ALEIDA MARCH. Los primeros días del Che en La Habana

A La Cabaña arribamos en la madrugada del 3 de enero. Nos aguardaba el que fungía como jefe de la fortaleza, coronel Manuel Varela Castro, que según tengo entendido pertenecía al grupo de los denominados soldados puros”, junto con José Ramón Fernández y otros. Se le informó al Che sobre la tropa acantonada en el polígono, que estaba compuesta de soldados desarmados, y él decidió no pasar revista. Se dirigió al Club Militar, donde permanecían los oficiales comprometidos y los presos. La oficialidad aún portaba sus armas cortas.

En medio de una asombrosa calma, nos dirigimos a la antigua Jefatura. Después de ordenar algunos detalles y recibir el mando, nos retiramos a la casa del Comandante de La Cabaña, el teniente coronel Fernández Miranda, hermano de la esposa del dictador Fulgencio Batista, quien había huido del país, al igual que todos los más connotados batistianos.

Lo sucedido en esas primeras horas parecía inusual. Ante una fortaleza como aquella, resultaba extraño observar cómo esa masa de soldados se subordinó al mando rebelde sin oposición de ninguna índole. Este hecho nos dijo mucho acerca del resquebrajamiento moral de la dictadura, pero sobre todo de la confianza y el respeto por el nuevo Ejército Rebelde, que contaba con el apoyo incondicional de todo el pueblo.

El Che y todos los integrantes de la comandancia nos ubicamos en la casa de Fernández Miranda y allí amanecimos; la mayoría durmió en el cuarto grande y a mí me dejaron el más pequeño. Dormí pocas horas —el descanso todavía no nos era permitido—; por demás, las dos o tres compañeras que habíamos llegado con la tropa tuvimos que darnos a la tarea de buscar entre la ropa de la esposa de Fernández Miranda, para poder cambiarnos.

En la mañana el Che trabajó en la casa, en una pequeña oficina, para después retornar a la Jefatura. En el trayecto, los que lo seguimos íbamos curioseándolo todo: los jardines, la vista al mar, maravillados de lo agradable del lugar. Éramos los desposeídos, quienes por primera vez nos sentíamos dueños de nuestro destino. Nos enfrentábamos a las primeras brisas. El Che ya había advertido que a partir de ese instante era que comenzaba la verdadera lucha revolucionaria.

Renacía una nueva vida para todos. Al caos inicial se le fue restituyendo el orden y se dieron los primeros pasos para organizarnos, para lo cual se utilizaron otras casas de los alrededores.

El día 5 de enero nos trasladamos en un avión de carga hasta Camagüey. Yo no sabía a dónde nos dirigíamos y mucho menos con quién nos encontraríamos. Durante el viaje, el Che comenzó a dictarme algunos apuntes sobre el deber del soldado rebelde. De esta forma me inicié en mi primer trabajo, todavía sin haberse definido oficialmente. Pero lo más importante era que ya el Che estaba ordenando sus pensamientos, para ponerlos en función de las tareas que sabía imprescindibles para el mejor desempeño del proceso revolucionario.

Yo me quedé en un local dentro del aeropuerto en compañía del comandante Manuel Piñeiro (Barbarroja) y Demetrio Montseny (Villa), para después retornar a La Habana junto al Che, quien en realidad había ido a encontrarse con Fidel, en el aeropuerto mismo, para examinar los pasos que se estaban dando y recibir nuevas orientaciones. Existe testimonio gráfico de aquel encuentro de Fidel y el Che, en que se ve que los dos hablan, relajados y satisfechos.

El 7 de enero fuimos en auto hasta Matanzas, donde el Che se reunió nuevamente con Fidel. Me quedé en un cubículo cercano y allí conocí a Celia Sánchez y más tarde a Fidel, a quien el Che trajo para presentármelo.

Era la primera vez que lo veía y lo evoco como si fuera hoy. Para mí, Fidel ha tenido siempre el don de volverme muda. ¿Cuántas cosas le podía haber dicho en ese instante? Pero las palabras no me salían, era como si algo misterioso las retuviera en el corazón. Quizás le podía haber expresado lo que aquel encuentro significaba para mí, decirle que me parecía conocerlo desde hacía mucho tiempo. Además, había sido con él y por él que mi vida tenía un objetivo, algo por lo que merecía vivirse. Y eso que yo ignoraba cuánto habría de agradecerle, no solo por todo lo que le debo en el presente, sino porque de no ser por él nunca hubiera conocido al Che.

