BlackRock, el vampiro financiero que lleva el volante de la economía global

¿Quién lleva el volante de la economía global? Ya no son los bancos los que ejercen el poder financiero detrás de las sombras, sino los administradores de activos. El mercado de valores se considera el barómetro de la economía, aunque tiene poco que ver con la fuerza de la economía real y productiva.

Los gigantescos fondos de pensiones y otros fondos de inversión lo controlan en gran medida y es favorecido por la política pública occidental, los administradores de activos controlan esos fondos. Esto efectivamente pone a BlackRock, el mayor y más influyente administrador de activos, en el asiento de conductor en el control de la economía dominada por el dólar fiat.

Llega al punto de convocar recientemente minicumbres corporativas al estilo de Davos para “debatir fórmulas que sirvan de motor para reconstruir la economía mundial, tras los devastadores efectos de la pandemia del coronavirus”.

Aunque la reunión anual del Foro Económico Mundial (WEF, sus siglas en inglés) se organiza en esa localidad suiza para fijar la agenda política y económica internacional para todo el año, esta reunión es apadrinada por los grandes directivos de este fondo, encabezados por Larry Fink, su primer ejecutivo. No hay políticos sino empresarios, que ponen en juego miles de millones con sus decisiones (o temores) de inversión.

Echemos un vistazo a BlackRock para entender por qué conduce los hilos de la economía dolarcéntrica en Occidente.

¿Qué es y qué no es BlackRock?

El Grupo Blackstone, una multinacional de gestión de capital privado que durante la crisis bancaria de 2008–09 arrebató casas embargadas con mínimos costos y las alquiló a precios inflados, participó en la fundación de BlackRock, un gestor de activos de fondos de pensiones y jubilados que administra sus ahorros mediante inversiones “pasivas” que siguen la pista del mercado de valores.

Con más de 7 mil millones de dólares en activos bajo gestión directa y otros 20 mil millones de dólares gestionados a través de su software de supervisión de riesgos llamado “Aladdin”, su cartera es mayor que la del mayor banco del mundo (que está en China), sin embargo no está regulada como “Institución Financiera de Importancia Sistémica” en virtud de la Ley Dodd-Frank en Estados Unidos a pesar de su tamaño y poder global, gracias a la presión de su director ejecutivo Larry Fink, que desde hace mucho tiempo tiene relaciones “acogedoras” con funcionarios del gobierno.

¿Cómo ejerce su peso político?

Relata Ellen Brown, investigadora del Instituto de Banca Pública, que en agosto de 2019 cuatro ejecutivos de BlackRock, encabezados por el ex jefe del Banco Nacional Suizo Philipp Hildebrand, propusieron en la reunión anual de banqueros centrales en Jackson Hole (Wyoming, Estados Unidos) un reajuste económico que se puso en práctica en marzo de 2020.

BlackRock maniobró para que el banco central abandonara su tan cacareada independencia y uniera la política monetaria (propia del banco central) con la fiscal (propia de la legislatura).

Propusieron que el banco central mantuviera un “Servicio Fiscal de Emergencia Permanente” que se activaría cuando la manipulación de los tipos de interés dejara de funcionar para evitar la deflación. El Servicio sería desplegado por un “experto independiente” designado por el banco central.

Asalto sin mano armada durante la pandemia

La crisis del Covid-19 presentó la oportunidad perfecta para ejecutar la propuesta en Estados Unidos y, en marzo de 2020, se le otorgó a BlackRock un contrato sin licitación bajo la Ley de Ayuda, Alivio y Seguridad Económica del Coronavirus (Ley CARES, sus siglas en inglés) para desplegar un fondo ilícito de 454 mil millones de dólares establecido por el Tesoro en asociación con la Reserva Federal que podría ser apalancado para proporcionar más de 4 mil millones de dólares en crédito de la Reserva Federal.

Por un lado, el público se ha distraído con protestas, disturbios y cierres y, por otro, BlackRock se convierte en la “cuarta rama del gobierno”, manejando los controles del dinero fiduciario de la Reserva Federal, dispensando sus fondos a través de 11 “vehículos para fines especiales” autorizados en virtud de la Ley CARES.

El gigante ganó miles de millones de dólares en activos invertibles después de adquirir la serie de “fondos negociados en bolsa” (ETF) iShares en una adquisición de Barclays Global Investors en 2009. En 2020 la serie de iShares incluía más de 800 fondos y 1,9 mil millones de dólares en activos gestionados.

