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ERNESTO ESTÉVEZ RAMS. Las revoluciones siempre tienen una pistola en la sien…

...lo importante es la actitud que se asume cuando huele a pólvora

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ERNESTO ESTÉVEZ RAMS. Las revoluciones siempre tienen una pistola en la sien…

Una revolución se hace para lograr la mayor cantidad de justicia posible para la mayor cantidad de personas, pero, para lograrlo, una revolución no puede reducirse a producir y repartir panes y peces. Vivimos en un mundo hegemónicamente capitalista y los ricos necesitan del saqueo para mantener sus privilegios. A nivel global, las potencias hegemónicas necesitan explotar a otros pueblos para mantener la estabilidad social en sus países. Es decir, la burguesía imperialista necesita negarle a la mayoría del mundo la justicia, para mantener sumisa a su propia población garantizándole una cuota de prosperidad que los vuelva mansos. Luego, una revolución, para garantizar la mayor cantidad de justicia posible para la mayor cantidad de personas, choca necesariamente con los poderes imperiales. Por eso, la tarea que se propone una Revolución lleva, irrenunciablemente, la necesidad de lograr y mantener la capacidad de lucha, es decir, de defenderse.

Todo acuerdo económico entre países es un acuerdo político y, como tal, expresa determinadas relaciones de poder. Mirar el acuerdo anunciado entre Venezuela y el imperialismo norteamericano como una transacción económica es engañarnos a nosotros mismos. Es un acuerdo político que expresa una asimetría concreta. Hoy el Departamento de Estado hizo público un documento oficial en el que detalla cómo ven el acuerdo. No debemos tomarlo por cierto; esta administración ha agudizado la falaz costumbre del régimen norteamericano de mentir siempre, y este documento bien puede ser una balandronada más del emperador de turno. Pero, de ser ciertas las provisiones que en él se establecen, el acuerdo es humillante. Establece, por ejemplo, que la empresa mixta, para concretar el acuerdo, debe tener siempre mayoría de ciudadanos norteamericanos en su junta directiva y que el gobierno de los Estados Unidos tiene la última palabra sobre las decisiones que se tomen. Establece también que las diferencias deben dirimirse en tribunales del país imperial y no en cortes internacionales y bajo las leyes del país del norte. No levanta la administración actual del Departamento de Estado sobre las ganancias que Venezuela obtenga del acuerdo y, por tanto, de acuerdo a lo que rige actualmente, los llamados ingresos a Venezuela de este acuerdo seguirán yendo a una cuenta en Estados Unidos, que deberá pedir permiso para usarlos y solo serán liberados si el gobierno de Estados Unidos aprueba su uso. De ser ciertas esas provisiones, toda ventaja formal del acuerdo para el desarrollo de Venezuela sería pura pantomima.

Repito, no sabemos si esas son las condiciones reales del acuerdo o si este documento es una pieza de propaganda del gobierno de Estados Unidos, desesperado por enseñar una victoria geopolítica en un momento especialmente vulnerable para ellos. Lo cierto es que el acuerdo firmado no se ha hecho público. Pero al margen de ser cierto o no, los procesos políticos que se han suscitado luego de la agresión de enero apuntan a una supeditación cada vez mayor de la soberanía política y económica de Venezuela al hegemón norteamericano.

Se dice que Venezuela no tuvo alternativa y que cada país tiene una historia y un contexto que hacen que sus respuestas dependan de ellos y, por tanto, sean distintas de las de otro país. El tema es que la historia extraordinaria de ese país es la de la lucha y el pueblo venezolano ha sido inspiración para la independencia de Nuestra América desde hace más de un siglo. Un país con un prócer que, frente a un terremoto, afirmó que si la naturaleza se oponía a los anhelos de libertad del pueblo venezolano, entonces lo que tocaba era oponerse a ella y domarla, no puede ser un pueblo cobarde. Los pueblos no traicionan, y la historia se construye cada día.  No es la primera vez que Venezuela ha tenido una pistola contra la sien y no por ello ha renunciado al combate y, de ser necesario, le ha plantado pecho a la muerte.

