casi nunca se den por enteradas de la extrema gravedad del especismo, ni siquiera cuando sus consecuencias se manifiestan de forma tan directa y brutal como en la pandemia del Covid-19 (sin olvidar la gripe aviar, la peste porcina o el síndrome de las vacas locas). ¿Cómo es posible que una sedicente izquierda que hasta hace poco denostaba el feminismo y criminalizaba a los homosexuales, aún no se haya dado cuenta de que

siempre va un paso -o varios- por detrás de la evolución moral de la sociedad, cuando debería ir a la vanguardia?

Para intentar entender la miseria moral de nuestra sociedad en general y de la izquierda en particular, conviene recuperar y actualizar dos conceptos clave introducidos por Marx en el discurso socioeconómico: alienación y fetichismo.

La alienación, en su doble sentido de pérdida de la razón y de pérdida de la identidad, es una consecuencia inevitable de una sociedad basada en la explotación. Los ricos explotan a los pobres, los hombres a las mujeres, los blancos a otras etnias, y todos explotan, torturan y devoran a los animales no humanos. Y tanto los explotados como los explotadores han de renunciar a una parte de su humanidad y de su capacidad de raciocinio para aceptar situaciones éticamente aberrantes que, en la mayoría de las culturas, entran en conflicto con sus supuestos valores. Solo así se comprende -en la escasa medida en que algo así se puede comprender- que la esclavitud haya coexistido con el cristianismo hasta el siglo XIX, o que los mayores crímenes contra la humanidad -incluidos los del franquismo- se hayan cometido con el beneplácito de la Iglesia, y que a pesar de ello muchas personas de buena voluntad sigan aceptando su nefasto magisterio.

La verdadera pandemia de nuestro tiempo es lo que los psicólogos denominan “disonancia cognitiva”, que es otro nombre de la alienación, y que es el resultado de un lavado de cerebro sistemático -sistémico- que comienza en la más tierna infancia y dura toda la vida. Solo así se entiende que quienes serían incapaces de matar a una vaca o a un cerdo con sus propias manos, puedan devorarlos sin inmutarse si los matan otros. Para llorar viendo Bambi y comerse luego un bocata de jamón o unas costillas a la brasa, hay que estar tan enajenado como para creer que un Dios misericordioso puede infligirnos un castigo eterno, lo que significa que el porcentaje de enajenados es abrumadoramente alto.

En cuanto al fetichismo, consiste, básicamente, en atribuirle a algo o a alguien un poder o un valor que no tiene (y en este sentido habla Marx del fetichismo de la mercancía). Y la carne, como supuesto alimento primordial, es uno de los grandes fetiches de nuestro tiempo. La carne es la peor y la más cara de las fuentes de proteínas, y su consumo masivo es una de las principales causas de la deforestación, el cambio climático y las catástrofes sanitarias. Y el carnivorismo es la perfecta metáfora de un capitalismo depredador que todo lo devora sin medida, sin piedad y sin preocuparse por las consecuencias.

“Sin feminismo no hay socialismo”, proclaman con sobrada razón las feministas. Y, análogamente, sin antiespecismo no hay socialismo, aunque muchos de quienes pretenden luchar por un mundo solidario y sostenible no se den por enterados.

Nota

Me resisto a usar el término “veganismo” porque, en puridad, es sinónimo de “vegetarianismo” en sentido estricto. Se suele incluir entre los vegetarianos a los que también consumen huevos y productos lácteos, aunque en realidad son ovolactovegetarianos. Si dejáramos de usar los términos deteriorados por su uso impreciso o indebido, no podríamos seguir diciendo, por ejemplo, “democracia” o “república”. Sin perjuicio de inventar palabras nuevas cuando sean necesarias, habría que devolverles a las antiguas su verdadero significado.

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