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KARLA PISANO. La falacia de los frentes electorales antifascistas

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KARLA PISANO. La falacia de los frentes electorales antifascistas

Se nota, se siente, el clima pre-electoral está presente. Aupado por los principales medios progresistas del Estado, Gabriel Rufián,  portavoz de Esquerra Republicana de Catalunya en el Congreso y servidor político de sí mismo, lanzaba una propuesta de unidad electoral a los partidos a la izquierda del PSOE. Propuesta para una candidatura electoral de ámbito español que, pese a nacer ya muerta, ha recibido gran atención mediática y ha obligado a los partidos de izquierdas a pronunciarse sobre su posición al respecto de un hipotético Frente Popular para “frenar el fascismo”. Antes de todo, el aborto de iniciativa de Rufián y la atención recibida hay que entenderlos por lo que son: como el intento del PSOE por poner algo de orden en su espacio a la izquierda, por unificar esa sopa de siglas plagada de personalismos y guerras de rapiña, y asegurarse su muleta ante el previsible descalabro electoral. Pero, aunque aborto político, el movimiento de Rufián ha precipitado algunas declaraciones que son dignas de análisis. Me refiero, principalmente, a la negativa tajante de EH Bildu, que además de despachar rápidamente la opción de un frente electoral español –algo previsible y lógico– añadía que su principal objetivo era crear un Frente Nacional junto al PNV. El partido jeltzale respondía apresuradamente mediante Aitor Esteban que, tirando de refranero, se negaba en redondo: “A otro perro con ese hueso”.

Entonces, ¿por qué dedicar un artículo a unos frentes electorales que previsiblemente, no verán la luz? Pues porque, aunque no fructifiquen, la lógica política que impera es esta: la del malmenorismo y los frentes electorales. Los próximos meses los partidos de izquierda y nacionalistas se chantajearán mutuamente zarandeando la bandera de la unidad; más interesados en el uso político de la negativa del adversario que en la unidad misma. Pero además, todos nosotros seremos chantajeados. Malditos abstencionistas, activos y pasivos, por nosotros ganará la derecha. La cosa es encontrar siempre la paja en el ojo ajeno –ya sea en el partido que niega la unidad o en el abstencionista irresponsable– y evitar encontrar en uno mismo el rosario de errores que nos ha conducido hasta aquí. Los próximos meses escucharemos y leeremos mucho estas palabras: unidad, frentes amplios, frentes populares, Dimitrov, frente nacional… Y para poder situarnos en estos debates, creo importante señalar dos grandes falacias sobre las que se construye el uso político actual de estos términos.

En primer lugar, un frente antifascista o un frente nacional, implicaría que el agente político más fuerte que conforme dicho frente tuviera un interés y un compromiso férreo para con el antifascismo o la independencia nacional. Si esta condición no se diese, estaríamos hablando de una unión de debilidades que acabarán por subordinarse sistemáticamente al partido liberal o socialdemócrata. Cabe recordar que, cuando en el período de entreguerras se discutía sobre la posibilidad de estos frentes, se hacía sobre la base de la existencia de un Partido Comunista que pudiera determinar el campo de fuerzas en favor de los intereses del proletariado. Por lo tanto, cuando EH Bildu, Sumar o Podemos hablan de frentes populares, o bien consideran erróneamente que ellos son el Partido Comunista –nótese la ironía– o bien prefieren prescindir de todas las tareas políticas necesarias para construir esa condición necesaria, y abocar a gran parte de la clase trabajadora a un pacto de subordinación con los partidos de la burguesía.

La fórmula solo puede llevarnos a la subordinación absoluta al programa del ala liberal de la burguesía. Pero, además, ocultan el carácter real de estos partidos: EH Bildu insiste machaconamente en que el PNV y el PSE no tienen nada en común; que sus pactos de Gobierno tienen como única función desplazar a EH Bildu y que lo que tendría más sentido es una gobernanza a tres bandas que pivotara al rededor de la izquierda nacionalista. Es decir, pactos por políticas soberanistas con el PNV y pactos por políticas progresistas con el PSOE. Esta simple falacia reside en la caracterización de ambos partidos, ni el PNV es esencialmente independentista ni el PSOE es esencialmente progresista. Más aún, no pueden ser compañeros de viaje ni vectores principales de una alianza antifascista cuando ambos están activamente aplicando medidas autoritarias. Los ejemplos son innumerables: las penas de cárcel por hurtos de menos de 400€ aprobadas por el PSOE y apoyadas por el PNV; la ley de extranjería europea más restrictiva de la historia reciente, impulsada por el PSOE; la aplicación de la agenda bélica otanista por parte del PSOE y bien recibida por el ansioso tejido industrial jeltzale; o el giro reaccionario del PNV, que tiene como últimos actos la publicación del origen de las personas que cometan delitos en Donostia o el pacto entre el PNV y el PSOE para limitar aún más el alcance de la moratoria de los desahucios.

