“Puedo hacer lo que quiera con Cuba, ya sea que la libere o la tome”.
Donald Trump
“Bombardear un hospital o una escuela no es un ‘error de cálculo’. Matar a un paramédico no es ‘daño colateral’. Dejar morir de hambre a un civil no es ‘táctica de negociación’. Son crímenes de guerra. Hay que llamarlo por su nombre. Punto final”.
Tedros Adhanom Ghebreyesus, director general de la OMS
“Está en el escenario, improvisa sobre la marcha y está muy orgulloso de esa habilidad”.
Michael Wolff, biógrafo de Trump
La historia humana no puede explicarse por “grandes hombres”. Simplemente porque no hay “grandes hombres”. Eso no existe. Simplemente hay seres humanos, en un sentido más o menos iguales todos (en lo biológico) y con similares problemáticas psicológicas (más o menos adaptados o desquiciados, con un poco más o menos de angustia, pero en definitiva funcionales en su medio), y sin especiales diferencias significativas, salvo el caso de superdotados, genios (personajes “raros”, especialmente inteligentes o talentosos, que pueden ver y hacer lo que las mayorías no podemos: un Aristóteles, un Confucio, un Mozart o un Einstein). Convengamos que, en general, nos movemos todos en una media aproximadamente igual. Eso es ser normal, en definitiva.
En el orden político, entendido como el ámbito de la conducción de las sociedades, no hay esos superdotados. Por el contrario, alguien con excepcionales características intelectuales presenta un profundo pensamiento crítico, analítico, siempre en búsqueda de una verdad suprema, por lo que jamás se dedicará a esa forma de la política. Allí lo que se requiere es gente atrevida, audaz, bastante mentirosa, fascinada por el ejercicio del poder. Por tanto, la búsqueda inquebrantable de las verdades (como en las ciencias, la filosofía, las artes) le sale sobrando. En ese ámbito solo cuenta la manipulación artera, el discurso engañoso, la tergiversación y el embuste. “Estos son mis principios, y si no le gustan…., aquí tengo otros”, satirizó eso Groucho Marx. De hecho, esos supuestos “grandes hombres” tomadores de decisiones que “hacen” la historia, ni son tan grandes ni son ellos los que, realmente, hacen la historia. La historia es un movimiento dado por las masas, por las luchas de clases que jalonan los cambios sociales. Esos “grandes hombres” son sus ejecutores.
Además, quienes ejercen el poder en el ámbito de las relaciones sociales, en la arena política, en la toma de grandes decisiones (políticas o empresariales) deben tener algo de un talante “psicopático” que les permita, por ejemplo, declarar una guerra, o bombardear un hospital. Gautam Mukunda, investigador sobre el tema de liderazgo de la Universidad de Harvard, publicó en la revista Forbes que: “Las personas con niveles elevados de rasgos psicopáticos no necesitan ser asesinos en serie para ser peligrosas. Un director ejecutivo que miente sin escrúpulos, está puramente motivado por sí mismo y no tiene restricciones éticas. (…). Desafortunadamente, esta peligrosa combinación de rasgos no es poco común en los escalones superiores del mundo corporativo [y de la esfera política]. De hecho, Babiak y Hare estiman que entre los ejecutivos corporativos, la tasa general de psicópatas es del 3,9%. En general, cuanto más alto se llega en una organización, más frecuentes son los psicópatas. La tasa es mucho más alta entre los directores ejecutivos: de hecho, el consenso entre los investigadores es que los directores ejecutivos tienen casi la misma probabilidad que los presos de ser psicópatas. (Entre los presos, los liberados condicionalmente y los que están en libertad condicional, la tasa es mucho más alta, y un estudio estima que el 25% son psicópatas). Una estimación encontró que el 21% [de los directores ejecutivos estadounidenses] tienen niveles clínicamente elevados de psicopatía.” Ese nivel de psicopatía puede encontrarse entre muchos de quienes ejercen altos cargos políticos, donde su toma de decisiones puede impactar muy negativamente en la vida de miles o millones de otros congéneres, sin que les importe en lo más mínimo la vida del otro. (Rever los dos epígrafes).
