insurgente
  • Inicio
  • Estado Español
  • Insurgencias
  • Internacional
  • Artículos
  • Convocatorias
  • Editoriales
  • Publicaciones
  • Referencias y Referentes
  • Inicio
  • Estado Español
  • Insurgencias
  • Internacional
  • Artículos
  • Convocatorias
  • Editoriales
  • Publicaciones
  • Referencias y Referentes
No Result
View All Result
No Result
View All Result
Home Artículos

PABLO SAN JOSÉ ALONSO. «El ladrillo de cristal»

in Artículos
PABLO SAN JOSÉ ALONSO. «El ladrillo de cristal»

Como se dijo, el romanticismo fue la reacción de cierta intelectualidad elitista, a veces más aristocrática que burguesa, contra tanto discurso cartesiano. Se inició a finales del XVIII, dándose con mayor vigor y extensión a principios del XIX. En la segunda mitad de ese siglo retrocedió arrollado por la marcha triunfal del capitalismo industrial y su ideología asociada: el utilitarismo. El paradigma racional-científico volvió a reinar incontestado.

El pensamiento romántico nunca desapareció del todo y, así, el surrealismo, un movimiento artístico anti-racional que surgió a principios del XX y que todavía tiene algo de vigencia, se reclama su heredero. Hay que decir que, más allá de ciertas nostalgias por unas idealizadas estampas de vida sencilla en el pasado, el romanticismo es una cuestión más artística que otra cosa. Así, reivindica la sensibilidad, el amor por la naturaleza, la belleza. Por supuesto, en clave individual. Por ello no conviene comprenderlo como un impulso especialmente confrontativo contra la modernidad. De hecho, no está de más tener presente el juego que esta visión «emocionalista» de la realidad proporcionó históricamente a diversos nacionalismos, sobre todo a aquéllos que estaban en proceso de conformación, y a distintas causas bélicas. De Garibaldi al Che Guevara, pasando por Martí o Durruti. Incluso el fascismo mussoliniano y el nazismo tuvieron su impronta romántica (5).

En las décadas centrales del siglo XX, nuevamente de crecimiento económico, vuelve a desaparecer de los círculos intelectuales. Pareciera que el romanticismo sólo tiene cierto éxito en épocas de crisis. A partir de entonces se transforma en una mera sensibilidad propia de clases populares, las cuales lo cultivan mediante el cine y la novela «romántica» (reducido el concepto a cuestiones amorosas). Así termina por convertirse en un objeto de mercado y consumo más.

Cuando sobrevenga el nuevo periodo de crisis, en los años setenta del siglo XX, el romanticismo resultará anacrónico e incapaz de protagonizar la disidencia de turno al paradigma moderno-racional. Nos encontramos en un momento distinto, impasse en el proceso de implantación de la sociedad de consumo y espectáculo. Una coyuntura que, en buena parte, marca el fin del modelo agrario tradicional en Occidente, al tiempo que cuestiona su sistema industrial (más que dependiente del petróleo, cuya alza de precios fue el detonante de esa crisis), abriendo el camino a la instauración masiva de una sociedad terciaria. La respuesta cultural al momento sucederá, pues, en un contexto en el que la sociedad ya está completamente centrada en el vector «consumo» y no baraja seriamente la menor alternativa al sistema capitalismo-estado.

Inicialmente, como en casos anteriores, estará protagonizada por vanguardias intelectuales y artísticas y se denominará «posmodernidad» (6). No tardará mucho en adoptar variadas concreciones, llegando a afectar a amplios sectores de una sociedad que ya es abrumadoramente urbana. Una de sus características es, precisamente, esa variedad y capacidad de cristalizar en manifestaciones diversas adaptándose a personas y situaciones diferentes. Este rasgo, por si solo, deja bien aclarado que el nuevo pensamiento nace ya perfectamente integrado en el sistema —de hecho procede de él— y no le supone desafío alguno. Más bien es una respuesta o adaptación de éste ante una nueva situación. Algo recurrente a lo largo de su historia.

