M. Medina analiza los límites del proceso bolivariano, el giro de la política petrolera hacia Estados Unidos y el silencio de una parte de la izquierda ante una derrota que, asegura, necesita ser analizada y explicada. El autor de «Venezuela: anatomía de una derrota», un folleto que los lectores podrán descargar desde esta misma página, sostiene que nacionalizaciones, gasto social y enfrentamiento con Washington no bastan para transformar una sociedad capitalista y advierte sobre las consecuencias de confundir una experiencia política con una transición al socialismo.
Canarias-semanalentrevista en esta ocasión a Manuel Medina, profesor de Historia, divulgador y colaborador habitual de esta misma revista digital.
Autor de varios libros, entre ellos«El Gran Reajuste«, Medina presenta«Venezuela: anatomía de una derrota«, un cuaderno dedicado a ese mismo tema que el lector puedes decargar pinchando en la imagen adjunta.
Su tesis es clara:Venezuela nunca llegó a ser socialista, sino que desarrolló una experiencia nacional-popular que redistribuyó parte de la renta petrolera, amplió derechos, movilizó a millones de personas y desafió durante años a Estados Unidos, pero sin llegar a romper por ello las relaciones capitalistas de producción. Su actual y absoluta subordinación petrolera a Washington no representaría, por tanto, un fracaso del socialismo, aunque sí la quiebra de una esperanza que desbordó las fronteras venezolanas.
En esta entrevista, Canarias-semanal somete esas conclusiones a preguntas difíciles: el peso de la agresión estadounidense, las responsabilidades internas, los límites del chavismo, el silencio de parte de la izquierda y el peligro de sustituir una ilusión perdida por nuevas idealizaciones de Rusia o China.
Medina responde con una advertencia central: una derrota explicada puede convertirse en conocimiento; una derrota negada conduce al cinismo político y a la desmovilización.
ALGUNOS TITULARES DE LA ENTREVISTA
«El problema fue convertir aquella potencia simbólica en una caracterización social que los hechos no justificaban»
«Una ilusión no deja de tener efectos porque sea una ilusión»
«Si se comprende que fracasó una experiencia capitalista presentada como socialista, la conclusión puede ser completamente distinta»
«Una derrota material puede ser reversible. La convicción de que luchar es inútil es mucho más difícil de combatir»
«Si sectores de la izquierda estuvieron sosteniendo durante veinte años que Venezuela avanzaba hacia el socialismo, tienen que explicar ahora qué fue lo que ocurrió»
LA ENTREVISTA
— Afirmas, desde el mismo principio de tu folleto, que «en Venezuela nunca hubo socialismo». Entonces, si fue realmente como tú dices, ¿qué fue lo que hubo exactamente, y por qué tanta gente de izquierda creyó ver que allí se estaba produciendo un proceso de transición hacia el socialismo?
—Hubo un proceso político de carácter nacional-popular, con una fuerte redistribución de la renta petrolera, importantes políticas sociales,movilización de sectores populares, nacionalizaciones parciales y un enfrentamiento real con Estados Unidos. Todo eso existió y sería absurdo negarlo o restarle su valor. Pero una cosa es aplicar políticas redistributivas dentro de una economía capitalista y otra transformar las relaciones sociales sobre las que descansa este sistema económico. En Venezuela siguieron existiendo trabajo asalariado, propiedad privada de los medios de producción y acumulación privada de capital. En definitiva, una estructura de clases capitalista. El Estado tuvo un peso enorme, pero un Estado fuerte no es sinónimo de socialismo.
¿Por qué se confundieron ambas cosas? Porque después de las derrotas del final del siglo XX existía una necesidad enorme de referencias. Chávez hablaba de socialismo, enfrentaba a Washington, se vinculaba con Cuba, impulsaba el ALBA y parecía romper con el consenso neoliberal. Para millones de personas eso tuvo una potencia simbólica enorme. El problema fue convertir aquella potencia simbólica en una caracterización social que los hechos no justificaban.
—Si Venezuela nunca fue socialista, ¿por qué hablas de una derrota de tanta importancia? ¿Qué es exactamente lo que allí ha sido derrotado?