Por tanto… ¡nada de “grandes hombres”! En todo caso, inescrupulosos y aventurados matones con enormes cuotas de poder (¿psicópatas?). Vale la pena recordar el profundo poema de Bertolt Brecht “Preguntas de un obrero que lee”. Sucede, sin embargo, que algunos de esos personajes son particularmente “raros” (por no decir: particularmente manipuladores, asesinos, sin la más mínima empatía por el otro, descarados, abusadores). El ahora tan mediático Caso Epstein puede explicar cómo son esos “grandes hombres”. Véase al respecto el muy acucioso análisis que formula Renán Vega Cantor: “Lo que muestran los Archivos Epstein es la quiebra moral del capitalismo y del imperialismo en su fase terminal. Es como si estuviéramos regresando a la decadencia del imperio romano, en donde reinaba Calígula (por eso a Donald Trump se le podría calificare de neo-Calígula)”.
Insistamos: ¡no son tan “grandes” sino que pueden resultar peligrosos sujetos explicables desde la psicopatología que, por disponer de grandes cuotas de poder, a veces se tornan preocupantes problemas sociales. Pero paradójicamente las clases dominantes necesitan de estos “locos”: para declarar una guerra, por ejemplo, para cometer las más grandes tropelías (genocidios, esterilización forzada, y un largo y patético etcétera), que luego se maquillan como “heroicas” decisiones, duras pero imprescindibles: “Le damos gracias a Dios porque esto [la bomba atómica] haya llegado a nosotros antes que a nuestros enemigos, y rezamos para que Él nos pueda guiar para usarlo según Su forma y Sus propósitos”, pudo decir sin ninguna vergüenza el presidente estadounidense Harry Truman. Son locos enfermizos, desquiciados, desequilibrados mentales…, pero el poder los necesita, por ejemplo, para ser torturadores.
Las clases dominantes, es decir: quienes detentan el poder en las sociedades clasistas, lo ejercen sin miramientos. En el capitalismo, ni siquiera tienen que dar la cara directamente; para eso existe este ejército de tecnócratas conocidos como políticos profesionales. Es decir: los burócratas -que, habitualmente, no son parte de la élite, sino que trabajan para ella- de saco y corbata, o tacones y lujosas joyas, que manejan las palancas de los Estados. Algunos de esos “administradores” -capataces de la finca- destacan particularmente por sus estilos singulares. Si son los mandatarios de países no tan “importantes” (Abdalá Bucaram en Ecuador, Javier Milei en Argentina), simplemente se los ve como “desquiciados”. Si es el presidente de la principal potencia capitalista, como Donald Trump, es intocable. Insultó al idioma español, el que es la lengua materna de casi todos los mandatarios súbditos en la reciente firma del Escudo de las Américas, y todos sonrieron nerviosos sin presentar objeción. ¿Actuarían igual si quien pronunciaba ese exabrupto fuera, por ejemplo, el presidente de Haití?
De Donald Trump no debe olvidarse que es un reo convicto, juzgado y sentenciado por numerosos delitos (más de 20 ilícitos), dos de ellos muy graves, de naturaleza federal: intento de golpe de Estado en el 2021 -ataque al Capitolio- y manejo ilegal de documentos oficiales secretos de seguridad nacional. En relación a esas dos faltas sumamente graves, que merecerían cárcel, gracias a arteras manipulaciones jurídicas no cumplió ninguna pena, asumiendo igualmente la segunda presidencia en una situación de completa irregularidad. A poco tiempo de asumir, los jueces que llevaron adelante esos juicios -pertenecientes al Partido Demócrata- fueron cesanteados. Si eso sucede en algún lugar del Sur (los “países de mierda”, según consideración nada edificante de Trump) eso sería un escándalo de corrupción y atentado a la democracia. Como sucede en Estados Unidos, nadie dice una palabra. ¿Eso no se llama impunidad? Pero…. ¿dónde está el límite entre impunidad y locura?