Ese mismo día retornamos a La Habana, para esperar el arribo de Fidel el 8 de enero, fecha inolvidable y repleta de emociones encontradas. Vimos la llegada desde las murallas de la fortaleza de La Cabaña, en esa vista panorámica mezclada de mar y oleadas de pueblo.

El orden se fue imponiendo, hasta donde se podía, en un proceso revolucionario que apostaba por barrer el pasado turbulento de una república que nunca pudo alcanzar su plenitud. En medio de esa efervescencia, me encontré poniendo orden a mi vida personal y adaptándome a la capital.

(…) El Che salía con los escoltas, siempre en mi compañía, para hacer gestiones de trabajo; transitábamos por las calles del Malecón, donde nos perdíamos; al no conocer los lugares, a veces nos parábamos frente a una luz roja, creyendo que era un semáforo y luego nos percatábamos de que era la luz de una farmacia, lo que terminaba en bromas y risas. Parafraseando el título de una película, éramos “unos campesinos en La Habana”.

(…)

En medio de todo, la fortaleza de La Cabaña se había convertido en uno de los bastiones de la Revolución, y el Che comenzaba a perfilarse como uno de sus dirigentes más capaces y carismáticos. De la tropa analfabeta y poco preparada para los nuevos retos, había que comenzar a seleccionar los futuros cuadros que necesitaría el país y para ello había que actuar con firmeza, sin dejarles tiempo libre.

En pocos días La Cabaña se transformó en una gran escuela formadora y se crearon pequeñas fábricas, continuadoras de las fundadas por el Che en la Sierra Maestra y precursoras de su futura labor en el proceso de industrialización del país. Se publicaba una especie de revista con el nombre de Cabaña Libre, que en una de sus páginas trataba temas culturales; y se organizaban actos, a los que asistían importantes personalidades de la cultura nacional, entre ellas Nicolás Guillén y la declamadora Carmina Benguría.

Era un movimiento incesante, que perseguía como objetivo central la formación del Ejército Rebelde. Se crearon escuelas de alfabetización y seguimiento, con mucho esfuerzo y tesón porque no pocas veces se daban las evasivas e indisciplinas de soldados, que en el combate fueron ejemplo de valentía y coraje y, sin embargo, no eran capaces de entender el porqué de las nuevas exigencias.

Para el Che significaba un doble esfuerzo, porque al enorme trabajo cotidiano se le sumaba su constancia y dedicación por tratar de resumir las experiencias vividas, que sirvieran de ejemplo a los posibles movimientos revolucionarios que, como el cubano, estuvieran dispuestos a iniciar la lucha de liberación nacional.

Esa, quizás, fue una de las facetas que más impacto y asombro provocaba, porque se sabía, hasta el momento, de sus dotes de estratega militar, pero nada acerca de su formación teórica, a pesar de la fama de comunista que se había ganado en algunos sectores.

En realidad, para muchos el discurso que pronunció en la Sociedad Cultural Nuestro Tiempo, a escasos días del triunfo de la Revolución, representó el primer punto de referencia para amigos y enemigos. En esa disertación perfiló con total claridad las proyecciones del Ejército Rebelde, en su condición de vanguardia y de futuros cuadros para la Revolución, además de intentar un análisis en el que trató de acercarse a un enfoque marxista, hasta donde la situación del momento lo permitía. Este fue el preámbulo de lo que más tarde conformaría su legado teórico.

Lo importante para todos era el trabajo enorme y variado que teníamos por delante. En enero se organizaron los Tribunales Revolucionarios y comenzaron los primeros juicios a los esbirros de la tiranía, a partir del trabajo ejecutado por una Comisión depuradora e investigadora, presidida por el capitán del Ejército Rebelde y abogado, el compañero Miguel Ángel Duque de Estrada.

Este ha sido siempre un tema controversial y tergiversado por nuestros enemigos, a pesar de que representó un acto legítimo de justicia revolucionaria, en el que no medió el ensañamiento ni la improvisación. Se actuó con las normas procesales propias de estos casos y recuerdo que el Che, aunque no asistió a ninguno de estos juicios, ni tampoco presenció los fusilamientos, sí participó en algunas apelaciones y se entrevistó con algunos familiares que iban a pedir clemencia, en correspondencia con nuestro actuar humanista y de respeto para con el enemigo, ante una decisión que, aunque justa, no dejaba de ser desagradable.