Ríos de tinta se han escrito para explicar este nuevo paradigma, y yo, dentro de lo que me sea posible, voy a tratar de ser sintético aquí. La principal novedad del pensamiento posmoderno, me parece, es la relatividad. Subjetividad frente a la pretensión de conocimiento objetivo propia de la modernidad. De hecho, la propia ciencia empírica —hablaré luego de ello— es desafiada. Algo que no sucedía desde los tiempos de Darwin y que nunca se había hecho sin una base religiosa. A partir de ahora deja de existir una moral y una ética definida. La axiología se convierte en una cuestión de situación: todo es relativo, todo depende de algo. Tampoco hay referentes, líderes carismáticos. Su lugar es ocupado por pequeños ídolos mediáticos que centran las miradas de forma efímera, hasta que son desplazados por alguien más novedoso. El acento está puesto sobre la propia imagen del líder, no en su ideología.

El individuo posmoderno no se compromete con una forma concreta de interpretar la realidad. Por el contrario, su comportamiento se apoya en lógicas variadas, a menudo contradictorias entre sí. Inestables, cambiantes, de usar y tirar no pocas veces. Todas ellas, por cierto, perfectamente integradas en el sistema. La tensión y el debate que se precisa en la modernidad para establecer una postura que pueda resultar suficientemente sólida y válida como parámetro de actuación, desaparece por completo (7).

Frente a esa actitud vital propia de nuestros abuelos que se podría definir como «ser de una sola pieza», el posmoderno vive las cosas relajadamente, sin pasión, sin encono. Cualquier disturbio intelectual es rápidamente eliminado: ¡pensemos de forma positiva! Sus opiniones, así, pueden modificarse en un abrir y cerrar de ojos. Como no puede ser menos a tenor de lo dicho, termina siendo un dechado de contradicciones: Sublimación y exhibición de la paternidad, de hijos «colocados» con abuelos y en tareas extraescolares a fin de que ambos progenitores trabajen a tiempo completo para poder satisfacer sus deseos de consumo. Entusiastas de las terapias alternativas sumamente críticos con la medicina oficial que corren raudos al médico al primer indicio de una dolencia «seria». Gente amantísima de la naturaleza y de los animales que se empeña en mantener una vida cien por cien urbana, encerrando a sus mascotas —castradas— entre cuatro paredes. Personas que sienten un fuerte desprecio hacia las ideas religiosas y la gente que las practica, al tiempo que dan crédito a visiones mágico-espiritualistas new age: el reiki verbigracia. Feministas radicales que sienten querencia hacia los «chicos malotes». Ecologistas incapaces de prescindir de sus viajes vacacionales en avión. El listado podría ser interminable.

La persona de la posmodernidad desconfía del mundo en que vive, se muestra crítica hacia él (llegando, no pocas veces, a interpretaciones de tipo paranoico). Sin embargo, no experimenta esperanza (ni deseo en realidad) de que pueda darse una gran transformación. Dado que no considera posible tal cosa, su actitud vital es la de, al menos, disfrutar del presente en la medida en que se pueda. Obviamente, ésta es una ideología propia de personas que no han de luchar cada día por su propia subsistencia. Así son presentistas, inmediatistas: «carpe diem». Dado que el futuro es impreciso («no future», dice el punk) y el pasado carece de importancia, no vale la pena empeñarse en grandes causas ni defender opiniones con demasiada vehemencia. «Vive y deja vivir», podría ser su lema. De ahí su tolerancia hacia lo plural y lo diverso. Lo multicultural. Podría decirse que el individuo posmoderno no trata de resolver su propia vida hallando un sentido totalizante, una opción fundamental. En su lugar «fluye»: se deja llevar por los acontecimientos (no olvidemos, repito, que se trata de personas que tienen garantizada la obtención de sus necesidades materiales) (8) sin tratar de afrontar nunca exigencias radicales.

Añade Marina Garcés en la obra citada que «el mundo es como es, pero cada uno puede diseñar en él su propia vida. Ésta es la cultura que las democracias capitalistas ofrecen al mundo».