—Esa es, precisamente, una de las claves del cuaderno. No ha sido derrotado el socialismo venezolano, porque nunca existió. Pero sí ha sido derrotada una experiencia política concreta, políticamente valiosa y, sobre todo, la representación que se construyó alrededor de ella.
Durante años, Venezuela funcionó para una parte de la izquierda como demostración de que después de 1991 todavía podía abrirse una vía de resistencia frente al capitalismo y frente a Estados Unidos. Esa representación tuvo efectos políticos reales, aunque estuviera basada en una caracterización equivocada. Por eso su derrumbe puede producir también consecuencias reales.
Una ilusión no deja de tener efectos porque sea una ilusión. Puede movilizar, generar confianza, inducir sacrificios y crear expectativas. Y cuando se derrumba, puede también producir el fenómeno contrario. Por eso importa tanto saber qué se perdió. Si se interpreta que ha fracasado el socialismo, la conclusión será una. Si se comprende que fracasó una experiencia capitalista presentada como socialista, la conclusión puede ser completamente distinta.
—Pero tú mismo acabas de reconocer que hubo nacionalizaciones, políticas sociales, redistribución de la renta y una fuerte movilización popular. ¿Dónde sitúas la frontera entre una política progresista y una transición socialista?
—En las relaciones de producción y en el poder social. Ese es el criterio que permite salir del terreno de las etiquetas para realizar una caracterización basada en la realidad de una determinada sociedad.
Un Gobierno puede nacionalizar algunas empresas y continuar, no obstante, administrando relaciones capitalistas. Puede aumentar el gasto social sin que la economía deje de depender del trabajo asalariado y de la acumulación privada.
Puede incluso mantener un enfrentamiento muy duro con Estados Unidos, tener posicionamientos antiimperialistas, y seguir siendo capitalista.
La preguntas decisivas que hay que responder son: ¿quién controla los medios fundamentales de producción?, ¿qué clase dirige efectivamente la economía?, ¿se reduce o se reproduce la separación entre quienes poseen y quienes venden su fuerza de trabajo?, ¿avanza la sociedad hacia el control colectivo de la producción o continúa dependiendo de la acumulación de capital?
En Venezuela no se produjo una ruptura de esa naturaleza. Hubo transformaciones ciertamente importantes pero dentro de límites claramente capitalistas. Además, incluso dentro del marco de la simple repartición de la riqueza la última década se caracterizó por un retroceso cuantificado por el propio Banco Central de Venezuela. Según los datos de esta institución, hacia el año 2015 la repartición del PIB en el país era aproximadamente igual entre el empresariado y la clase trabajadora. En el año 2025,dos terceras partes iban ya a manos de los empresarios y solo una tercera parte a los asalariados. Estos datosno son baladíes. No solo definen la naturaleza del sistema económico que rige la vida de un país, sino que impiden sostener que el proceso estuviera «profundizándose» en un sentido «socialista», tal y como muchas veces se afirmaba sin ningún fundamento real. Según los datos oficiales del propio Banco Central, en realidad venía sucediendo lo contrario.
En cualquier caso, confundir reforma social, nacionalismo económico y socialismo nos impide entender tanto los avances, como los retrocesos como el desenlace final que ha tenido esta experiencia política.
—¿No corre tu análisis el riesgo de subestimar la intervención de Estados Unidos? Venezuela estuvo sometida durante años a sanciones, presiones, intentos de aislamiento y operaciones militares y políticas violentamente hostiles.
—Negar eso sería falsear la historia. Estados Unidos actuó durante años contra el proceso venezolano y tuvo una responsabilidad enorme en el deterioro de sus condiciones económicas y políticas. Pero precisamente porque queremos analizar científicamente lo ocurrido, no podemos convertir esa presión exterior en una explicación universal.
Una intervención exterior puede debilitar un proceso, pero no explica por sí sola qué fuerzas sociales existen dentro de ese proceso, quién controla el Estado, cómo se forma una nueva burguesía, qué intereses económicos crecen alrededor de la renta petrolera o por qué determinadas instituciones terminan aceptando una relación con Washington que contradice lo que proclamaron durante años.
