Las mentiras más descabelladas para justificar sus aventuras imperiales son norma común en Washington. No importa si el gobernante de turno es demócrata o republicano (es como decir: Coca-Cola o Pepsi-Cola: es la misma “cosa”…., por expresarlo sin improperios), sus políticas injerencistas no varían. A lo largo de la historia, la lista de mentiras absurdas es interminable, pero en todos los casos, sin importar el grado de disparate en juego, le resultan funcionales.
Empezando por Pearl Harbor, lo que le justificó la entrada abierta en la Segunda Guerra Mundial, lo descarado de su narrativa no tiene nombre:
- Contener el comunismo internacional, en Guatemala (1954), Chile (1973), Grenada (1983), Plan Cóndor, en el Cono Sur de Latinoamérica (a partir de 1975).
- Defenderse de ataques militares, por ejemplo, ante la posible invasión sandinista a Texas (sic) en los años 80, creando así la Contra.
- Promoción de la democracia y los derechos humanos, en Panamá (1989), en los Balcanes (durante los años 90), llegándose al absurdo irracional de realizar bombardeos “humanitarios” en la desintegrada Yugoslavia.
- Lucha contra el terrorismo, a partir de la caída (todo indica que autogenerada) de las Torres Gemelas en Nueva York, atacando Afganistán (2001), Irak y sus supuestas armas de destrucción masiva (2003), Libia (2011).
- Combate al narcotráfico, Plan Colombia, rebautizado Patriota (a partir del 2000) y la reciente intervención en Venezuela con el secuestro del presidente Nicolás Maduro.
Cada acción político-militar impulsada por la Casa Blanca, encubierta o abierta, siempre a favor de sus grandes compañías, tuvo como justificación alguna patraña, por supuesto increíble, pero vendida por los medios de comunicación comerciales como verdades incuestionables. La máxima del nazi Goebbels de “mentir y mentir incansablemente” parece dar buenos resultados, porque esas falsedades se convierten en las “verdades” que el imperio necesita presentar para justificarse.
Con Cuba pasa algo especial: no busca hacer caer la revolución porque allí hay recursos que robar ni para defender intereses empresariales estadounidenses. La ataca desde hace más de seis décadas por que la isla constituye un mal ejemplo. Un ejemplo de dignidad y soberanía, que construyó un modelo socialista en las narices del imperio, y que no se ha doblegado en estos largos años de ataques varios, con un miserable bloqueo que es repudiado por medio mundo, pero que no ceja, y que ahora se profundiza.
Después de haber ensayado interminables recursos para hacer caer el proceso cubano, ahora el actual mandatario del imperio, Donald Trump, ve en la revolución una “amenaza inusual y extraordinaria contra la seguridad nacional y la política exterior de los Estados Unidos” por su presunto apoyo a grupos terroristas que complotan conta la potencia del norte, por lo que impulsa un embargo petrolero y un descomunal ajuste del bloqueo, impidiendo a los países de la región seguir manteniendo en sus territorios a las Brigadas Médicas Cubanas, por las que los gobiernos de las naciones beneficiadas pagan una cantidad a La Habana. Este feroz recrudecimiento del bloqueo tiene características de genocidio, de delito de lesa humanidad, lisa y llanamente. Como lao propicia la principal potencia capitalista del orbe, nadie osa cuestionarla, salvo China y Rusia.
Valga esta como comentario marginal: terminada la Segunda Guerra Mundial, de la que Estados Unidos, junto a los Aliados, se sintió ganador, pudo sentar en el banquillo de los acusados a los jerarcas nazis en el histórico juicio de Nuremberg por delitos de lesa humanidad. Pero nadie sentó a Washington allí por haber arrojado bombas atómicas sobre población civil no combatiente en Japón. Sin dudas, la historia la escriben los que ganan. Ahora, con su discurso omnipotente, la clase dominante de Estados Unidos, representada por este impetuoso vaquero de película hollywoodense, se siente con toda la arrogancia para intentar someter a un pequeño y pacífico país como Cuba. ¿Hasta cuándo estas injusticias?
Con este chantaje que ahora vemos, la Casa Blanca -esto no es una “locura” de Trump, es una política de Estado prologada desde los inicios de la revolución- lo que se busca es llevar a la asfixia total al pueblo cubano, intentando así el sometimiento del gobierno y un estallido social, apuntando a encender una revuelta popular que termine con la experiencia socialista.
Trump, con su peculiar estilo de matón altanero, habiéndose quitado la máscara de “defensa de la libertad y la democracia” con la que anteriores administraciones de la Casa Blanca se maquillaban, lo dice sin ambages: “Este hemisferio es nuestro”, refiriéndose a Latinoamérica, marcando así el territorio “propio” ante el avance de China y Rusia. En Cuba no hay recursos que rapiñar: ¡hay dignidad de una nación que produjo una revolución socialista hace 67 años y que, pese a terribles dificultades, continúa siendo un referente y defendiendo un modelo no-capitalista!
El presidente Trump ahora dice que Cuba quiere dialogar. Diálogo bajo chantaje, bajo presión, no es diálogo: es parodia de diálogo. “Cuba está dispuesta a un diálogo con los Estados Unidos (…) sin presiones, sin precondicionamientos, en una posición de iguales, en una posición de respeto a nuestra soberanía, a nuestra independencia, a nuestra autodeterminación, sin injerencia en nuestros asuntos internos”, dijo el mandatario de la isla, Miguel Díaz-Canel.
El socialismo no fracasó en Cuba; están asfixiando al país de un modo monstruoso, por eso la situación actual se busca que sea catastrófica. Si la prensa capitalista muestra los apagones, las dificultades en el diario vivir, los penosos inconvenientes del día a día para la sobrevivencia en la isla, todo ello se exagera muy interesadamente para mostrar la inviabilidad del modelo socialista. Pero el verdadero fracaso está en la ética imperial, que sigue sintiendo que tiene el derecho pretendidamente divino de imponer sus reglas a todo el planeta. Ese es un fracaso como proyecto humano: la sociedad global no puede regirse por los deseos de un grupo poderoso que decide el destino de la humanidad según sus propios intereses. ¡Ahí está el fracaso mayúsculo!
CdF
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