Zygmunt Bauman emplea una nueva metáfora para describir este hecho. Se trata de la «modernidad líquida». Las identidades individuales, según el símil, adoptarían la forma de una roca conformada por lava volcánica. Ésta puede fundirse y endurecerse numerosas veces dando lugar a apariencias distintas. Contemplada externamente simula solidez y estabilidad —es una roca—, pero el sujeto no deja de sentir su fragilidad y su constante exposición al desgarro. Me parece muy buena la imagen. Bauman añade que, siendo esto así, la pauta fundamental que ha de seguirse es dotarse de una identidad lo suficientemente flexible como para poder aguantar los distintos cambios que el individuo va a experimentar a lo largo de su vida. Esta versatilidad, por su obvio carácter relativo, hace que la autorrealización personal en ningún caso pueda alcanzar su conclusión. El filósofo polaco extrae una consecuencia, también metafórica, de todo esto: El hombre líquido moderno es un «nómada». Viaja a través de su vida, como un turista, cambiando lugares de residencia, aficiones, trabajos, amigos, parejas, valores, ideología política e incluso, en algunos casos, orientación sexual. Sobre esto último cabe nombrar el relativismo que la posmodernidad otorga también a la identidad sexual, la cual llega a ser comprendida como una libre elección más. Ahí está, por ejemplo, la llamada «teoría queer» (9). La moderna tecnología química y quirúrgica facilita que nadie «sea preso» de un cuerpo con el que no se identifica. Cuestión que se extiende más allá de lo sexual y afecta a cualquier aspecto estético corporal. El trabajo asalariado, por hacer una comparación, es inexorable; bajo esa perspectiva incuestionada se educa a los hijos. Pero la apariencia física no. Ahí está una avanzada, a la par que mercantilizada, rama de la cirugía (en el futuro próximo, de la ingeniería genética) para que nadie, con el suficiente poder adquisitivo, se quede sin poder «customizarse».

Otro rasgo definitorio de la posmodernidad, ¡oh sorpresa!, es el individualismo. Como decíamos arriba, fue la modernidad la que «liberó» la personalidad individual del dominio a que estaba sometida por parte de la sociedad tradicional. La posmodernidad se mantiene en esa senda pero con notables diferencias. Los modernos, sobre todo bajo el influjo del ideal «libertad», mantuvieron apasionados debates para discernir cuáles son los límites del libre albedrío en relación a las necesidades de la convivencia. Ahí está el «Contrato Social» o las disquisiciones de Stuart Mill y de los socialistas, entre otros muchos. Fue notorio, en todas sus épocas, el esfuerzo intelectual y político por objetivar la definición de individuo como sujeto de derechos. En la posmodernidad, puede decirse, todo eso carece de importancia. Ahora la piedra de toque que explica y da sentido a la individualidad es el consumo. Y éste, cerrando el círculo, comprendido solo en relación al individuo. Así, la fe en el progreso social y la apuesta por las utopías propia de generaciones anteriores queda eclipsada. Ni siquiera se tienen apenas en cuenta consideraciones en relación a la justicia económica y a la situación de las personas excluidas de la sociedad de consumo y bienestar. Los pensadores de este nuevo momento solo hablarán del progreso individual. Más allá de vagos deseos de «un mundo mejor», que podría advenir —quizá— de una suerte de contagio espontáneo de buenos comportamientos individuales, la única «revolución» plausible es la «interior»; la «liberación» personal. De ahí el éxito y la eclosión de nuevas líneas de la psicología y la sociología enfocadas hacia la autoayuda, el crecimiento personal, el pensamiento positivo…. El yoga, el taichí, el running, el pádel, el gimnasio, la bici. La alimentación sana, el culto al cuerpo. Y sus aplicaciones empresariales: coaching, managenent, scouting… Acumular estudios y titulaciones, diplomas, currículum. Haber viajado a más sitios que nadie. Por supuesto —como decimos, la clave de este sistema de pensar es el consumo—, tener un buen coche, vestir las mejores marcas, habitar una buena vivienda, poseer una segunda residencia en la playa, llevar los hijos a colegios de élite, etc. Todo ello añadiendo a quienes se adscriben a las diferentes modas reactivas existentes, también integradas (10). El hombre, ensimismado en su proyecto, ya no es «la medida de todas las cosas», sino solo la de sus propias posibilidades de éxito personal. Así, el ciudadano de este tipo de sociedad sólo se interesará por asuntos comunes en tanto y en cuanto faciliten u obstaculicen su capacidad de consumir. Participará en espacios de carácter colectivo —tribus urbanas, grupos festeros, cofradías de semana santa, peñas futbolísticas, festivales de música…— siempre que le aseguren placer y diversión, y se sumará a reivindicaciones laborales y políticas en la tesitura (y no siempre) de que esté en peligro alguna de las realidades materiales —dinero, servicios, condiciones de trabajo— que personalmente disfruta. En todos los demás casos se limitará a contemplar los toros desde la barrera. Tener ideales no hace la menor falta; lo que importa es conseguir un trabajo «adecuado», mantener buena salud, aparentar juventud, mostrar en las redes cibernéticas lo bien que lo pasa uno, etc. Porque esa es otra: la búsqueda de la individualización se pretende mediante las modas sociales. Ya hablábamos de la esencia contradictoria de la posmodernidad. El individuo trata de desarrollar la identidad, propia y específica, que muestra a los demás, a base de adscribirse a determinadas identidades colectivas. Sea el llamado mainstream —el paradigma estético y de consumo dominante—, sea cualquiera de los ámbitos minoritarios «alternativos», hipsters, neo-hippies o femi-animalistas, por ejemplo.