Oscar Fernández Mell, Adolfo Rodríguez de la Vega y Antonio Núñez Jiménez fueron los ayudantes del Che en La Cabaña. Se creó la Inteligencia Militar, a cargo de Arnaldo Rivero Alfonso, para actuar como una especie de control de la policía sobre los soldados rebeldes.

En cuanto a mí, el cúmulo de trabajo era enorme, porque sobre todo me tocaba atender las necesidades y problemas personales de los soldados, según lo ordenado por el Che, además de tratar de controlar la cantidad de personajes y periodistas que llegaban para intentar verlo.

Existen innumerables fotos de la época que registran la presencia de personalidades nacionales o extranjeras, como Herbert Matthews, Loló de la Torriente y de una corte de mujeres de diferentes estratos y profesiones que solicitaban audiencia para ser recibidas por el Che.

(…) Nos visitaban también combatientes de la lucha clandestina. Yo creo que algunos lo hacían con el objetivo de conocer de cerca al “comunista” que había liberado a Las Villas y otros para ver al que ya era un legendario combatiente, que al igual que Máximo Gómez, el Generalísimo de nuestras luchas libertarias contra la metrópoli española, nacido en República Dominicana, había arriesgado su vida por la conquista de la independencia tanto tiempo escamoteada. Máximo Gómez en su tiempo y el Che al triunfo revolucionario, fueron proclamados, según nuestra constitución, cubanos por nacimiento.

Mi oficina provisional en la residencia era mi propia habitación. Recuerdo que el perro de la casa no soportaba a los soldados. Nunca supe si solo era con los nuestros o si era un rechazo general. Los antiguos moradores no solo dejaron al perro, sino también películas de los niños y de la familia y alguna otra cosa que en la huida no se pudieron llevar. Cuando abandoné La Cabaña para trasladarme a Tarará, llevé conmigo al perrito, que permaneció a nuestro cuidado hasta su muerte.

Comencé también de “tesorera”, utilizando un dinero que se tenía en fondo desde la etapa del Escambray, y cuya documentación y registros aún conservo. Aunque parezca sorprendente, esa era la austeridad con que actuábamos: el Che ordenó distribuir diez pesos por cada soldado para sus vacaciones.

(…)

Dentro de la intensidad de sucesos, puedo reconstruir nítidamente la visita de extranjeros, entre ellos unos haitianos que conversaron largamente con el Che, en busca de apoyo cubano en sus intentos por derrocar el régimen dictatorial de Duvalier. A la luz del tiempo, puedo entender que en ocasión tan temprana como febrero de 1959, se dieran los primeros pasos para conocer y colaborar con los movimientos de liberación, así como con las fuerzas progresistas del mundo, de lo cual fui testigo privilegiado.

(…)

Los acontecimientos se precipitaron. Llegaron sus padres el 18 de enero y fuimos a recibirlos al aeropuerto. Enseguida el padre le preguntó quién era yo, y fue cuando el Che me presentó como la mujer con la que se iba a casar. Más tarde, nos trasladamos para el hotel donde se alojarían. Fue en realidad muy emocionante, porque el Che respiraba felicidad por todos sus poros desde el mismo momento en que los vio. Existen fotos y una pequeña filmación del encuentro en que aparece el Che con una expresión de alegría y sentimientos desbordados, después de tantos años de separación.

(…)

Así llegó febrero y con él mi cumpleaños, que no fue muy agradable. Ya el Che presentaba los síntomas de un enfisema pulmonar, secuela de los tiempos difíciles de la guerrilla y de lo agitado de los primeros días del triunfo revolucionario. (…)

Con posterioridad, en los primeros días de marzo, nos trasladamos para una casa en Tarará con el propósito de que el Che se recuperara, lejos de tanto trajín e infinitas tareas. Nos acompañaba su escolta, a la que consideraba mis hermanos y a la que muchas veces tuve que defender ante alguna que otra indisciplina, en una especie de complicidad colmada de afecto. (…)

La famosa casa de Tarará —que motivó una carta irrespetuosa y con toda maledicencia hacia el Che, publicada en la revista Carteles, y debidamente respondida por este—, era una casa diseñada con muy buen gusto, aunque lo más significativo era que había pertenecido a un inspector de aduana vinculado a la dictadura, que supuestamente solo devengaba un modesto sueldo. La pregunta era de dónde había salido el dinero para esos lujos en la playa; así vivían los usurpadores del dinero del pueblo.

