El pasado martes las y los trabajadores de las cuatro provincias del sur de Euskal Herria estábamos convocados a la huelga general. El titular puede resumirse en grandes manifestaciones que contrastaban con un seguimiento más que modesto de los paros en los centros de trabajo, con una normalidad prácticamente total fuera de las capas movilizadas. Ante este clamoroso contraste entre el aspecto movilizatorio y la huelga como tal, la cuestión es: ¿Es legítimo instrumentalizar así la huelga general como reclamo para movilizaciones multitudinarias? ¿A qué precio?
Por ello, a la hora de valorar si la huelga general en su globalidad ha supuesto un éxito o no, convendría responder para quién y para qué. En el caso de los principales convocantes ELA y LAB, que ya venían anunciando su éxito a priori desde antes del día 17, ha terminado por confirmarse la profecía autocumplida. Y es que pareciera que el objetivo no iba mucho más lejos de la propia escenificación de la huelga más que su realización efectiva. Confundir torticeramente un éxito de movilización que nadie niega con el supuesto éxito de la huelga no hace sino confirmar esta peligrosa lectura.
Más allá de las diversas valoraciones de parte, no podemos entender los resultados que finalmente se han dado sin analizar más en profundidad las causas de los mismos. Y es que, para muchos esta convocatoria ha sido difícilmente comprensible, como un planteamiento unilateral de las cúpulas de los grandes sindicatos, de huelga desde arriba, mediante modos burocráticos y respondiendo a intereses particulares. Tanto es así que, la extrañeza que ha podido producir en amplios sectores obreros que la han percibido como ajena tiene mucho que ver con que no ha supuesto ni un hito en un ciclo previo de luchas, ni tampoco la respuesta a alguna cuestión candente, faltando el termómetro en los centros de trabajo. Esta imposición de la agenda corporativa de las cúpulas sindicales ha condicionado de manera evidente el resultado obtenido.
Además del propio sesgo del planteamiento como tal desde la convocatoria inicial, conforme han pasado los meses y se acercaba la fecha se ha ido confirmando la irresponsabilidad en la gestión de la huelga por parte de las centrales convocantes, que se han desentendido negligentemente la generación de un contexto favorable suficiente. Era un secreto a voces que no se palpaba un ambiente de huelga general. Las capacidades de sus enormes estructuras compuestas por miles de liberados, delegados y afiliados no han sido activadas a la altura de lo que se podría esperar de ellas para semejante tarea. La desidia de gran parte de sus bases a la hora de no sólo informar sino de organizar la huelga en los centros de trabajo, salvada por honrosas excepciones de implicación militante que es preciso reconocer, no han sido sino el síntoma de un problema estructural cuya raíz hay que buscar en las direcciones sindicales y sus decisiones conscientes. Que de hecho han pasado hacia abajo de sus estructuras la patata caliente de sacar adelante esta huelga, lo cual han hecho a trancas y barrancas. Es más, la tendencia se ha roto de manera esperanzadora justo en aquellos lugares donde ya había dinámicas de movilización y conflicto reales previas e independientes a la propia huelga general. Porque la paz social y la pasividad dominantes en la clase trabajadora son una realidad, sí, pero esta se puede bien alimentar o bien combatir. Y es ahí, en el cómo, donde podríamos tener debates enriquecedores en torno al significado de organizar.
Gran parte de estos elementos se pueden rastrear ya en convocatorias huelguísticas anteriores que si bien tenían un carácter más nítidamente político y con menor protagonismo sindical –feministas, por Palestina…-, se han replicado una vez más en esta ocasión. Hablamos de todo un modelo devaluado de huelga general que se viene desarrollando durante los últimos años, que está llegando a extremos preocupantes para todos aquellos interesados en el desarrollo de un movimiento obrero fuerte e independiente. Se trata de una primacía del elemento simbólico y la movilización frente a una intención real y objetivo de interrumpir la producción y bloquear el país de manera efectiva, que es de lo que se trataría. Un modelo de huelga en el que la adhesión depende de la conciencia individual y no de la fuerza, organización y presión colectivas. Que por ello alimenta discursos liberales desclasados y da alas al esquirolaje. Y que en definitiva, hace una nefasta pedagogía de lucha y degrada una herramienta histórica de lucha de la clase trabajadora. Lo cual deja un poso de desafección, derrotismo y desmoralización obrera, especialmente entre sus mejores elementos combativos.
En el caso del 17M, además de los intereses corporativos de las propias centrales sindicales, era legítimo preguntarse el clásico cui prodest, a quién beneficiaba esto. A nadie se le escapa el eterno clima preelectoral que vive la Comunidad Autónoma Vasca, donde EH Bildu aspira ya a superar al PNV. Abanderar la reivindicación de competencias autonómicas de tipo social es ciertamente un jugoso trofeo para catapultarse a la lehendakaritza, además de erigirse en el representante político que materializaría las demandas sindicales. Y el protagonismo que han tomado la vía parlamentaria y mediática a las que se ha subordinado la táctica sindical y en las que se ha agotado ya desde antes del día 17 frente a la vía de la confrontación sostenida con la patronal, no hacen sino confirmar estas sospechas. Juego este que no sorprende en el caso de LAB, pero que sí lo hace en el de ELA, cuyo pretendido modelo de autonomía sindical y contrapoder no casa muy bien con hacer de la huelga general un simple apéndice del parlamentarismo, so pena de quedar aislada en caso contrario. El escaso recorrido legislativo real del tema, al fin y al cabo en manos del PSOE en Madrid, así como las dudas en torno a la continuidad de la dinámica sindical, termina de recordarnos lo impostado de toda esta operación.
Ante este panorama, las y los comunistas decidimos jugar con responsabilidad haciendo un llamamiento propio a la huelga general, para la cual no faltaban razones. Forzados ciertamente por la coyuntura, cierto es, pero sin por ello dar carta blanca ni alimentar un planteamiento cerrado que se nos hacía imposible compartir. Marcando distancias con las formas y el contenido de los grandes sindicatos, pero aportando en positivo y de manera constructiva. Tratando de hacer escuela de lucha, tanto desde el territorio como también en los centros de trabajo, humildemente en base a nuestras limitadas capacidades actuales. Muy conscientes de los retos a futuro que nos marca organizarnos en la producción, ya que precisamente ahí no somos hoy por hoy capaces de darle la vuelta a la dinámica despolitizadora de la que alertamos. Apostamos además por confluir en unas movilizaciones que han sido más que meritorias con sectores sindicales también críticos, promoviendo una necesaria alternativa en pos de la construcción de un movimiento obrero independiente y activando a sectores combativos en torno a ello. Conscientes de estar en minoría, pero priorizando los intereses globales de la clase obrera en general, como no podía ser de otra manera. Y en concreto, dignificando y defendiendo la huelga general como herramienta de lucha patrimonio de todo el proletariado. Cuestiones que lejos de pretender patrimonializar, apelamos a que sean tenidas en cuenta por los sindicatos, en un llamado a la reflexión. Pues entendemos que el daño que produce este degeneración deliberada de la huelga nos afecta a todos en la medida en que destruye las condiciones para la lucha.
Consideramos sinceramente que hemos estado en lo correcto aunque sin razones para el triunfalismo, al igual que se lo señalamos al resto. Ya que en cualquier caso, esta experiencia nos reafirma una vez más la necesidad de continuar el largo camino de construcción de la independencia de clase, que ponga las condiciones para la lucha en defensa de los intereses inmediatos hoy unida a la emancipación como clase del mañana.
