ABEL PRIETO. A 125 años de la caída en combate de José Martí

A 125 años de la caída en combate de José Martí

Presidencia Cuba

 

Martí y Gómez arribaron la noche tormentosa del 11 de abril de 1895 a Playita de Cajobabo, en un bote que estuvo a punto de naufragar. “Salto. Dicha grande”, así describe Martí en su diario el momento tan esperado. Desde que desembarcó ante aquel imponente farallón hasta su muerte en Dos Ríos transcurrieron apenas treinta y ocho días. No había sido nunca tan feliz.

Bautiza en su diario el 14 de abril como “día mambí”. Cuando se reúnen con la guerrilla del comandante Félix Ruenes, los dos líderes recién llegados se dirigen a la pequeña tropa. “Desfile, alegría, cocina, grupos”, escribe el Apóstol. Antes de dormir le traen miel: “Rica miel, en panal.” Y resume la jornada: “¡qué luz, qué aire, qué lleno el pecho, qué ligero el cuerpo angustiado!”  Al día siguiente, el 15, apunta:

“Gómez, al pie del monte, en la vereda sombreada de plátanos, con la cañada abajo, me dice, bello y enternecido, que, aparte de reconocer en mí al Delegado, el Ejército Libertador, por él su jefe electo en consejo de jefes, me nombra Mayor General. Lo abrazo. Me abrazan todos.”

El 16 de abril, en carta a Carmen Miyares, confiesa:

“Es muy grande, Carmita, mi felicidad, sin ilusión alguna de mis sentidos ni pensamiento excesivo en mí propio, ni alegría egoísta y pueril, puedo decirte que llegué al fin a mi plena naturaleza… (…) Solo la luz es comparable a mi felicidad.”

El 18 de abril “la noche bella no deja dormir”:

“…entre los ruidos estridentes, oigo la música de la selva, compuesta y suave, como de finísimos violines; la música ondea, se enlaza y desata, abre el ala y se posa, titila y se eleva, siempre sutil y mínima: es la miríada del son fluido: ¿qué alas rozan las hojas? ¿qué danza de almas de hojas?”

Martí y Gómez se topan el 25 de abril en la región de Guantánamo con el General José Maceo y su tropa, que acaban de enfrentarse con éxito al enemigo y lo han forzado a retirarse. El General José les entrega caballos, algo de lo que han carecido desde su desembarco, y a Martí en especial “le obsequia el corcel bayo claro, casi blanco, que utiliza el resto de sus días mambises”. Al día siguiente cuenta en otra carta su reunión con el mítico guerrero y sus curtidos oficiales y soldados:

“Éramos treinta cuando abrazamos a José Maceo. Dejamos atrás orden y cariño. No sentíamos ni en el humor ni en el cuerpo la angustiosa fatiga, los pedregales a la cintura, los ríos a los muslos, el día sin comer, la noche en el capote por el hielo de la lluvia, los pies rotos. Nos sonreíamos y crecía la hermandad. (…) Los hombres de la guerra vieja se asombran del atrevimiento franco de la gente y su ayuda en esta… envío del cielo libre un saludo de orgullo por nuestra patria, tan bella en sus hombres como en su naturaleza…”

Dos días después, el 28, revela cómo le resulta turbador que la gente lo llame “Presidente”:

“Mi alma es sencilla. En vez de aceptar (…) este título con que desde mi aparición en estos campos me saludaron, (…) ya en público lo rechacé, y lo rechazaré oficialmente, porque ni en mí, ni en persona alguna, se ajustaría a las conveniencias y condiciones recién nacidas de la Revolución.”

Y seguidamente expone “que me han salido habilidades nuevas”, atendiendo a enfermos y heridos, como médico o enfermero improvisado:

“…ya me he ganado mi poco de reputación, sin más que saber cómo está hecho el cuerpo humano y haber traído conmigo el yodo. Y el cariño que es otro milagro…”

Y se refiere con humor a su indumentaria: “¿Y mi traje? Pues pantalón y chamarreta azul, sombrero negro y alpargatas.”

