Asesinos silenciosos

Este fin de semana el pueblo kurdo de Cizre se encontraba tomado por la policía turca. Cementerio incluido. Al que solo dejaron pasar a unas pocas personas para dar el último adiós al joven de 22 años Mahsum Pamay. Una situación similar que en Euskal Herria se ha repetido en numerosas ocasiones.

Este joven preso político se había quitado la vida en la cárcel en protesta por las condiciones carcelarias y para que se levante el aislamiento al que tienen sometido a Abdullah Öcalan desde hace años. Este no ha sido el único suicidio protesta, que es conocido como “acción de sacrificio”, que han realizado presos políticos kurdos en las últimas semanas. Sería el séptimo encarcelado que se quita la vida a modo de protesta desde que se iniciara una huelga de hambre masiva en las cárceles turcas por el movimiento kurdo de liberación, que por su parte ha dejado ya otro muerto, Zulkuf Gezen, cuando se encontraba en huelga de hambre indefinida. La situación de peligro de muerte debido a la huelga de hambre en estos momentos es muy alta para muchos de los presos políticos según van pasando los días.

Ante el silencio internacional ayer se desplegó una gran pancarta en la torre de Eiffel en París y esta misma semana se ocupaba la sede de Amnistía Internacional en Alemania para denunciar su silencio.

Un silencio similar a cuando mueren presos sociales en las cárceles, como en la de Zaballa, que en muchas ocasiones no se sabe ni cuando ocurren. Son muertes silenciadas pero incluso existen más que no se tiene constancia ni de ellas. En esa cárcel situada en Araba ya son 3 los presos que se tiene constancia de su muerte en lo que va de año. El último la pasada semana, un joven de 24 años del barrio obrero de Zaramaga. Todavía la familia sigue sin tener las pertenencias ni las cartas de Jonathan, con instrucciones contradictorias entre cárcel y juzgados de cómo tienen que conseguirlas, y ha tenido que pasar casi una semana para poder ver el cuerpo. La inmensa mayoría de las muertes bajo custodia institucional de las ocurridas en prisión, ni son inevitables ni son naturales.

La aparición de la cárcel como pena no fue una respuesta a la “delincuencia” sino una respuesta de las burguesías de cara a disciplinar y estructurar a sus nacientes clases obreras y sus elementos sobrantes. Es decir, de cara a gestionar la pobreza y sus consecuencias. Luego la cárcel no supone más que la respuesta de las burguesías para el mantenimiento de la pobreza, ya que en caso de desaparición de ésta, la burguesía no sería tal. Es por ello que la cárcel no es nada más y nada menos que una institución que permanece para salvaguardar los privilegios de los de arriba. No existe ningún otro motivo pese a las toneladas de basura pseudo-humanista y ética que nos lanzan a diario en un intento de humanizar sus regímenes penitenciarios. El sistema policíaco-represivo, carcelario y económico es una misma cosa. La vinculación es tan íntima que ninguno de ellos podría subsistir sin el otro. Apostar por las cárceles es apostar por instalar la violencia en la sociedad para mantener la injusticia. Demasiada poesía hay dentro de las cárceles y demasiadas liendres hay con toga y asiento en el congreso. No es casualidad que la inmensa mayoría de presos sean de clase baja y drogodependientes o luchadores y luchadoras por la libertad.

 

(Borroka garaia da!)

 

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