BERNAT DEDÉU. Las ratas y la historia

La mafia no sería tan eficaz ni entrañable sin el encomiable esfuerzo de sus fidelísimos recaderos. El pasado domingo, el editor y antiguo alto cargo de ERC, Eduard Voltas, celebraba en Twitter que el PSC hubiera cuestionado la financiación pública del Institut Nova Història (agrupación liderada por Jordi Bilbeny y conocida por reivindicar los orígenes catalanes en figuras tradicionalmente abanderadas por el españolismo), lamentando también que la iniciativa contra la supuesta lectura escasamente científica de la historia no hubiera surgido de un partido independentista. En poco tiempo, el mensaje en cuestión provocaba una interesante reacción tuitera, en la que hasta el capataz de ERC en las redes, Gabriel Rufián, exigía no financiar con pasta pública a ninguna entidad practicante de “pseudohistoria”, comparando el caso a los negacionistas de las vacunas o a los zumbados que todavía divisan la tierra llana.

Que el pobre Eduard Voltas pontifique sobre como repartir el dinero que nos roba Hacienda, él que tiene casi dos tercios de panza sufragados por la catalana tribu, ya es un motivo lo suficientemente jocoso como para levantarse más animado en estas semanas de canícula. También lo es que Esquerra, interesada en no hablar de los recortes-Aragonès, haya intentado generar una polémica sin ton ni son, bombardeando a una institución que no sólo fue galardonada por el partido republicano (que le otorgó el Premi Nacional Lluís Companys 2013), sino que sólo ha recibido dinero público cuando se los regaló un tal Joan Puigcercós, el gran valedor de Voltas durante el tripartito. Pero todo esto son minucias, queridos lectores, si lo comparamos con el hecho que el neoautonomismo indepe haya inventado este zarandeo con el INH para resultar más amable a los españoles jugando la sudadísima carta del rigor científico.

Yo no sé si en el INH hacen historia, pseudohistoria o protohistoria, o si promueven unas mandangas tales como las que, hace muy poco, el doctor Oriol Junqueras escribía en una revista afirmando que “el paganismo de Grecia o Roma, como las religiones mágicas, no tenía moral.” A su vez, me interesa muy poco si Colón o Cervantes eran catalanes visto que –como puede entender cualquier persona con la cabeza bien amueblada– esto de pertenecer a nuestra secta empieza a ser un motivo más vergonzante que cualquier otra humana condición. Lo que sí me escuece es ver como todo el independentismo políticamente correcto se doctora de repente en técnicas historiográficas y apela al espíritu científico, simplemente para criticar a una institución que, como la ANC, ha intentado escapar de la influencia del poder político. A mi no sé cuánto me han costado las supuestas chorradas del INH, querido Rufi, pero sé que tú me robas mucho más.

Resulta gracioso ver como Esquerra intenta atontar la base del independentismo haciéndose la santa y criticando a las instituciones o actitudes que, a ojos de los españoles, promueven la fantasía histórica o el racismo. De gritar “mori el Borbó”, Tardà y los suyos aprovecharán la mínima ocasión para recordar a los españoles que ellos también pueden recortar la pasta a todo chiringuito que huela a catalanidad pura. La técnica es tan cutre que provoca risa: se magnifica primero el impacto de instituciones como el INH, se encarga a uno de tus sicarios en las redes para desacreditarla gratuitamente (¡cuando tú mismo, insisto, le has dado aire!), y una vez depositado el quesito en un rincón, simplemente tienes que esperar a que las ratas cumplan su labor. Primero fue el Front Nacional, después la pseudohistòria, y mañana quién sabe cuál va a ser el ámbito de escrutinio de todos los espíritus científicos de la nueva República.

Los mismos apologetas del discurso objetivo sobre la historia, fijaos si la cosa tiene su miga, son los espíritus clínicos que han pervertido el valor histórico de un estallido político y cívico tan reciente como el 1-O, que según su docta lectura ha pasado rápidamente de ser un referéndum que se habían comprometido a aplicar a una celebración de la democracia participativa que tenía la intención de presionar al estado y hacer que el mundo nos mirará durante el telenoticias. Pues vista la cosa, mire usted, quizás me saldría más a cuenta pensar que Heródoto, pobrecito mío, también era catalán.

 

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