¿Cómo puede plantearse un frente electoral antifascista que dependa de aquellos partidos que están activamente llevando a cabo la ofensiva política y económica contra la clase trabajadora y, en última instancia, allanarán el camino al Estado autoritario? El árbol no debe impedirnos ver el bosque: el objetivo de las oligarquías en esta fase de crisis capitalista no es ésta u otra iniciativa electoral de extrema derecha, sino las reformas que efectivamente hacen falta para aumentar el control sobre la población y los procesos productivos; que ésto se haga con una esvástica en el brazo o con una rosa en la mano, depende de las fuerzas históricas de oposición que se puedan articular. Si el peaje a pagar pasa por callar –o mostrar leve oposición– ante las reformas autoritarias del PSOE o del PNV, entonces es un peaje demasiado caro. Además, hace falta un poco de memoria histórica para no fiarse lo más mínimo. No hay más que mirar al Parlamento de la Italia prefascista para ver que, a la hora de la verdad, estos partidos nos dejarán siempre en la estacada. En definitiva, los gobiernos burgueses pasan por una etapa preparatoria, en la que las medidas reaccionarias facilitan el ulterior acceso del fascismo al poder. Luchar contra el fascismo es luchar también contra estas medidas y quien no lo haga con determinación y ahínco, está contribuyendo de una forma u otra al ascenso del fascismo.

En segundo lugar, otra falacia consiste en situar el debate sobre los frentes antifascistas en el ámbito puramente parlamentario y electoral. Tal cosa es ajena a la historia del movimiento obrero y a la labor militante y política que miles de personas realizaron contra el fascismo en la primera mitad del siglo XX. Nunca se trató exclusivamente de sumar votos, sino de crear y extender la unidad de acción entre la clase trabajadora. El resultado de las alianzas nunca sería solamente la suma de escaños, sino la multiplicación de las fuerzas sociales contrarias al fascismo, fruto de una labor incansable de organización y pedagogía política. Hoy, en cambio, toda la aritmética de la izquierda parlamentaria es una suma a cero. Mientras los cuadros fascistas están ahí afuera moldeando cada vez más conciencias y organizando a sus efectivos, los partidos socialdemócratas no tienen nada más que ofrecer que una suma de debilidades. Y la causa del triunfo rotundo del marco reaccionario no hay que encontrarla solo en la superioridad de sus medios –financiación, medios de comunicación, discurso violento más adaptado a las redes– sino en la incapacidad de forma y de contenido de la socialdemocracia para enfrentar las causas estructurales que posibilitan la aparición del fascismo.

El fascismo aparece con todo su sentido histórico en el marco de la crisis capitalista: como modelo de gestión autoritaria para la burguesía y como marco de rechazo a la política parlamentaria para la clase trabajadora empobrecida. La socialdemocracia actual no puede enfrentar ni en forma –electoralismo– ni en contenido –reformismo– la vigorosidad del proyecto autoritario. No puede sustituir el sentido que éste ofrece. El marco reaccionario crece fuera y contra el espacio parlamentario, busca formas de expresarse y de organizarse que son profundamente antiparlamentarias. Además, el marco reaccionario ofrece un horizonte de bienestar material que, aunque limitado a pocos sectores, es más plausible que el caduco horizonte redistributivo. Por lo tanto, la correlación de fuerzas hay que construirla urgentemente fuera del arco parlamentario. Quienes entienden la política desde la óptica parlamentaria se estrujan los sesos en reinventar fórmulas para repartir un pescado que escasea, y quienes creemos en un modelo militante, invertimos todo lo que tenemos en aumentar los bancos de peces. Las opciones del comunismo no son las que se expresan en votos, sino las que las fuerzas militantes del comunismo sean capaces de construir. La forma de los comunistas –la militancia desinteresada que impregna el tejido social– y el contenido –la destrucción de la sociedad de clases y la instauración de un sistema de bienestar universal– sí tienen la potencialidad de construir un movimiento obrero fuerte, realmente antifascista, profundamente internacionalista y con la capacidad de decidir y determinar sus alianzas.

(Diario Socialista)

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