El 5 de mayo se produce la reunión de Antonio Maceo, Gómez y Martí en el demolido ingenio La Mejorana. Según Ibrahím Hidalgo Paz,

“Puede conjeturarse —no existen documentos probatorios— que en la entrevista se trataron tres temas fundamentales: el momento oportuno de realizar la invasión a Occidente; la distribución de los mandos del Ejército; y, por último, las características del gobierno que debía formarse y el modo de elegir a los delegados a la asamblea que se efectuaría para constituirlo…”

Aunque llegan en principio a un acuerdo, Gómez y Martí se despiden del Titán de Bronce con el sabor amargo de una discusión muy difícil.

Sin embargo, el 6 de mayo,

“Se encuentran con una avanzada de las fuerzas de Maceo, que los invita a entrar en el campamento, donde son recibidos con gran entusiasmo por la tropa. El General Antonio se disculpa, y sostienen una cordial entrevista.”

El 9 de mayo, desde Altagracia, Holguín, Martí escribe a Carmen Miyares y a sus hijos:

“Vamos a Masó, venimos de Maceo. ¡Qué entusiasta revista la de los 3.000 hombres de pie y a caballo que tenía a las puertas de Santiago de Cuba! (…) ¡Qué lleno de triunfos y esperanzas Antonio Maceo! (…) Les hubiera enternecido el arrebato del Campamento de Maceo y el rostro resplandeciente que me regalan de cuerpo en cuerpo los hijos de Santiago de Cuba.”

Martí, Maceo y Gómez supieron colocar a Cuba y a sus ideales por encima de cualquier discrepancia. Otro ejemplo de cómo el principio de la unidad — garantía de la victoria— ha sido una constante en nuestro proceso histórico. Cada ocasión en que no cuajó esa unidad imprescindible fue aprovechada por nuestros enemigos.

El 12 de mayo Martí dirige una carta al “General y amigo” Antonio Maceo: “Vea eso en mí, y no más: un peleador: de mí, todo lo que ayude a fortalecer y ganar la pelea.”

Un estado luminoso de encantamiento acompaña al Apóstol durante el reconocimiento palmo a palmo del campo cubano; de animales, plantas, ríos, bosques, montañas; de sus silencios y rumores; de mambises y agricultores; de veteranos y “pinos nuevos”; de hombres, mujeres y niños. Se explica, en primerísimo lugar, por el gozo y la satisfacción de verificar directamente el resultado de sus empeños para retomar la guerra interrumpida. Quienes lo tildaban de loco, de iluso, de romántico, no tenían razón: Cuba se alzaba de nuevo por su independencia. Era la felicidad de haber llegado al fin a su “plena naturaleza”, de encontrarse en la primera línea de combate, de codearse con sus compañeros de armas, de vivir con ellos, como ellos, de someterse sin una queja a esfuerzos físicos a los que no estaba acostumbrado (su energía sorprende más de una vez a Gómez). Y también proviene, sin duda, del abrazo estrecho y cálido a su amada Cuba después de tantos años de exilio.

Solo empañarían por momentos su bienestar las referencias (incompletas, como sabemos) a las fricciones de la Mejorana, el dolor de que pudieran confundirse sus posiciones con esquemas leguleyos  irracionales que dificultaran el despliegue del Ejército,  las angustias en torno al futuro de una Cuba que debía evitar a toda costa las distorsiones de otras naciones latinoamericanas, el alcance de sus responsabilidades personales en el diseño y construcción de las bases de la República y el repudio visceral a que pudieran confundirse sus intenciones con algún tipo de ambición. “Sé desaparecer”, había dicho, y estaba dispuesto a demostrarlo.

