Cuba y Venezuela no están sometidas a dos agresiones distintas, sino a una misma ofensiva imperial contra las dos naciones socialistas hermanas. En ambos casos se emplea la U. S. Navy (la Marina de Guerra de los Estados Unidos) para aislar a los países y someterlos por hambre, como en un sitio medieval. Después de vendernos milongas sobre “el libre mercado”, se impide a los petroleros venezolanos comerciar con Cuba. Destructores yanquis vigilan las costas de Cuba y Venezuela, cerrando el paso de manera pirata, tiránica y fascista.
En este contexto, las redes controladas por el imperio pretenden poner de moda teorías que se inscriben en una guerra psicológica promovida para intentar dividir a los movimientos revolucionarios. La tesis de la “traición venezolana” ha circulado con la ligereza propia de Internet. Ya desde el primer momento se especuló, sin la menor prueba y de manera irresponsable, con la idea de que Maduro “había sido entregado”. Ahora sabemos que en la operación murieron 32 militares cubanos y 42 militares venezolanos (además de 41 civiles venezolanos). Fue clave el factor sorpresa, el desconcierto y la abrumadora superioridad militar y tecnológica del agresor. Y confundir las cosas solo favorece el relato triunfalista del enemigo. De hecho, si el objetivo del ataque era liquidar el proyecto bolivariano, no lo consiguió: el poder que se pretendía derribar sigue siendo el único interlocutor inevitable y el núcleo del proceso permanece en pie.
Luego se quiso negar en las redes, y contra toda lógica, que Cuba estuviera negociando. A día de hoy el propio Díaz-Canel ha confirmado que se negocia con los EE UU. Y bien que hacen. Cuba y Venezuela están haciendo, en lo esencial, lo mismo: negociar bajo coacción, aceptar cesiones parciales y ganar tiempo para impedir una derrota total. Además, hay que distinguir entre el gobierno, el poder del Estado y el poder popular. Puede haber concesiones en el plano gubernamental, sin que por ello se disuelva el aparato político y militar, así como el poder popular y comunal, que sostiene estos procesos.
Es comprensible una estrategia de supervivencia nacional frente a un bloqueo que busca el caos y la destrucción total del Estado. En unas condiciones extremas, en las que EE UU podría bombardear Caracas o La Habana sin la oposición de ninguna potencia militar, maniobrar no implica ninguna traición, sino que constituye un modo de ganar tiempo, evitar el colapso y esperar un cambio en la correlación de fuerzas (quizá a la interna del propio régimen estadounidense) que permita retomar la iniciativa. Ya lo dijo el presidente Juan Negrín: “Resistir es vencer”. También la joven revolución soviética aceptó enormes concesiones en Brest-Litvosk para ganar tiempo. Vietnam combinó negociación y combate, sin por ello claudicar. La propia Revolución cubana ha atravesado distintos ciclos de diálogo y “periodos especiales”, sin abandonar su proyecto revolucionario.
Cuando la relación de fuerzas es desfavorable, el repliegue táctico está justificado. En “Acerca de los compromisos” (1917), Lenin ironiza sobre los sectores supuestamente “consecuentes” que rechazaban toda posible concesión, concluyendo que “es absurdo renunciar a cobrarse la deuda por partes”. Y añadiendo que la tarea de un partido revolucionario consiste en atravesar los compromisos inevitables sin abandonar sus principios. Por eso, cuando Cuba y Venezuela negocian bajo amenaza, cediendo en determinados aspectos, la izquierda no debería añadir un segundo cerco —el de la sospecha, la soberbia y la acusación precipitada desde el sofá— al asfixiante cerco que ya padecen. Lo que nos toca es mucho más sencillo y crucial: poner la lupa no en el agredido, sino en el agresor. Denunciar —y con esto ya tenemos línea política de sobra para hacer lo que nos corresponde— al régimen estadounidense por genocida, parásito y criminal. Y dejar claro a nuestros hermanos cubanos y venezolanos que somos leales siempre y que no estamos aquí para criticarlos, sino que desde la retaguardia del agresor trabajaremos incansablemente para levantar ese cerco imperialista que mientras exista, inevitablemente, podrá palos en la rueda al desarrollo de sus procesos.