Explicarlo todo mediante el imperialismo puede terminar siendo una forma de no explicar nada de lo que ocurrió dentro de Venezuela. La presión estadounidense es una parte importante del problema. Las contradicciones internas son otra. Para comprender el desenlace hay que estudiar ambas y sus interrelaciones.
—Entonces llegamos a una cuestión especialmente incómoda. ¿Estamos ante una traición de los actuales dirigentes o ante la consecuencia de contradicciones que estaban presentes desde mucho antes?
—No creo que la categoría de traición sea suficiente para explicar lo sucedido. Puede describir correctamente la relación entre lo que determinadas personas prometieron y lo que finalmente han hecho. En ese sentido, puede hablarse claramente de traición respecto al discurso y respecto a las expectativas que generaron.
Pero una explicación política no puede detenerse en una categoría moral. Cuando observamos lo que está sucediendo, podemos ver que no son solamente tres individuos los que han cambiado radicalmente el rumbo del proceso. Este cambio también lo están suscribiendo instituciones del Estado tan importantes como la Asamblea Nacional – que ha votado por unanimidad a favor del acuerdo petrolero con Estados Unidos y otras medidas adoptadas en la misma línea— o el Partido Socialista Unificado de Venezuela. Entonces queda claro que tenemos que preguntarnos por las condiciones materiales que hicieron posible ese cambio.
Si todo dependiera de que aparecieron de repente unas pocas personas desleales, tendríamos una explicación extraordinariamente cómoda. Pero el problema es más profundo y tiene que ver con las capas sociales y las clases sociales que se desarrollaron durante el transcurso del proceso político bolivariano, los intereses que se consolidaron alrededor del Estado y del petróleo o los límites estructurales que nunca fueron superados.
Quizá haya traición. Y todo parece indicarlo. Pero incluso la traición necesita una estructura social que la haga posible y esta no se crear de la noche a la mañana. Se va configurando a lo largo de los años.
—El acuerdo petrolero con Estados Unidos ocupa una parte central del cuaderno. ¿Por qué consideras que no estamos ante un simple acuerdo comercial?
—Porque la propia Administración estadounidense no lo presenta de esa forma. Washington ha explicado que gracias a este acuerdoobtiene acceso privilegiado a una parte muy importante de las reservas venezolanas,derechos económicos sobre la producción y mecanismos de intervención en la estructura empresarial. Además, vincula expresamente ese suministro con su seguridad energética, con la reposición de su Reserva Estratégica y con posibles usos militares.
No hace falta ponerse a interpretar intenciones ocultas. Estados Unidos declara el valor estratégico que concede al acuerdo.
Y es ahí donde aparece la inversión histórica del proceso venezolano. Durante años, la soberanía petrolera fue presentada como uno de los fundamentos de la independencia venezolana frente a Washington. Ahora una parte de ese recurso pasa a integrarse en la seguridad energética de Estados Unidos.
No estoy diciendo que cada barril venezolano pueda asociarse a una guerra concreta. Eso sería una simplificación. Estoy diciendo algo más básico: una potencia militar necesita energía para sostener su economía y su aparato de poder y Venezuela contribuye ahora a reforzar esa disponibilidad energética en condiciones que el mismo Washington considera extraordinariamente favorables.
—El contraste con Cuba resulta especialmente fuerte. ¿Qué significado político tiene que el petróleo venezolano deje de sostener a Cuba mientras aumenta su valor estratégico para Estados Unidos?
—Es una de las formas más claras de observar el cambio de dirección.
Durante años Venezuela suministró a Cuba una parte importante del petróleo que necesitaba. Aquella relación tenía una dimensión económica, pero también una dimensión política: permitía ampliar el margen de autonomía de Cuba frente a la presión estadounidense.
Ahora sucede justo lo contrario. Se corta ese suministro mientras Estados Unidos obtiene derechos privilegiados sobre recursos venezolanos y aumenta simultáneamente la presión energética sobre Cuba.
