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M. CARACOL. O “soberanismo” interclasista, o lucha de clases al interior

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M. CARACOL. O “soberanismo” interclasista, o lucha de clases al interior

Los inmigrantes de Ceuta o los especuladores que desahuciaron a Maricarmen. ¿Dónde está el enemigo? Desde la perspectiva de clase, que ahora tantos pretenden abandonar, que Marruecos pudiera instrumentalizar la crisis fronteriza no convierte al proletariado inmigrante en enemigo de los trabajadores españoles. El ruido seudopolítico de las redes sociales, el mismo que convierte al desahuciado en culpable, lleva meses intentando convencernos de lo contrario.

El estallido popular por la vivienda está teniendo la virtud de deslindar campos. Como dijo Bertolt Brecht, “cuando hayan hablado los dominadores, hablarán los dominados”. Tras una oleada casposa de patriotismo interclasista y desviacionista, que busca al enemigo fuera y promueve la unidad nacional entre clases antagónicas, ahora resurge la lucha de clases al interior, y no precisamente contra el inmigrante pobre, que sufre junto al resto de la población los desmanes del rentismo, en muchas ocasiones a manos de bancos y fondos buitres también foráneos. Por más que pataleen algunos, esta lucha -que habla de alquileres, propiedad, desahucios y huelga general- no puede despacharse como woke. Y la extrema derecha se ha retratado: Núcleo Nacional amenazó con asaltar la acampada de Sol, en defensa, de facto, de los fondos buitres.

Lo que está pasando parte de un aprendizaje histórico y no es simplemente una repetición del 15-M. Desde la movilización se habla de avanzar hacia una huelga general. No intenta ser “la lucha de todos” sino una lucha de clases. Y es absurdo despreciar una protesta porque no derribe inmediatamente el capitalismo, como Villarroya, que insiste en que “el sistema no se derrumba con acampadas”. Evidentemente. Tampoco la huelga de Airbus derriba al capitalismo, pero hay que apoyarla. Reforma y reformismo -como nos recordaron Lenin y Rosa- no son sinónimos. Reformismo es limitar el horizonte político a reformas dentro del sistema; sin embargo, conquistar una mejora mediante la lucha de masas refuerza la confianza del pueblo en sus propias fuerzas para seguir luchando. Tampoco es seria la posición adoptada por Ángeles Maestro sobre la acampada como “agentes de Soros” y “camuflaje político”. Sustituir el análisis concreto y de clase por una explicación conspirativa no es maduro.

Igualmente desacertado, a nivel político, resulta el análisis adoptado por sectores de la propia movilización, e incluso por trileros como Pablo Iglesias, cuando hablan de la “clase inquilina” contra la “clase rentista”. No existe una “clase inquilina”, sino una clase obrera compuesta por inquilinos, hipotecados y propietarios, que sufre por la especulación con la vivienda, como por muchos otros problemas sociales motivados por el capitalismo. Por otro lado, tampoco debe hablarse de una confusa “clase rentista” que equipare al banquero o al fondo de inversión -propietarios de centenares de miles de pisos- con algún trabajador que alquile una segunda vivienda (por más que sean necesarias limitaciones al precio del alquiler que, obviamente, también deben afectar a este segundo). No debemos nunca dividir a nuestro pueblo, ni tampoco unificar a un enemigo compacto e insuperable.

Los dos decretos que intentaron ser aprobados el viernes no habrían frenado el desahucio de Maricarmen, así como muchos otros que suceden a diario. Llaman “escudos sociales” a una protección circunscrita a determinados supuestos muy concretos, para salvarse la cara y engañarnos. La movilización obligó al Gobierno promoverlos, a sabiendas de que serían rechazados en el Congreso. Ahora el PSOE pretende presentarse como el salvador de la clase obrera. Pero Sánchez gobierna desde junio de 2018. Si pretende comparecer en elecciones anticipadas esgrimiendo que quería resolver la especulación inmobiliaria pero “no le dejaron”, ¿por qué no hizo nada hasta ahora?

No debemos dejarnos engañar. Pero es importante que entendamos que estamos viviendo un cambio de tendencia positivo y esperanzador. Tras un monólogo reaccionario y patriótico sobre Ceuta durante meses, nuestro pueblo ansiaba dejar de buscar al enemigo fuera y volver a afrontar el conflicto dentro. Y ahora ha estallado. Hay que abandonar la unidad nacional entre explotadores y explotados y reconstruir la unidad de clase entre trabajadores, hayan nacido donde hayan nacido. Y no hay que caer en los trucos de Sánchez, porque protestar contra el Gobierno también es combatir a la extrema derecha, que se fortalece por culpa de un PSOE que deja crecer y crecer el malestar social. No hay que equivocarse al posicionarse: ni el inmigrante ni el vecino desahuciado son el enemigo. O “soberanismo” interclasista y desviacionista, o lucha de clases al interior contra la tiranía del capital.

 

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