En todo esto juegan un papel principal los medios de comunicación. Lo hacen en una doble dirección. Por una parte, constituyen el vehículo por el que el individuo adquiere los datos presuntamente individualizadores que ha de adoptar para formar parte del grupo estético y de consumo correspondiente. Por ello hay mensajes publicitarios y productos culturales (música, cine, vídeos etc.) disponibles para todas las tendencias. Por la otra parte son —y cada vez más— el lugar de encuentro y retroalimentación con sus «iguales». Así, una característica a posteriori de la posmodernidad es la rendición o entrega que los individuos hacen de su intimidad (y la de sus hijos), poniéndola al alcance de quien quiera contemplarla. La vida deviene una especie de virtualidad, un «Show de Truman» permanente en el que las personas están deseando que les ocurra el más trivial de los sucesos para «subirlo» inmediatamente a internet. Mejor si es con imágenes. Se dice que, a diferencia de otras épocas, el mito característico para definir ésta no es el de Prometeo, ni tan siquiera el de Sísifo, sino el de Narciso. Añadiría que también el de Peter Pan.

La centralidad del consumo en la vida de las personas, ya se dijo, vuelve a éstas materialistas y también débiles. Incapaces del riesgo, del esfuerzo, de la radicalidad, de la permanencia. Solo preocupadas de la imagen que tienen de sí, y de que se les garantice externamente seguir disfrutando las ventajas que proporciona a cada cual el estado de bienestar que ha heredado y por el que no ha tenido que luchar lo más mínimo. Así, instituciones que exigen durabilidad y compromiso, como pueda ser la familia, son cuestionadas. Las relaciones de pareja (o cualquier tipo de cooperación) tienden a hacerse cada vez más inestables, efímeras, y suponen menor bagaje de realidades compartidas. El matrimonio se atrasa, o directamente no se practica. El divorcio está a la orden del día. Se genera toda una ideología al respecto que apela al concepto «liberación» para reivindicar, por ejemplo, las ventajas de no querer tener descendencia o la promiscuidad sexual y afectiva (11). El cuerpo, dejando atrás las consideraciones que sobre él se hacían desde el ámbito religioso, se pone en valor como vehículo de libertad y fuente de placer. Por su parte, los menores, espejo en el que los padres proyectan su propia y frágil imagen, son sobreprotegidos en grado sumo, infantilizados, preservados de todo riesgo, de toda exigencia y de toda necesidad de tomar decisiones responsables hasta edades tardías. Más allá de la treintena, en no pocos casos. Con lo cual el patrón no solo se reproduce sino que su dimensión crece.

Por último, queda hablar de la conflictiva relación entre posmodernidad y racionalidad. El pensamiento posmoderno juzga con dureza a la modernidad. Ya se dijo que, en principio, viene a ser una reacción a ésta. Entiende que el proyecto moderno ha fracasado porque la aplicación a ultranza de la razón y el desarrollo lineal de la ciencia no han conseguido dar a luz una sociedad armónica. No se fijan tanto en el fracaso social en sí y en cómo resolverlo —ya se habló de la actitud de desencanto y apatía que les es propia— como en señalar a los culpables. Así la ciencia es puesta bajo sospecha. Ciencia que no hay que confundir con desarrollo tecnológico, del que los posmodernos disfrutan con mayor pasión y menor sentido crítico que nadie; se refieren a los paradigmas académicos, a las «verdades» científicas. Así, entienden que las ciencias modernas no son capaces —ni dignas— de poder elaborar un conocimiento que tenga validez universal. Que las formas que emplean para crear pensamiento y expresión del mismo son falibles y discutibles (la forma es más importante que el propio contenido para la mente posmoderna; importa más la manera de transmitir un mensaje y sus efectos que el mensaje en sí). Que tras un texto científico se esconde siempre el prejuicio y condicionante cultural —cuando no algún tipo de interés oscuro— del propio autor. Por lo tanto no cabe concederle autoridad ni reconocerle objetividad. Esta crítica está imbuida del espíritu relativista que describíamos arriba. La verdad objetiva no existe: todo está en relación a un contexto, a la perspectiva desde dónde se mire. No hay una «realidad», sino una apariencia de la misma filtrada por nuestra mirada. El propio lenguaje —en esto se recoge de forma importante la tradición de Wittgenstein (12)— es el que moldea el pensamiento y crea la realidad. La cual puede ser modificada recurriendo a palabras y conceptos nuevos para describirla.

