
La subordinación de los que trabajan con sus manos a aquellos que trabajan con el pensamiento es una de las formas de sometimiento más conocida desde la antigüedad. Es la significación del poder mediante la apropiación del saber.
En cada época la naturaleza del conocimiento considerado útil varía. En la nuestra, el conocimiento para diseñar chorradas tecnológicas o de otras categorías es imprescindible, mientras en épocas anteriores el conocimiento para hacer funcionar chorradas religiosas se mostraba igual de necesario. La sabiduría que subyace bajo el acaparamiento del conocimiento es el manejo exitoso del abuso, de la depredación a los otros, recurso a través del cual obtener de la manera más provechosa el resto de los recursos.
Es conveniente, sin embargo, en una época donde se reafirma, incluso se exalta al individuo, hacer sentir al hombre común conocedor de una ingente cantidad de cosas. A través de esa apariencia de sabiduría se le enseña a no usar el pensamiento. A través de la subordinación se normaliza el abuso. A través del abuso normalizado se elige la subordinación porque lo que se normaliza se convierte en parte de nuestra naturaleza, o, al menos, con esa sensación vivimos, la de reconocernos en una naturaleza, en realidad otro invento más en un, digamos, setenta por ciento, simplemente porque el individuo que somos necesita reconocerse en algo.
Mientras el ser humano nace y muere inventando en el intervalo de su vida nacionalidades,tradiciones,religiones,antepasados, relaciones familiares, relaciones afectivas, naturalezas propias o aceptando lo que otros por él han inventado, intenta doblegar el mundo que habita a los dictados de su imaginación en un intento de hacer realidad sus invenciones.
Toda invasión, toda colonización afecta al paisaje. Cuando decimos quién trajo el albaricoquero, o el naranjo, o la higuera, el burro, la gallina, la patata o el tomate, lo trajo quién quizá porque era un soldado, un colono plantando su alimentación en tierra extraña o un invasor llevando una especie desconocida a su país. Otro quién sembría de sal el terreno devastado al enemigo.
El ser humano busca cambiar de sitio, vive migrando en las sucesivas transformaciones que el término migrar ha sufrido a lo largo de diferentes culturas en el tiempo. Nos guste más o menos reconocerlo, invadir y colonizar son formas de cambiar de territorio, de llevar a cabo una emigración parasitaria sobre los habitantes de un lugar en un momento determinado. Cuando un sistema dominante no puede garantizar un reparto igualitario de recursos genera migraciones, pero también las genera cuando quiere apropiarse de recursos destinados a conseguir un beneficio específico. Eso que llamamos colono no es más que un emigrante que se niega a reconocerse como tal, un extraño que, en su extrañeza a cuanto le rodea se niega a aceptar su existencia e intenta eliminarlo: no hay, no debe haber, más mundo que su mundo conocido. El grado último de ese estado de negación es la eliminación completa del territorio colonizado junto con sus habitantes, todos sus habitantes, la devastación absoluta para después, sobre su obra, de destrucción sí, pero reconocida como suya, hacer crecer la vegetación que a su vez dará lugar a la fauna del lugar de donde vino… o de donde se imagina que vino, su Paraíso. En ese paisaje nuevo, los habitantes anteriores, dada la animalidad del propio ser humano, habrán desaparecido como hubiera desaparecido cualquier otra especie, borrándose de la vida en el exterminio de su hábitat.
Cuesta mucho hacer desaparecer una especie. Muchas armas, si bien, ahora que ya existen las armas ecológicas, construir un ecosistema afín al colonizador seguro quees coser y cantar. Nos entretienen la idiotez contándonos tonterías sobre resorts, cuando nadie habita un resort. Nos escandalizan, nos dan un tema de conversación y mientras tanto van haciendo, sustituyendo la geografía asiática por bosques de coníferas a la orilla de lagos centroeuropeos: esa es la idea de Paraíso del judío colono actual. Si en su reproducción del norte de Canadá o de los bosques de Polonia hay sitio para sus parques de atracciones ese es otro asunto. Una forma de colonizar un territorio es colonizar el paisaje no habitando el entorno natural, sino cambiándolo por otro.
Un paisaje natural es de utilidad cuando es una fuente de recursos buscados por el invasor. Entonces se conserva aunque los deseos más profundos sean otros. Sin embargo, hay veces, como en la invasión de Palestina por EEUU y Europa del Norte apoyada por la complicidad de Europa del Sur y ejecutada por los judíos habitantes del pedazo de tierra que insisten en llamar Israel como si fuera algo suyo, hay veces como esta, digo, en las que el invasor busca expandir su idea de territorio en un alarde de disertación a todo cuanto no es él.
No nos encontramos ante una invasión de hace un milenio, ni siquiera unos cientos de años. No vamos a dejar que eso ocurra. La realidad bélica actual de Palestina, Cisjordania, Líbano, Irán, no va a conseguir implantarse como si no hubiéramos aprendido nada de miles de años de Historia.
Hoy no nos amedranta decir a la cara de quien haga falta que Dios no existe y no vamos a colaborar en una supuesta obra de demencial justicia sobrenatural destruyendo las zonas paisajísticas palestinas. La zona mediterránea, la irano-turaniana, la sáharo-arábiga y la etíope-sudanesa. Son las zonas geográficas que podemos encontrar si entramos en la página del Palestine Institute for Biodiversity and Sostainability: PIBS.
Si queremos un tratado científico con más antigüedad, nos podemos remitir sin problema a la mitad del siglo XVIII, cuando los alumnos de Linneo recorrían la Tierra nombrando especies. Un discípulo del botánico sueco, Benedict J. Strand, dejó escrito el tratado Flora Palestina, la flora de la tierra de los filisteos, en 1756. ¿Por qué Benedict llamaba filisteos a los palestinos? La respuesta merece un estudio más detallado de lo que ahora podría ofrecer.
En Catalunya, concretamente en Girona, existe un arboreto ejemplar; no se han olvidado de Palestina. Podemos ponernos en contacto con ellos y preguntar por el arboreto palestino dentro de su botánico arbóreo.
Podemos, en fin, reproducir Palestina en sus arbustos, en sus árboles. Ellos llamarán, a su vez, a sus pájaros y sus flores a los insectos, a la lluvia preciada de sus campos en la acción consciente de no dejarnos colonizar la vida por las fantasías paradisíacas de un puñado de asesinos ambiciosos.