Hitler era un “loco”, pero la clase dominante alemana de ese entonces le dio el beneplácito, y si bien era un payasesco personaje -cabo del ejército y de origen austríaco-, los grandes capitales germanos lo permitieron, porque les fue funcional, ascendiéndolo a la categoría de Führer. Con Trump pasa algo así. Su estilo extravagante, agresivo, rayano en la más absoluta impunidad, se conjuga funcionalmente con lo que la clase a la que representa busca: enfrentarse a China, parar el avance del gigante asiático -o retrasarlo todo lo posible- y seguir ejerciendo su hegemonía mundial hasta donde se pueda. Las “locuras” de Trump se encajan perfectamente con ese proyecto: “La paz por la fuerza”, por ejemplo.
“Locos” en el ejercicio del poder ha habido siempre. Quizá uno de los más conspicuos fue el emperador romano Calígula, quien en el siglo I de nuestra era gobernó el inconmensurable Imperium de Roma por espacio de cuatro años. Su figura quedó maliciosamente agigantada por historiadores que relataron su vida, siempre desde una posición de enfrentamiento político, por lo que mucho de lo que se sabe de él y su obra puede estar deformado, exagerado, tergiversado. La historia, definitivamente, la escriben los que ganan, y el Senado ganó esa pugna política, pues terminó asesinándolo. Por eso escribió su historia negra, aunque seguramente inspirada en sus desmanes.
Si algo se sabe de Calígula es que fue un un emperador extravagante y sexualmente depravado, que se veía a sí mismo como un dios viviente, que cometía excesos como asesinar a un niño pequeño porque tosía demasiado, que mantenía relaciones sexuales con sus tres hermanas, asesinando a una de ellas, embarazada de él, comiéndose luego al feto, y que llegó a acostarse con su abuela Antonia, que lo había criado. Por lo pronto se le acusaba de alardear de mantener relaciones sexuales con las esposas de sus súbditos, de torturar y matar por pura diversión, de provocar una hambruna en Roma al gastar desmedidamente en la construcción de un puente en su honor y de querer erigir su propia estatua en el Templo de Jerusalén para ser adorado por todos, también por los judíos, lo que ocasionó una revuelta que hubo que sofocar. Según los historiadores, trató a sus súbditos con desprecio y desdén, gobernando como un dictador implacable y despreciando al Senado, llegando al colmo de nombrar senador a su caballo Incitatus. Hoy día historiadores modernos interpretan ese gesto no como una locura delirante sino como un acto político de humillación y burla hacia el Senado, demostrando que incluso un animal podía ocupar un cargo que él consideraba insignificante. Pero el Senado, a la postre, lo mató por medio de una conspiración. Idi Amín, en Uganda, también cometía “locuras”: comía vísceras de sus enemigos políticos, a quienes mandaba a matar. Pero los poderes que lo colocaron en su trono lo permitían. Otro tanto sucedió con los talibanes en Afganistán: “locos” fundamentalistas de una misoginia frenética, pero útiles a quienes los colocaron allí?
¿Estamos hoy, con Donald Trump en la Casa Blanca, ante un Calígula, versión 2.0? Si vemos muchas de sus erráticas acciones (que recuerdan al caballo-senador de Calígula: aranceles creadores de más problemas que beneficios, declaraciones explosivas, guerras no autorizadas llevadas adelante en base a la improvisación, deportaciones ilegales masivas que acarrean problemas económicos por falta de mano de obra, alegrarse de la muerte de alguien -la de Robert Mueller, ex director de la FBI, por ejemplo-, su cara en una moneda de oro, con una asesora espiritual que se dedica a destruir “altares demoníacos” que se erigen en la Casa Blanca para atacar al presidente, con exabruptos al por mayor –“¡Cállate cerdita!” a una periodista- y un considerable y cuestionable etcétera), pero más aún, si leemos los desclasificados archivos Epstein -donde aparece el mandatario, aunque haya un intento frenético por ocultarlo-, podríamos decir que sí. ¿Es esto el preámbulo de la caída del actual imperio? Quizá.
Marcelo Colussi
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