Es importante comprender lo que significa este cambio materialen la función que se da al petróleo venezolano. El mismo recurso que antes contribuía a sostener a un país sometido al bloqueo estadounidense pasa ahora a reforzar la seguridad energética de la potencia que ejerce ese bloqueo.
Eso permite medir la profundidad de la inversión política que se ha dado en Venezuela mucho mejor que cualquier adjetivo.
—En el cuaderno relacionas también el petróleo venezolano con la coyuntura de Irán y con la política interna de Trump. ¿No existe el riesgo de sobrecargar el argumento?
—Solo si se afirmara más de lo que sabemos. No podemos decir que el petróleo de Venezuela vaya a deteminar, la política militar estadounidense ni que sus dirigentes hayan firmado conscientemente el acuerdo para favorecer electoralmente a Trump. No tenemos pruebas de eso.
Pero lo que sí sabemos es que Estados Unidos afronta tensiones energéticas derivadas de sus conflictos internacionales, que pretende utilizar petróleo venezolano para reforzar su Reserva Estratégica y que la Administración Trump presenta políticamente el acuerdo como una victoria que amplía el suministro y puede contribuir a contener los precios.
Por tanto, hay que distinguir intención y efecto. No sabemos si el Gobierno encargado quiso ayudar a Trump. Sí sabemos que Trump utiliza el acuerdo en beneficio de su propia estrategia energética y política.
Esa precisión no debilita el peso de la crítica. La hace más difícil de refutar.
—Una de las tesis más arriesgadas de su libro es la de la derrota “psicológica” que -según tú- provocaría lo sucedido al conjunto de la izquierda mundial. ¿Tenemos pruebas de que Venezuela esté desmoralizando realmente a la izquierda?
—No tenemos una estadística mundial que permita afirmar que existe una desmovilización cuantificable causada por Venezuela y sería irresponsable presentarlo así. Lo que tenemos es un mecanismo político e histórico suficientemente conocido.
Las personas necesitan creer que la acción colectiva puede producir algún resultado. Una organización puede perder una batalla y seguir existiendo si comprende por qué la perdió. Incluso puede salir fortalecida intelectualmente. Pero cuando una experiencia presentada durante años como prueba de que otro camino era posible termina en un resultado completamente diferente y nadie sabe explicar por qué, aparece una conclusión espontánea muy peligrosa: «al final todo acaba igual».
El problema comienza cuando esa frase deja de referirse a Venezuela y empieza a aplicarse a cualquier proyecto de transformación. Una derrota material puede ser reversible.La convicción de que luchar es inútil es mucho más difícil de combatir.
—Tu en el cuaderno responsabilizas con especial dureza a una parte de la izquierda que durante años defendió a Venezuela y ahora guarda silencio. En tu opinion, ¿qué debería hacer exactamente esta izquierda?
—Explicar. Nada más y nada menos. Si estuvieron sosteniendo durante veinte años que Venezuela avanzaba hacia el socialismo, tienen que explicar qué fue lo que ocurrió. Si hubo una ruptura, señalar cuándo ocurrió. Si hubo una traición, identificar qué fuerzas la hicieron posible.Si el proceso se transformó, establecer cómo se transformó. Y si concluyen que las premisas estaban equivocadas desde el principio, reconocerlo.
Lo peor es intentar que ningún acontecimiento pueda modificar el relato anterior. Cuando una explicación sirve igualmente para justificar una cosa y su contraria, deja de ser una explicación y se convierte en pura metafísica.
El silencio tampoco protege a las personas de la desmoralización. Al contrario. Quien escuchó durante años que Venezuela representaba una vía al socialismo y ahora contempla lo sucedido necesita una respuesta. Si no la recibe, elaborará la suya. Y la más sencilla puede ser: «todos son iguales, nada puede cambiar».
Una derrota explicada puede convertirse en experiencia. Una derrota negada se convierte fácilmente en puro cinismo.
—¿No existe el peligro de que una crítica tan radical a Venezuela termine haciendo el trabajo ideológico de la derecha? Alguien podría utilizar el folleto que acabas de editar para decir: “¿Ven? otra vez fracasó el socialismo”.
