Los provocadores casposos de Vox son ya tercera fuerza parlamentaria en España, acercándose al 20% de intención de voto en las encuestas. Forman parte de una ola mundial que está accediendo a gobiernos, agrediendo a pueblos y demostrando ser un riesgo real que no debe minusvalorarse. Otra cosa es discutir cómo se le planta cara a un fenómeno, el fascismo, que usa como gasolina la desesperación material de la gente.
La propuesta de Gabriel Rufián puede analizarse en dos planos: el institucional y el político. Su propuesta, en lo institucional, propone “orden, eficacia y método”, de modo que, a la izquierda del PSOE, “se presente la candidatura con más respaldo electoral en cada circunscripción”, retirándose las otras; y todo ello con un objetivo explícito: “ganar provincia a provincia escaños a Vox”. En lo político, Rufián no aclara mucho, pero resume su programa así: “vivienda, vivienda y vivienda”.
En el primer plano —el institucional—, la idea de superar la “Vida de Brian”, teniendo en cuenta que la circunscripción provincial castiga la fragmentación del voto, tiene al menos más sentido (dentro de su lógica reformista y parlamentaria) que la mayoría de ideas que escuchamos a diario. Máxime cuando Rufián reconoce estar creando algo puramente instrumental y ad hoc, sin mayores pretensiones más allá de obstaculizar la ofensiva de Vox. Comprendemos esta parte, siempre y cuando no sermoneen a la gente y entiendan que, más allá del voto, lo más decisivo —lo que crea fuerza popular real— se juega los 365 días del año, desde sindicatos, barrios, asambleas…
El problema de la propuesta de Rufián viene sobre todo en el segundo plano, el político, el del contenido programático concreto. Decir “vivienda” es acertar el diagnóstico, pero ¿y el tratamiento? Cuando se baja al detalle, Rufián se limita a la descafeinada, repetitiva e ineficaz idea de subirles un poco los impuestos a los inversores inmobiliarios: “Quien quiera hacerse rico con casas, que pague”. También ha propuesto “subir todos los impuestos que conlleva la compra de una segunda vivienda que no sea para vivir”. ¿Sería positivo que esto se hiciera? Sí. ¿Solucionaría el problema de la vivienda para la clase trabajadora? No. “There’s the rub”, como dijo el bardo.
Todo el mundo sabe que subir dos o tres impuestos a los rentistas es absolutamente ineficaz, que no frenará la deriva oligárquica y que no solucionará el problema de la vivienda. La única solución al problema de la vivienda es, obviamente, meterle mano a la propiedad especulativa: expropiar y nacionalizar —sin compensación— esa parte de la vivienda que ha caído en manos de fondos buitres y bancos que las dejan vacías para especular con su precio y usarlas como un activo financiero parasitario.
Por tanto, incluso si el “método Rufián” funcionara (lo cual es mucho suponer, teniendo en cuenta el sectarismo de las distintas siglas de la “Vida de Brian”) y frenara coyunturalmente a Vox, con “impuestos” y “relatos” que no solucionen —o al menos alivien— el problema material de la vivienda, sin implementar las medidas antioligárquicas concretas y reales necesarias para solucionarlo o aliviarlo, solo se estaría incubando más y más frustración en la población, sembrando la semilla de una posterior victoria, aún más aplastante, de los fascistas. Como ocurrió en la República de Weimar hace un siglo.
