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AITOR MARTÍNEZ. El verdugo convertido en víctima

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AITOR MARTÍNEZ. El verdugo convertido en víctima

Maider Etxebarria, alcaldesa de Gasteiz, PSE, con la camiseta de la selección española.

Las últimas semanas han sido especialmente mediáticas en lo que respecta a la ofensiva nacionalista española en Euskal Herria. Arrancó con una cruzada de niños pijos contra el euskera, debido a que, en la prueba de acceso a la universidad, sacaron un cero raspado. Las dudas sobre las notas se disiparon nada más escuchar hablar a los afectados. Sin embargo, lo que estaba en entredicho no era si esos estudiantes tenían nivel de euskera o no; al contrario, el objetivo era demostrar que no hace falta saber euskera. Así lo confirmaron los jueces en su sentencia que, no contentos con que para muchos solo sea una asignatura más entre otras, hecho que le resta importancia como idioma, sentenciaron que no se tomara en consideración la nota obtenida.

El segundo acontecimiento a señalar es el mundial de fútbol, que es también contexto de expansión del nacionalismo español, y afecta a todas las naciones oprimidas por el estado español, sin distinción. Desde una posición comunista no es de agrado ver las calles teñidas de banderas que, en general, solo alcanzan a dibujar la exaltación nacionalista y desdibujar la propia escisión de las naciones entre explotadores y explotados. Ahora bien, es aún más doloroso, en concreto, ver banderas españolas paseándose por las calles de las naciones oprimidas.

Los argumentos a favor de la exhibición de banderas españolas dados por los españolistas aluden a la democracia, la igualdad, y el derecho a manifestar la propia nacionalidad, derechos que, al parecer, son coartados precisamente a aquellos que representan no a la nación oprimida, sino a la opresora. Un delirio impresionante. Sin embargo, la exposición de las banderas españolas no se da en un contexto de igualdad de derechos nacionales. Bien al contrario, son símbolo de negación de tal estatus a las naciones oprimidas por el estado español.

La plena igualdad de los derechos nacionales, que incluye el derecho de las naciones a la autodeterminación, es prerrequisito democrático indispensable para que la exhibición de banderas nacionales se dé en un contexto de no opresión nacional. A falta de un contexto como el indicado, la higiene democrática de la que tanto se habla exige, precisamente, que no haya ni una bandera española en los territorios de las naciones oprimidas por el estado español.

Cabe mencionar un último episodio: las declaraciones de Jon Sistiaga en La Revuelta y en otras entrevistas realizadas en varios medios de comunicación. Según el susodicho, “en Euskadi, desde hace años, se ha instalado una especie de dulce amnesia que es beneficiosa para todo el mundo”, “porque los que no podían salir a potear por lo viejo porque llevaban escolta, pueden ir a tomar algo”, “porque los que siempre votaron por no nacionalistas sienten que ha llegado su momento de poder salir a la calle tranquilamente”, “pero, sobre todo, para que aquellos que sí que apoyaron la violencia puedan seguir saliendo a la calle, sin que le digas ‘pide perdón’”. Concluye que, “esa dulce amnesia, hace que los padres no le hayan contado nada a sus hijos”.

Amnesia que, si bien dice considerar beneficiosa para todo el mundo, no está dispuesto a aceptar. Se ha propuesto hacer un ejercicio de memoria para que los malos puedan ser sentenciados. La parte aludida, discordante con el discurso de Sistiaga, ha insistido en que tampoco se cuentan los sucesos que afectan a la parte contraria, dando por bueno el marco defendido por Sistiaga, con la condición de que este pueda ser cumplimentado con datos.

Empero, un ejercicio de memoria real, que permita superar el estado de amnesia que implica la ocultación sistemática del origen de los hechos acontecidos en el pasado, que no es otro que la negación del derecho de autodeterminación a las naciones oprimidas por el estado español, no consiste en enumerar sucesos y valorar si son moralmente aceptables o no. Al contrario, una memoria política, no efímera y no sostenida sobre valores morales abstractos, implica el reconocimiento del conflicto político y sus expresiones como necesarios, al menos hasta que sus causas no sean históricamente superadas. Amnesia es ocultar el conflicto real y sustituirlo por una disyuntiva ente buenos y malos, que ha sido aceptada por ambas partes participantes, a pesar de que quienes han sido reconocidos como los verdaderos malos, hecho que hace oficial su derrota, pretendan equilibrar la balanza argumentando que los otros tampoco eran tan buenos, hecho que refuerza aún más su derrota.

La gran paradoja reside en que mientras el nacionalismo de las naciones oprimidas se halla incapaz de defender su propia historia, y su razón de ser, la posición comunista, que es una posición internacionalista y negadora del nacionalismo como táctica y estrategia política, se posiciona como la única que coherentemente puede defender la igualdad de los derechos nacionales en un sentido histórico y como parte integrante de su política internacionalista; concluyendo, entre otras cosas, que la no exhibición de banderas españolas en las naciones oprimidas por el estado español ha de ser considerado un avance democrático, cosa que no concibe así la socialdemocracia nacionalista vasca, que entiende democracia por igualdad formal y no real, llegando incluso a aceptar instalar pantallas gigantes para ver a la selección española en la final del mundial, en aras del derecho de expresar libremente la propia nacionalidad -aunque esta sea en esencia opresora de otras nacionalidades-  y en favor de la convivencia. Y esto se debe a que, a diferencia del nacionalismo democratista, los comunistas aprendemos del pasado, no repudiando el mismo en términos morales, ni sentenciando que no debería haber ocurrido, si no que aceptando que la historia, para nuestro presente, es una indispensabilidad de la que no deberíamos huir, que hay que aprehender.

El hecho de que una táctica pudiera ser errónea o incluso injustificada, que pudiera generar cierto dolor individual -que no colectivo, pues el dolor colectivo es en esencia constitución abstracta de sujeto, instrumentalización-, no sentencia la realidad objetiva ni la verdad de un acontecimiento histórico. Verdad que no se constituye por la aceptación de la diversidad de opiniones, sentimientos o perspectivas, sino que por la imposición racional de la única perspectiva que es verdadera, que es la que se corresponde con la tendencia histórica. En lo que nos compete, una vez más, la verdad que ha de ser preservada es la siguiente: el estado español oprime naciones a las que se les niega el derecho de autodeterminación; el nacionalismo español no es víctima, sino verdugo.

(Diario Socialista)

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