Hay quienes tildan críticamente de «anarquismo epistemológico» a la actitud de desprecio que la posmodernidad siente hacia la racionalidad con pretensiones objetivas. Se llega a decir que «los posmodernos niegan las ideas de la modernidad sin analizarlas, ya que esto les supondría tomar en serio la razón». Hay verdad en ello aunque me resulta algo exagerado. No conviene perder de vista que el paradigma científico-racional ha sido no pocas veces —no está exento de esa actitud en la actualidad— dogmático, impositivo y displicente y, en su día, fue el que, en palabras de Frédéric Lenoir (13), dio lugar «al mecanicismo, la reificación, la cuantificación y mercantilización del mundo.» Este autor propone una interesante comparación entre los dos puntos de vista: «He intentado demostrar en las páginas consagradas a los nuevos paradigmas científicos que el cientificismo y el racionalismo no agotaban la razón ni la racionalidad. Podemos decir incluso que hay muchas figuras de la racionalidad. La primera, la que ha dominado estos tres últimos siglos, puede definirse como cerrada en la medida en que se demuestra incapaz de hacerse cargo de la problemática de lo imaginario, lo sagrado y la subjetividad. Esto no significa que la razón no haya sido fecunda, sino todo lo contrario. La ciencia moderna debe sus avances en el conocimiento de la realidad fenoménica a esta razón de tipo cartesiano (en cualquier caso en su metodología) o aristotélica (en su lógica). La segunda figura de la razón, más contemporánea, ha surgido en el marco del cambio de paradigma científico. Se considera más abierta, más consciente de sus limitaciones, de su finitud. No pretende atrapar la infinitud de la realidad. En esta postura intelectual, esta razón alternativa reconoce la legitimidad de otras palabras que dan sentido, para el hombre, al mundo; las palabras filosóficas, artísticas, culturales, simbólicas, poéticas, religiosas, etc.»

Así pues, en el «haber» de la posmodernidad hay que reseñar que fue ésta quien abrió las puertas a las dimensiones emocionales que la modernidad despreciaba.

No todo son diferencias entre modernidad y posmodernidad. Ambas, por ejemplo, coinciden en su oposición frontal a la sociedad tradicional. Postura que implica negación de sus instituciones —la religión, por ejemplo— y apuesta por la individualización frente a lo colectivo y lo determinado. Tampoco aprecian, cuando no desprecian, las formas de vida de aquéllas sociedades: el medio rural, la actividad económica primaria, el folclore… A cambio, tanto modernidad como su supuesta reacción, apoyan sin fisuras el formato tecnológico-capitalista, definido hoy por la sociedad postindustrial urbana y de consumo. Algunos de los antagonismos que he descrito arriba, en realidad no son tales, sino meros desarrollos o actualizaciones de un mismo paradigma. Como decía, ambos pensamientos son de marcado carácter individualista, suponiendo el posmoderno, a causa de su identidad relativista, una mayor profundización del concepto. Su subjetivismo vendría a ser un individualismo llevado al extremo. Se llega a hablar, incluso, de «segunda revolución individualista».

