En febrero la inflación de la eurozona estaba en el 1,9%. En septiembre, en el 3,8%: el doble en siete meses y el nivel más alto desde 2023. En España se pasó del 2,3% al 4,9%, con una subyacente del 3,1%. Más de un punto por encima del conjunto del euro, en una unión monetaria donde los precios subían un 2,4% en Malta y un 6,1% en Lituania. Una sola política monetaria para realidades que no se parecen.
Los salarios, mientras tanto, van por otro carril. Los convenios suben un 3,05% hasta septiembre mientras que los precios suben al 4,9%, perdiendo así un 1,85% de poder adquisitivo. La vivienda, un 12,2% en el segundo trimestre.
El aumento de precios coyuntural viene, tal y como ya sabemos, de que Estados Unidos e Israel lanzaran el 28 de febrero un ataque conjunto contra Irán. Desde entonces Teherán restringió el tránsito por el estrecho de Ormuz por el que pasa una parte enorme del petróleo y el gas del mundo. La energía se encareció cerca de un 19% interanual, detrás llegaron los fertilizantes y los alimentos, y después todo lo demás.
Es una inflación de costes. No es debido a subidas salariales ni a un crecimiento económico desbocado. Lo prueba el que haya una pérdida de poder adquisitivo, y que Alemania, Francia e Italia crezcan un 0,2%, un 0% y un −0,1% en el tercer trimestre. Nadie en esas economías está gastando de más.
Frente a esto, El BCE sigue perdido, haciendo lo único que sabe hacer: subir o bajar los tipos de interés. En este caso, subió tipos 25 puntos básicos en junio y otros 25 el 10 de septiembre, hasta el 2,50%. Sus proyecciones de ven la inflación en el 3,0% este año, el 2,5% en 2027 y el 2,1% en 2028. Es decir: por encima de su objetivo del 2%.
Su influencia es tan limitada porque su forma de entender la inflación encaja mal con un shock como este. Hay numerosas teorías y enfoques, pero ninguna de las que manejan los bancos centrales explica de manera convincente la realidad de los precios. Tanto el BCE como la Reserva Federal parten de que la inflación nace de un exceso de dinero y de demanda: si la oferta monetaria crece más rápido que la producción, los precios suben, suponiendo constante la velocidad de circulación. Sin embargo, numerosos estudios muestran la baja correlación entre el crecimiento de la oferta monetaria y la inflación en los últimos años. De ahí sus errores de lectura. En 2021, por ejemplo, calificó de transitoria una inflación que no lo fue, reaccionó tarde y luego subió los tipos a marchas forzadas.
Y es que una economía no es una cañería por la que circula dinero. Es un conjunto de empresas que producen, trabajadores que cobran y capitales que esperan rentabilidad. Cuando se encarece la energía, el coste tiene que repartirse. Las empresas con poder de mercado lo trasladan a los precios. Las que no lo tienen, lo absorben o despiden. Y quien tiene la suerte de cobrar una nómina lo paga por la vía más silenciosa: su salario compra menos cada mes, sin que nadie lo haya recortado.
Esa es, precisamente, la distribución que el BCE no puede tocar. Los tipos de interés no extraen un barril de petróleo, no abaratan el gas, no construyen una sola vivienda ni suben un euro el salario de nadie. Lo único que hacen es encarecer el crédito. Y encarecer el crédito en una Europa que ya apenas crece, con Alemania, Francia e Italia rozando el cero, es enfriar un cuerpo que ya está frío: la hipoteca se encarece, la inversión se frena, el consumo se contiene. Los precios pueden acabar cediendo, pero a costa de empleo, inversión y actividad. Eso es lo único que sabe hacer el banco central, y es lo único que puede.
Ni siquiera reparte bien el golpe. Quien tiene ahorros cobra más. Quien tiene una hipoteca variable paga más. Quien alquila ve cómo el casero traslada el coste al alquiler. Un mismo tipo golpea de formas muy distintas según de qué lado del patrimonio uno esté.
Así, el BCE puede enfriar la economía europea y, con suerte, bajar la inflación un par de puntos. No puede cambiar quién paga la energía cara, ni cerrar la brecha entre salarios y precios, ni arreglar el acceso a la vivienda. Y seguirá intentándolo, subiendo, subiendo y subiendo, porque es lo único que sabe hacer. Mientras esperamos que los tipos nos salven, conviene recordar que las desigualdades no se producen en el mercado monetario. Se producen donde se produce, se cobra y se vive.