Aunque no fueron nada más que dos meses y días los que vivimos en esa casa, recapitular ese tiempo me complace extraordinariamente porque, aunque no llegó a ser un hogar definitivo, ni tan siquiera de descanso propiamente “no nos bañamos ni un día en la playa”, nos sentimos más cerca uno del otro y pudimos tener mayor intimidad.

(…) era una casa confortable que permitía que el Che pudiera realizar los despachos desde su habitación. Al no poder viajar diariamente a La Cabaña, podía permanecer acostado todo el tiempo y a mí me permitía moverme con entera libertad. Se respiraba un aire diferente y más elegante y cómodo que allá, al estar la casa rodeada de grandes ventanales con cristales opacos y tener mucha ventilación, porque estaba situada en una pequeña colina.

En los bajos, entre otros detalles, tenía un despacho pequeño, apartado y situado en el extremo. En los altos, en la amplia habitación ocupada por el Che, había muebles de cuidadas líneas, un sofá pequeño a rayas y un vestidor grandísimo. Al lado había un gran cuarto de baño enchapado en mármol, unido a un closet vestidor. Después venía otra habitación, que era mi cuarto, porque como no estábamos casados oficialmente, debido a mis rezagos y tabúes, aparentábamos dormir separados. Al final del pasillo, y a todo lo largo, había un gran cuarto donde se quedaba la escolta, y un pequeño pantry.

Al bajar nos encontrábamos con el salón, lugar histórico, del que se conservan fotos, porque en él se discutió, se preparó y se redactaron las innumerables versiones de la primera Ley de Reforma Agraria; después, el comedor recubierto con madera y una cocina moderna que daba al garaje, donde recuerdo había una pequeña bodega, para complacer el gusto de los antiguos moradores.

(…) Allí también el Che tenía implantado un régimen de disciplina, con maestro y todo, para que los soldados de la escolta continuaran sus estudios.

Claro que todo no siempre transcurría con total comprensión. En uno de esos días se recibió una visita de compañeros nicaragüenses y para mi sorpresa el Che me mandó a salir de la reunión, cosa que no entendí porque lo habitual era que yo estuviera presente, como había sucedido con dominicanos, panameños y haitianos. Cuando salí, comencé a llorar y a poner en duda la confianza que me tenía el Che.

Después me explicó que iba a ser una reunión muy compleja, donde tenía que decir cosas muy desagradables que no quería que yo presenciara, porque ellos se iban a sentir muy abrumados. Estaba realmente apenado, pero de paso me sirvió para entender el alcance futuro de esas actividades.

Si algo me reprocho en la actualidad es no haber tenido mayor perspicacia para vislumbrar ese futuro y no haberme preocupado por dejar constancia de esos hechos, al menos aunque solo fueran breves apuntes. Claro está que ninguno de nosotros medía la magnitud y el significado real de lo que estaba ocurriendo y la trascendencia de esos contactos en la preparación de los grupos que encabezarían los movimientos de liberación en nuestro continente. Como no recibí tampoco la orden de tomar notas de esos encuentros y reuniones, a pesar de que siempre estuve presente, tengo que lamentarlo más que nunca ahora que quiero contarlos y soy consciente de las limitaciones de la memoria debido a los años transcurridos.

Mientras tanto, en Tarará cobraba forma una de las leyes más esperadas por el pueblo cubano: la Ley de Reforma Agraria. Muchas razones explican que el Che fungiera como una especie de coordinador del proyecto porque, desde la Sierra Maestra, Fidel le había encomendado a Sorí Marín y a él ese trabajo, además de que al llegar al Escambray la aplicó en los territorios bajo su mando.

Esas reuniones se hicieron cotidianas durante muchas noches, Fidel asistía en la medida que el tiempo se lo permitía, sobre todo porque en esa época vivía en Cojímar. Asimismo iban Raúl y Vilma, Núñez Jiménez, Oscar Pino-Santos, Alfredo Guevara, entre otros, para darle forma final al documento que se presentaría en mayo de ese año.

También frecuentaba la casa Carlos Rafael Rodríguez, lo recuerdo muy bien; se pasaba prácticamente la noche discutiendo con el Che y le tomaba a veces hasta la mañana. Estaba presenciando el preámbulo de lo que con posterioridad devino una de las polémicas teóricas más significativas realizadas en el mundo socialista y en la cual ambos fueron protagonistas de primer orden aunque, por supuesto, faltaba mucho por definir y hacer.

 

(Fragmentos del libro “Evocación” de Aleida March, Editorial Casa de las Américas, 2007)

 

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