En cuanto a la racionalidad, bajo la apariencia de irracionalidad, en realidad, la posmodernidad lo que tiene es su propia lógica. La modernidad pretendía que ésta fuera una y objetiva. La posmodernidad las tendrá múltiples y relativas, pero racionales, o aparentemente racionales, al fin y al cabo. Así, el desafío que ejerce sobre los postulados científicos no supondrá sustituir éstos por explicaciones de tipo mítico o fantástico: su pretensión es también científica. De carácter insuficiente, cuando no impostado, lo que ocurre la mayoría de las veces, pero racional y científico a su manera. Así, la interpretación de la naturaleza que emprende la espiritualidad new age afirmará ser el auténtico y no alienado ejercicio de la física cuántica. Igual pretensión tendrán las «medicinas» alternativas o cualquiera otro de los múltiples desafíos que el new age plantea a diferentes disciplinas científicas o ámbitos de conocimiento. En realidad, este dato es de importancia, la gran mayoría de habitantes actuales de Occidente participa de ambas formas de entender la realidad (14): asumen los patrones individualistas y relativizadores de la posmodernidad, al tiempo que no dejan de tener fe en las estructuras objetivas del sistema. Viene a ser, repitiendo el ejemplo citado arriba, la persona que cuando tiene un pequeño trastorno va al homeópata o al acupuntor, pero que cuando le pasa algo más importante no duda en acudir al médico de cabecera. Cada cual tiene derecho a hacer lo que quiera, pero si te pasas un pelo llamo a la policía. Todo es mentira, mas no dejo de ir a votar cuando hay elecciones. Y mis hijos estudiarán en la universidad, por supuesto. En virtud de estos y parecidos argumentos, para muchos autores el concepto posmodernidad es incorrecto más allá de su empleo a la hora de etiquetar ciertas corrientes artísticas. El propio Bauman hablaba de «modernidad líquida»; una mera evolución adaptativa de la propia modernidad. Otros prefieren diferentes terminologías, como modernidad tardía, capitalismo cognitivo, ultramodernidad, sociedad del riesgo etc.

Me interesa especialmente el tema de cómo la posmodernidad, o como la queramos denominar, es el pórtico de entrada a una renovación del hecho religioso y místico. Relativismo epistemológico y subjetividad —a veces los efectos péndulo provocan este tipo de resultados— no podían menos que favorecer un campo abonado para lecturas espiritualistas de la realidad. La modernidad, tan empírica y materialista ella, había sido más que refractaria, no solo a la religión, comprendida como irracionalidad y denostada por su institucionalidad de tipo tradicional, sino también hacia cualquier tipo de pensamiento de carácter metafísico. La posmodernidad compartirá el rechazo a las grandes religiones, especialmente al cristianismo, en las que observa vestigios de un tipo de sociedad que desprecia profundamente pero, al mismo tiempo, será la que facilite que nuevas visiones de tipo a-racional y trascendental se conviertan en miembros de pleno derecho —para la legión de seguidores de este paradigma— del campo del saber. El nuevo hecho religioso será un fiel reflejo de las características de la corriente de pensamiento que lo ha favorecido. Se pretenderá «científico» sin serlo cabalmente. Será tolerante, múltiple, ecléctico, sincrético. Más que crear, preferirá reinterpretar y recombinar datos procedentes de las religiones y filosofías tradicionales: budismo, hinduismo, cristianismo, teosofía, medicina china… Incluso de «religiones» racionalistas de la modernidad como el marxismo o el higienismo. Como el hombre posmoderno no es ni puede ser exigente, serán confesiones carentes de moral concreta. Es obvio que la relativista ética posmoderna de la «autenticidad» tiene difícil encaje con cualquier tipo de moral normativa (15). Estarán, cómo no, enfocadas a la práctica individual. Hay quien habla de «bricolaje»: cada persona, cesta de la compra en mano, entra en la tienda self service de creencias, escogiendo las que son de su agrado y dejando las restantes, para «cocinar» su menú espiritual particular. Religiosidad «a la carta», es otra forma de definirlo. Se usa también el concepto «zapping»: las creencias no son fijas, se encienden y se apagan, mutan según los momentos vitales del individuo. Dice Lenoir: «La mayoría de las personas no busca hoy en lo religioso un medio de superarse o de transformarse frente a la alteridad, sino más bien de realizarse, de sentirse bien: en pocas palabras, se busca más el desarrollo personal, que es el imperativo de la modernidad psicológica [Lenoir no diferencia entre modernidad y posmodernidad], que la desposesión de sí mismo, que es la consigna de la espiritualidad tradicional.»