Los cubanos sabemos de eso y no hablamos desde lo hipotético, todos sabemos que en medio de la adversidad más grande y frente a un ejército abrumadoramente más poderoso, Maceo plantó en Baraguá. Cuando estábamos ante la amenaza de un ataque nuclear, Fidel dijo que los cubanos no nos rendiríamos y que la suerte sería compartida por todos. Cuando las tropas del apartheid amenazaban en Angola con lanzar una bomba atómica contra las tropas combinadas de Cuba y el MPLA, la orden no fue rendirse, la orden fue dispersarse para minimizar las bajas y seguir combatiendo hasta la victoria. Cuando, frente a un poder tecnológico y de fuego brutalmente superior, nuestros combatientes se enfrentaron a las tropas norteamericanas en Caracas, no se rindieron: pelearon hasta la muerte.

Las revoluciones siempre tienen una pistola en la sien; lo importante es la actitud que se asume cuando huele a pólvora.

Cuando los revolucionarios cubanos opinamos sobre el derrotero de la revolución venezolana, no lo hacemos desde un refrigerador a miles de leguas de la tropa solar, lo hacemos desde la determinación demostrada de que echamos su suerte con ellos.  Y esa determinación es común con independencia de qué posición se adopte en el análisis y de cuán acertado o no puede ser un comentario. En todos los casos, se hace desde la militancia de quienes se la están jugando a diario en esta isla, a esta hora. Luego, desde esa certeza, todos merecemos respeto en cualquier debate y no con ataques ad hominem se esclarecerán las ideas.

No puedo afirmar que la dirección bolivariana haya traicionado; no tengo pruebas. Bien puede ser cierto que ellos estén convencidos de que la estrategia que siguen es la única que puede hacer sobrevivir la Revolución de Chávez. Lo cierto es, sin embargo, que un revolucionario no se debe solo a la obra que tiene directamente en sus manos, sino también a la lucha de todos los pueblos. Y mencioné como Cuba lo ha asumido siempre así y tiene muchos ejemplos para demostrarlo. Luego, las decisiones tienen consecuencias más allá de sus fronteras, y las consecuencias para las fuerzas revolucionarias y antimperialistas de la derrota de enero y de la actitud asumida luego están a la vista. Esas consecuencias incluyen el cerco acrecentado a Cuba y la guerra en Irán, pero también han desempeñado un papel en los desfachatados fraudes electorales de Perú y Colombia y en el consiguiente avance de la derecha más fascista en América Latina.  Eso, no lo puede negar nadie.

También tiene consecuencias para las fuerzas revolucionarias del propio país. En la práctica, el discurso antimperialista ha desaparecido justo cuando más le hace falta a ese pueblo. Al margen de las concesiones hechas en la práctica, las declaraciones públicas, innecesarias, del gobierno bolivariano van en sentido contrario: no pierden oportunidad de agradecer al agresor y celebrarle sus migajas, mientras callan cuando el emperador los humilla en público y habla abiertamente de despojarlos de todo. ¿Puede la dirección de un proceso revolucionario sobrevivir, como militante de transformación social poscapitalista, a esa incoherencia absoluta? El gobierno bolivariano ha refugiado todo su discurso público en el propósito de lograr la prosperidad al margen de la batalla contra el gigante de las siete leguas. Lamento que tarde o temprano se despierten a la realidad de que ello no es posible, como no es posible ser revolucionario pensando exclusivamente en sí mismo y no verse parte de una lucha mayor, en la que hay que echar tu suerte con la de los demás que combaten.

Nos equivocaríamos si diéramos por muerto el proceso revolucionario bolivariano. Ese es un pueblo extraordinario y aún tienen un ejército, y comunas militantes, con milicianos organizados dispuestos a dar la vida por su Revolución frente al imperialismo yanqui. No nos engañemos, la última página no ha sido escrita. Aun desde la crítica, lo que más anhelamos los revolucionarios cubanos, todos con independencia de cómo opinen, es que, más temprano que tarde, los revolucionarios venezolanos reencaminen su proceso emancipatorio, necesariamente antimperialista, necesariamente internacionalista, necesariamente socialista, necesariamente de Chávez.

Nuestra determinación sigue incólume: que nos diga Venezuela Bolivariana qué necesita, que en nosotros sigue teniendo un hijo, más ahora que por ella hemos derramado la sangre generosa de los nuestros.

(De su muro de Facebook)

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