“Campamento de Dos Ríos, 18 de mayo de 1895” —así encabeza Martí la carta a su amigo mexicano Manuel Mercado que quedaría inconclusa:

“…ya estoy todos los días en peligro de dar mi vida por mi país y por mi deber —puesto que lo entiendo y tengo ánimos con que realizarlo— de impedir a tiempo con la independencia de Cuba que se extiendan por las Antillas los Estados Unidos y caigan, con esa fuerza más, sobre nuestras tierras de América. Cuanto hice hasta hoy, y haré, es para eso. En silencio ha tenido que ser y como indirectamente, porque hay cosas que para lograrlas han de andar a ocultas, y de proclamarse en lo que son, levantarían dificultades demasiado recias para alcanzar sobre ellas el fin.”

Al día siguiente, 19 de mayo, hace hoy 125 años, murió en Dos Ríos. Incumplió la orden de Máximo Gómez, quien, para preservarlo, le indicó quedarse a la zaga, y avanzó a caballo junto a su ayudante Ángel de la Guardia hacia el alto yerbazal donde los acechaba, emboscada, una escuadra española. Recibió tres disparos y cayó “de cara al sol” sobre la tierra cubana, como había augurado en sus versos.

La Revolución perdía así a la figura que había logrado tejer con destreza genial la unión, por una parte, de los independentistas de la emigración y de la Isla y, por otra, de oficiales y soldados de la Guerra del 68 y de las nuevas generaciones de combatientes; al continuador de los ideales de Bolívar; al lúcido y penetrante antimperialista que alertó sobre los peligros de la 1era Conferencia de Naciones Americanas convocada por Washington para “ensayar en pueblos libres su sistema de colonización” (concilio que dio origen a “la política del panamericanismo y a la Organización de Estados Americanos”); a aquel que refutó tajantemente toda forma de colonialismo y neocolonialismo. A un paradigma ético y liberador de dimensiones excepcionales.

Pero siguió nutriendo a sucesivas oleadas de revolucionarios cubanos. Mella, Villena, Guiteras, todos aquellos que lucharon en la República mutilada contra el dominio de los yanquis y de la oligarquía anexionista y por la justicia, la verdadera democracia y la soberanía, se inspiraron en Martí y estudiaron apasionadamente sus textos. Para la Generación del Centenario, encabezada por Fidel, Raúl y otros jóvenes dispuestos a dar la vida para librar a Cuba de la ignominia, Martí fue el autor intelectual del asalto al Moncada.

Las ideas martianas, junto a las de Marx, Engels y Lenin, fecundaron permanentemente la obra de la Revolución. En sus transformaciones culturales y educacionales como vías de emancipación estuvo presente todo el tiempo Martí. En el “culto a la dignidad plena del hombre”, en el categórico compromiso con la suerte de los humildes, de “los pobres de la tierra”, en un internacionalismo que asume orgánicamente que “Patria es humanidad”, aparece la huella quemante de Martí. Además, como subrayara Roberto Fernández Retamar:

“…con la creación del Partido Revolucionario Cubano, anunciaba las vanguardias políticas que guiarían las guerras revolucionarias de este siglo. El propio Fidel (…) diría que en el partido que fundara y dirigiera Martí podemos ver el precedente más honroso y más legítimo del glorioso Partido que hoy dirige nuestra Revolución: el Partido Comunista de Cuba.”

Avances trascendentes para la integración de Latinoamérica y el Caribe como la creación del ALBA-TCP y luego de la CELAC (que hay ver en toda su significación a pesar de retrocesos coyunturales, golpes bajos y trampas del Imperio y de sus aliados locales), tuvieron obviamente una piedra angular en Bolívar y Martí.

A nuestros enemigos les resulta insufrible que el Apóstol siga siendo nuestro contemporáneo. La firmeza de ese símbolo radiante, insobornable, tiene que lastimarlos día a día, con cada derrota. De ahí que los laboratorios yanquis para la subversión financiaran una maniobra para ultrajar varios bustos de Martí. La repulsa popular fue unánime.

Hace apenas diecinueve días, en la madrugada del 30 de abril, la embajada de Cuba en Washington sufrió un atentado terrorista. La estatua de Martí situada a la entrada de la Misión, obra de José Villa, fue alcanzada por los disparos.