——-

Notas

5- Benito Mussolini supo insuflar en las amplias capas sociales que apoyaron su acceso al poder un sentimiento patriótico con fuertes tintes románticos. Cual si fuera una reedición de la gloria del antiguo Imperio Romano, la nueva Italia llegaba, fuerte y joven, impetuosa, a barrer y renovar todo lo viejo, toda estructura heredada y carcomida. Con pujanza y vocación expansionista, como pudieron demostrar los hechos de la conquista, primero, de Abisinia y, después, de Albania. El movimiento fue saludado con entusiasmo por el futurismo, una corriente artística italiana emparentada con el cubismo y el surrealismo, encabezada por Marinetti que, precisamente, reivindicaba la energía, la agresividad y la irreverencia como desafío a la racionalidad (podemos recordar, en la misma línea, el famoso «¡muera la inteligencia!», de Millán Astray). A la fiesta se sumó también el literato Gabriele d’Annunzio, un escritor admirado por la fuerza y decadentismo de sus obras. De forma similar puede entenderse la confluencia de temas y autores relativos a la idealización romántica de lo germano (Novalis, Hölderlin, Wagner, el mito de la raza aria…), que Hitler recogió y utilizó como engrasante ideológico de su Tercer Reich.

6- Hay quienes lo escriben con «t» —post— e, incluso, quienes reivindican la distinción semántica de hacerlo con cada una de las dos formas.

7- «La posmodernidad no es otra cosa que un grupo de personas suficientemente aburridas como para decidir huir de los datos, la razón, lo comprensible y otras cosas que podríamos valorar. (…)
Gianni Vattimo la define como una corriente de pensamiento a la que no le interesa el mundo real, sino únicamente las interpretaciones que se puedan hacer de él.»https://lavenganzadehipatia.wordpress.com/2016/10/02/lo-posmo-1-por-que-la-posmodernidad-es-una-fabrica-de-imbeciles/

8- Ted Kazinsky, en el texto ya citado, con el término «proceso de poder» se refiere a un tipo de necesidad propia de la persona de la sociedad postindustrial que, al tener resueltas de forma externa las cuestiones vitales básicas, ha de esforzarse en la búsqueda de actividades compensatorias que puedan dar sentido de algún tipo a su vida: «En la sociedad industrial moderna sólo se necesita un esfuerzo escaso para satisfacer las necesidades físicas propias. Basta un mínimo de preparación y, después, llegar puntual al trabajo y ejercer un esfuerzo muy pequeño para mantenerlo. Sólo se requiere una pequeña cantidad de inteligencia y, lo principal: simple OBEDIENCIA. Si uno tiene eso, la sociedad se ocupa de él desde la cuna hasta la sepultura. (…) Por ello no ha de extrañar que la sociedad moderna esté llena de actividades sustitutorias. Para mucha gente este tipo de actividades sustitutorias resultan menos realizadoras que el esfuerzo por finalidades reales (…) En la mayor parte de los casos, la gente que se enfrasca en estas actividades no está jamás satisfecha. Así el que hace dinero se esfuerza constantemente en obtener más y más riqueza. El científico, tan pronto ha resuelto un problema, inicia el estudio del siguiente. El fondista de larga distancia siempre tiene la meta de mejorar su propia marca. Muchas de estas personas afirmarán obtener más satisfacción de estas actividades de la que consiguen con el esfuerzo laboral “cotidiano” que les da de comer. Pero ello ocurre porque en nuestra sociedad el esfuerzo por la obtención de las necesidades biológicas ha sido reducido a la trivialidad. Más importante: en nuestra sociedad la gente no satisface ese tipo de necesidades biológicas DE FORMA AUTÓNOMA, ya que somos parte de una inmensa máquina social. En contraste, la gente goza, por lo general, de mucha autonomía para poder desarrollar sus actividades sustitutorias.»

9- Copio directamente de la Wikipedia (https://es.wikipedia.org/wiki/Teor%C3%Ada_queer , noviembre 2017): «La teoría queer es un conjunto de ideas sobre el género y la sexualidad de las personas, que sostiene que los géneros, las identidades sexuales y las orientaciones sexuales no están esencialmente inscritos en la naturaleza humana; sino que, son el resultado de una construcción social y, como tales, son formas que varían en cada persona y en cada sociedad. (…) Sostiene también que el concepto de identidad sexual (hetero/homo/bi/trans) está mistificado; resultando ficticio y limitante, pues las personas son mucho más diversas que las categorías y, en todo caso, lo que debe calificarse es cada acto, fantasía o deseo puntual y no las personas que desean, fantasean o participan.»

