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DIANA CORDERO. Ormuz o la geopolítica del desastre: cómo se fabrica una crisis global

El estrecho de Ormuz asfixia al mundo… Dos mil barcos varados y 20 mil marineros en aislamiento y con escasez de alimentos, y advertencias de una crisis agrícola mundial debido a la pérdida de un tercio del comercio de fertilizantes y la detención de la navegación internacional Jamal Bet

in Artículos
DIANA CORDERO. Ormuz o la geopolítica del desastre: cómo se fabrica una crisis global

Lo que plantea Wesley Clark no es una anécdota técnica: es una grieta en el relato de la omnipotencia militar. Cuando un excomandante de la OTAN admite que reabrir el estrecho de Ormuz por la fuerza sería “mucho, mucho más difícil” que asfixiar económicamente a Irán, lo que está diciendo —sin decirlo del todo— es que el mundo está entrando en una fase de descontrol donde las herramientas clásicas de poder ya no garantizan resultados.

Porque Ormuz no es un simple paso marítimo: es una válvula del sistema capitalista global. Por ahí circula cerca de una quinta parte del petróleo del planeta. Interrumpir ese flujo, aunque sea parcialmente, no es solo un problema energético: es una onda expansiva que atraviesa precios, transporte, alimentos y estabilidad social. Y aquí aparece la dimensión más inquietante de la frase de Clark: para Irán, esa capacidad de interrupción puede ser “más útil que un arma nuclear”. No porque destruya más, sino porque desestabiliza más, de forma sostenida y con menor coste político inmediato.

Esto rompe una idea muy instalada: que la mayor amenaza es siempre la más espectacular, la más visible, la más apocalíptica. No. A veces la verdadera arma es la que erosiona lentamente las condiciones de vida de millones de personas sin ocupar titulares durante semanas. El encarecimiento de la energía se traduce en inflación, la inflación en pérdida de poder adquisitivo, y eso —en contextos ya frágiles— deriva en hambre, migraciones forzadas y colapso social.

De hecho, organismos como la FAO llevan días advirtiendo de un escenario de agravamiento de la inseguridad alimentaria global. No estamos hablando de hipótesis lejanas, sino de dinámicas en curso. Cada tensión en Ormuz añade presión a un sistema alimentario ya tensionado por guerras, cambio climático y desigualdad estructural.

Y aquí es donde el discurso oficial hace agua. Se habla de operaciones quirúrgicas, de control de daños, de estabilidad regional. Pero la realidad es otra: una cadena de decisiones políticas y militares que, lejos de contener el conflicto, lo expanden en forma de crisis global. Las víctimas no son solo las que dejan las bombas; son también las que no pueden pagar el pan, las que ven desaparecer sus medios de vida, las que quedan atrapadas en una espiral de precariedad sin salida.

La advertencia de Clark, leída en profundidad, es casi un reconocimiento de impotencia: incluso la mayor maquinaria militar del planeta tiene límites frente a un escenario donde geografía, economía y conflicto se entrelazan. Y cuando esos límites se alcanzan, quienes pagan el precio no son los centros de poder, sino las periferias del mundo.

Hay algo profundamente obsceno en todo esto: la normalización de un riesgo sistémico que se gestiona como si fuera una partida estratégica. Pero no es un tablero abstracto. Es la vida concreta de millones de personas la que está en juego. Y lo que se está configurando no es solo una crisis puntual, sino un patrón: el uso del caos como herramienta, aunque sus consecuencias sean, literalmente, ingobernables.

Imagen de portada:  Bajo la calma del mar, la amenaza: el flujo de petróleo que sostiene el sistema global navega entre la militarización y el conflicto. En Ormuz no solo se juega una guerra, sino la fabricación de la próxima crisis global.

KAOSENLARED

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