Nuestro canciller Bruno Rodríguez Parrilla presentó pruebas de los vínculos que mantenía el agresor con individuos y grupos violentos de origen cubano, con políticos estadounidenses asociados al discurso más duro de instigación al odio y a las campañas difamatorias contra Cuba y “con los autores de actos de profanación contra los bustos o esculturas de José Martí que se produjeron para ofensa de nuestra nación hace algunos meses”.

Es muestra, como diría Martí, “del odio del que envidia una superioridad de espíritu y una largueza de corazón que no posee”.

En su denuncia, el canciller cubano recordó “la participación de funcionarios del Gobierno de los EE.UU. en las acciones violentas que se produjeron contra los colaboradores de la salud cubanos en Bolivia durante el reciente golpe de Estado”. No por azar las turbas fascistas, en Santa Cruz de la Sierra, por los días del golpe, desfiguraron con pintura negra un mural cerámico con la imagen de Martí realizada por el valioso artista plástico boliviano Lorgio Vaca.

Es como si el Imperio y sus servidores, desde su bajeza ilimitada, quisieran matar nuevamente al Apóstol, a 125 años de la tragedia de Dos Ríos.

Aquel joven Imperio que Martí conoció mejor que ninguno de sus contemporáneos, “la Roma americana”, como le llamaba, adquirió después de vencer a España en 1898 un poderío cada vez más extenso y voraz. Luego, con el derrumbe del socialismo en Europa y la desintegración de la URSS, se convirtió en una superpotencia dispuesta a fundar un IV Reich.

El cáncer del sistema estadounidense que roía sus bases mismas y su aparente “democracia”, como había advertido Martí a finales del siglo XIX, hizo metástasis en los siglos XX y XXI. No puede construirse nada legítimo y justo sobre la base de las desigualdades más extremas, colocando el afán de lucro por encima de las necesidades y derechos de hombres y mujeres y del respeto indispensable que debe guiar los vínculos del ser humano con el medio ambiente. Tampoco es posible manejar una epidemia con esa filosofía injusta y genocida.

El Apóstol nos advirtió qué eran en verdad las campañas electorales en EE.UU. y qué papel desempeñaban los medios al servicio de políticos y corporaciones. Denunció cómo la prensa sensacionalista preparaba el terreno para promover la cólera burguesa contra los anarquistas de Chicago en medio del amañado proceso judicial que se les hizo. Supo que no actuaba en ese caso la Justicia; sino la represión brutal, vengativa, que aspiraba a aterrorizar a los explotados para que bajaran definitivamente la cerviz.

La vigencia de aquel que cayó en Dos Ríos hace 125 años es enorme. Está hoy en la resistencia cotidiana de nuestro pueblo; en la batalla contra la mentira, el bloqueo, la pandemia; en la medicina y la ciencia cubanas y sus lecciones de solidaridad dentro y fuera de la Isla.

Fidel resalta esa vigencia innegable en sus diálogos con Ramonet: “Martí hace artículos formidables que se podrían reeditar ahora para combatir el plan yanqui de anexión”, le dice.

Desprestigiado, torpe, dando palos de ciego, el Imperio yanqui ha ido perdiendo su hegemonía en medio de una reconfiguración de la geopolítica mundial. Aparte de su arsenal nuclear, le queda un arma que sigue siendo poderosísima: la maquinaria de dominación informativa y cultural, expresión de aquel colonialismo al que se opuso Martí infatigablemente en momentos esenciales de su obra, desde La Edad de Oro hasta “Nuestra América”, las “Escenas norteamericanas”, prácticamente todo su periodismo deslumbrante.

Necesitamos de él, de su instinto anticolonial siempre alerta, de su palabra, de su sentido ético. Por fortuna, nos sigue acompañando en medio de la batalla de Cuba contra todos los virus, contra el odio, contra voceros imperiales y neoanexionistas, contra el neofascismo.

 

(Presidencia Cuba)

 

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