10- Más allá de los paradigmas culturales y estéticos dominantes —la moda, el mainstream— el sistema permite y facilita ciertas formas colectivas de diferenciarse adaptadas a distintas realidades básicas de tipo sexual, étnico, ideológico, de nivel de instrucción o económico… Así, por ejemplo, muchas personas en edad joven, o que tienen un bajo nivel de ingresos, no podrán inscribirse en el estilo de vida definido por un consumo basado en cierto poder adquisitivo. A cambio, se adherirán a identidades que, no por reactivas o «alternativas», dejan de ser igualmente consumistas y competitivas, al nivel económico que se pueden permitir sus integrantes. Sobre esta cuestión remito al capítulo «Sentirse diferentes para ser todos iguales», de mi libro «El Opio del Pueblo. Crítica al Modelo de Ocio y Fiesta en Nuestra Sociedad».

11- La posmodernidad pone en entredicho la familia nuclear monogámica, en la que ve la peligrosa supervivencia de una institución que reclama parte de renuncia personal para que funcione el proyecto común, por un lado, y —por el otro— estabilidad, compromiso y permanencia en el vínculo. Circunstancias que el contemporáneo, que no quiere ataduras, sino libertad total para su proyecto personal, soporta a duras penas.

12- Ludwig Wittgenstein (1889-1951). Filósofo, lógico-matemático y lingüista austro-británico. Abandonó una exitosa vida empresarial (habiendo sido poseedor de una de las mayores fortunas de su época) para dedicarse íntegramente al pensamiento. Autor de una sugerente obra, reflexionó ampliamente sobre las relaciones entre lenguaje y realidad. Comprendía la filosofía como herramienta para depurar los diversos lenguajes y convertirlos en instrumento capaz de aprehender y expresar fidedignamente lo real.

13- Frédéric Lenoir «Las Metamorfosis de Dios. La Nueva Espiritualidad Occidental»(2003). En este enlace puede leerse una explicación de la idea comentada: http://www.grupotortuga.com/Razon-abierta-y-razon-cerrada

14- Evidentemente, todos nosotros somos receptores de los datos de una cultura concreta, que sucede en un momento y lugar concreto y, nos guste mucho o poco reconocerlo, albergamos un paquete significativo y representativo de sus rasgos definitorios. Para el tema que venimos tratando, bajo mi opinión, hoy no existe, o sería muy raro de encontrar, un tipo de persona definido exclusivamente por uno de los dos parámetros nombrados. No obstante sí se da cierta escora de algunas personas hacia uno de los dos polos. Y cierta oposición, públicamente enfrentada, entre quienes, padeciendo cierta alergia hacia lo científico-objetivo, están siempre prestos a dar crédito a toda teoría que desafíe ese paradigma, y quienes, negando validez a toda realidad que pueda suceder fuera de lo empírico-racional, se constituyen en paladines de dicha forma de ver las cosas.

15- Lo cual choca no poco, y sería un típico efecto boomerang, con la moralidad de obligado cumplimiento, rayana en lo inquisitorial, siempre favorable al endurecimiento punitivo y a la sanción policial, judicial y social, que emana de ciertas tendencias actuales de pensamiento colectivo. En este caso, ciertos sectores del neofeminismo y el animalismo (incluso el ecologismo en algunas ocasiones) se dan la mano con los grupos conservadores que, desde siempre, han procurado un tipo de sociedad legicéntrica, a conseguir mediante la promoción mediática de las amenazas, el linchamiento social y la represión. Ésta sería una más de las muchas contradicciones que alberga la mentalidad posmoderna.

 

grupo tortuga

ShareTweetShare

Nuestro Boletín

  • Inicio
  • Estado Español
  • Insurgencias
  • Internacional
  • Artículos
  • Convocatorias
  • Editoriales
  • Publicaciones
  • Referencias y Referentes

No Result
View All Result
  • Inicio
  • Estado Español
  • Insurgencias
  • Internacional
  • Artículos
  • Convocatorias
  • Editoriales
  • Publicaciones
  • Referencias y Referentes