Hace apenas unas horas de este pasado día —27 de febrero de 2026, Donald Trump lanzó desde la Casa Blanca una frase que recorrió el mundo en cuestión de horas: «Quizás tengamos una toma amistosa de Cuba. Muy bien podríamos terminar teniendo una toma amistosa de Cuba».
Las palabras fueron dichas ante reporteros mientras abordaba el Marine One rumbo a Texas. Sin elaborar qué significa exactamente esa «toma amistosa», Trump afirmó que el gobierno cubano «está hablando con nosotros», que «no tienen dinero, no tienen nada», y que Marco Rubio —conocido por su línea dura— lleva el tema «a muy alto nivel».
El contexto que Trump no dijo:
Lo que sí ocurrió en estas semanas es bien conocido: Washington ordenó un bloqueo energético total contra Cuba tras la operación militar que capturó al presidente venezolano Nicolás Maduro en enero —aliado histórico de La Habana—. Un panel de expertos de la ONU calificó ese bloqueo de combustible como «una forma extrema de coerción económica unilateral que viola el derecho internacional». Las Naciones Unidas han advertido sobre el riesgo de un colapso humanitario inminente en la isla. Más de 40 organizaciones civiles estadounidenses enviaron hoy mismo una carta al Congreso calificando las políticas de Trump como «castigo colectivo» y violación del derecho humanitario internacional.
Lo que hay detrás de la frase:
«Toma amistosa» no es un concepto jurídico ni diplomático: es una construcción deliberadamente ambigua. Sugiere «cambio» sin nombrar invasión; normaliza la idea de que EE.UU. puede «administrar» el destino de una nación soberana. Es el lenguaje del mercado corporativo —donde una empresa «toma» a otra— aplicado a un país. Es, en esencia, cambio de régimen con otro nombre.
El vicecanciller cubano Carlos R. Fernández de Cossío respondió hoy en redes que «el embargo de combustible de EE.UU. contra Cuba se mantiene en plena vigencia como forma de coerción colectiva» —aunque el post fue eliminado poco después, en lo que algunos interpretan como señal de una diplomacia en movimiento—.
Cuba ha sobrevivido más de seis décadas de bloqueo, invasiones, sabotajes y presiones. La Revolución no es un activo corporativo en venta ni una nación en quiebra esperando un «rescate». Es un pueblo que ha demostrado, una y otra vez, que su soberanía no se negocia en las escalerillas de un helicóptero presidencial.
Cuba no está en venta. Cuba no se rinde. Cuba resiste.