Los ETF se compran y venden como acciones, pero funcionan como fondos de seguimiento de índices específicos como el S&P 500, referencia bursátil donde están incluidas megacorporaciones estadounidenses como Apple, Microsoft, ExxonMobil, General Electric y Coca-Cola y representa el 80% de la capitalización del mercado gringo.

Hoy en día, el sector de los ETF, dominado por los “Tres Grandes” (BlackRock, Vanguard y State Street), es de rápido crecimiento y controla monopólicamente casi la mitad de todas las inversiones en acciones de ese país.

En 2017, los “Tres Grandes” se habían convertido en el mayor accionista de casi el 90% de las empresas del S&P 500.

BlackRock también posee intereses importantes en casi todos los mega-bancos y en los principales medios de comunicación.

Mientras que los ETF operan a demanda como las acciones, los activos que componen sus carteras no lo son. Cuando el mercado cae y los inversores huyen, los ETF pueden tener problemas para conseguir los fondos para liquidar sin operar con un gran descuento; y eso es lo que estaba sucediendo en pasado marzo.

Según un artículo del 3 de mayo en The National:

“El sector se salvó en última instancia por la promesa de la Reserva Federal de Estados Unidos del 23 de marzo de comprar créditos de grado de inversión y ciertos ETFs. Esto proporcionó la liquidez necesaria para rescatar los bonos que habían estado flotando en un mercado sin compradores”.

¿Para quién trabaja y quién trabaja para BlackRock?

BlackRock fue rescatado sin debate en el Congreso, sin tasa de interés “de penalización” como se ha impuesto a los estados y ciudades que piden préstamos en el Servicio de Liquidez Municipal de la Reserva Federal, sin papeleo complicado ni tener que hacer cola para los escasos préstamos de la Administración de Pequeñas Empresas, sin ataduras. Fue rescatado silenciosamente de la crisis financiera.

Aunque BlackRock tiene un interés mayoritario en todas las grandes corporaciones del S&P 500, profesa no ser “dueña” de los fondos. Solo actúa como una especie de “custodio” para sus inversores, o eso dice.

Pero BlackRock y otras tres grandes ETF votan las acciones de las corporaciones, así que desde el punto de vista de la administración, son los dueños.

Un artículo de 2017 de la Universidad de Amsterdam, titulado “Estas tres empresas son dueñas de Norteamérica Corporativa”, muestra que vota el 90% de las veces a favor de la gestión. Eso significa que tienden a sufragar en contra de las iniciativas de los accionistas, en contra de los trabajadores y en contra del interés público.

Dice Brown que “BlackRock no está trabajando para el pueblo norteamericano, aunque nosotros, el pueblo norteamericano, nos hemos convertido en su mayor base de clientes”. Es decir, los estadounidenses trabajan para BlackRock.

En un trabajo de 2018 llamado “BlackRock: La compañía que es dueña del mundo”, un grupo de investigación multinacional llamado Investigate Europe concluyó que BlackRock

“…socava la competencia a través de la posesión de acciones en compañías competidoras, borra los límites entre el capital privado y los asuntos gubernamentales al trabajar estrechamente con los reguladores, y aboga por la privatización de los planes de pensiones para canalizar el capital de ahorro hacia sus propios fondos”.

Daniela Gabor, profesora de la Universidad de Inglaterra Occidental en Bristol, dijo a propósito:

“A menudo nos dicen que un gerente está ahí para invertir nuestro dinero para nuestra vejez. Pero es mucho más que eso. En mi opinión, BlackRock refleja la renuncia al estado de bienestar. Su ascenso en el poder va de la mano de los cambios estructurales en curso en las finanzas, pero también en la naturaleza del contrato social que une al ciudadano y al estado”.

Que estos cambios estructurales están planeados y son deliberados es evidente en el libro blanco de BlackRock de agosto de 2019 que establece un reajuste económico que se ha implementado ahora con el fondo de gestión al timón.

El capitalismo clásico que describen los liberales ya no existe. Con BlackRock y similares existe un control monopólico del capital financiero sobre el estado, donde las megacorporaciones se respaldan con fondos públicos y se diluyen las fronteras entre las instituciones y la oligarquía financiera.

Investigadores y analistas como Ellen Brown sugieren que, como mínimo, BlackRock debería ser regulada como un servicio público ya que es considerada en Wall Street una institución financiera de importancia sistémica demasiado grande para quebrar, sin un deber fiduciario legalmente exigible de ejercerlo en el interés público.

(Misión Verdad)

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