—Precisamente por eso es imprescindible afirmar con claridad que no fue el socialismo lo que fracasó. El argumento de la derecha funciona porque durante años una parte de la propia izquierda aceptó llamar socialismo a cosas que no lo eran. Primero se identifica socialismo con nacionalizaciones,políticas sociales, un Estado fuerte y enfrentamiento con Washington. Después, cuando ese Gobierno entra en crisis o cambia de orientación, se concluye que el socialismo ha vuelto a fracasar. No me negaras que hay en ese tipo de planteamiento una cierta dosis de masoquismo político
Es, además, un mecanismo perfecto para la reacción: se fabrica primero una definición falsa y después se utiliza el resultado para demostrar la falsedad del socialismo.
La mejor respuesta no consiste en negar los hechos para proteger una bandera. Consiste en caracterizar correctamente lo que ocurrió. Si Venezuela nunca rompió con las relaciones capitalistas, su desenlace no demuestra la imposibilidad del socialismo. Demuestra los límites de aquella experiencia concreta.
La verdad no fortalece a la derecha. Lo que la fortalece es nuestra incapacidad para explicarla. La verdad, y esto es mucho más que un simple slogan publicitario, es siempre revolucionaria. Ayer, hoy y mañana
—Al final de tu cuaderno adviertes también contra la tentación de sustituir Venezuela por Rusia o China como nuevas referencias o esperanzas. ¿No es lógico que una izquierda débil busque apoyos internacionales frente a Estados Unidos?
—Una cosa es analizar contradicciones entre potencias y aprovechar políticamente determinadas circunstancias. Y otra muy distinta es convertir a una potencia estatal en sujeto de nuestra propia emancipación.
Rusia no es la Unión Soviética. China no puede analizarse mediante una fotografía histórica tomada hace medio siglo.Ambos Estados actúan en función de intereses económicos, nacionales y estratégicos propios. Podemos estudiar sus conflictos con Washington, pero de ahí no se deriva que sus objetivos coincidan con los de la clase trabajadora internacional.
El peligro aparece cuando cada referencia perdida es sustituida inmediatamente por otra. Antes Venezuela, después Rusia, mañana cualquier otro Estado que choque con Estados Unidos. Entonces nunca se afronta el problema fundamental: la propia debilidad de los trabajadores, su falta de organización yla ausencia de una política independiente. Una clase social que necesita permanentemente que otro actúe por ella todavía no ha construido su propia fuerza.
—Entonces, después de una derrota como la venezolana, ¿qué queda? ¿Cuál sería la conclusión que quisieras que extrajera alguien que depositó allí una esperanza sincera?
—Que equivocarse de referencia no demuestra que la aspiración fuera equivocada. Quien creyó que Venezuela avanzaba hacia el socialismo no tiene por qué elegir entre dos opciones igualmente falsas: seguir defendiendo una imagen que los hechos han destruido o concluir que cualquier transformación social es imposible.
Existe una tercera posibilidad: comprender por qué aquella experiencia nunca fue lo que se creyó,aprender de sus límites y dejar de buscar fuera aquello que solo puede construirse mediante organización propia.
Las derrotas son inevitables en cualquier proceso histórico. Para constatarlo, nos bastaría con abrir las páginas de un libro de historia referente a los dos últimos siglos. Lo decisivo es qué hacemos con ellas. Una derrota puede producir resignación si se interpreta como prueba de que nada puede cambiar, pero también puede destruir ilusiones infundadas y obligarnos a comprender mejor la realidad.
En ese sentido, la derrota venezolana puede acabar teniendo un efecto paradójico. Puede contribuir a desmovilizar a quienes habían depositado allí sus esperanzas. Pero también puede servir para abandonar una idea que durante demasiado tiempo sustituyó al análisis: que basta con encontrar en algún lugar del mundo un Gobierno, un dirigente o una potenciaque represente por nosotros el futuro que todavía no hemos sido capaces de construir.
La alternativa a una ilusión derrotada no puede ser otra ilusión. Tiene que ser conocimiento, organización y fuerza propia

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