Con los dientes apretados
La guerra del capital contra el trabajo se desarrolla en todos los frentes.
El impulso revolucionario, que extendió sus alas con los disparos del Aurora bolchevique, lleva estancado en una etapa de reflujo desde, al menos, la caída de los grandes proyectos de construcción socialista y el cierre de ciclo revolucionario que supuso el fin del siglo XX. La existencia de las dictaduras del proletariado del pasado siglo obligó a los Estados burgueses a redoblar sus esfuerzos ideológicos anticomunistas. Con el derrumbe de estas experiencias, estos mecanismos ideológicos continuaron machacando, ahora sin apenas oposición, a un enemigo prácticamente ausente del ring de la lucha de clases.
Gracias al materialismo, entendemos que las ideas se estructuran y fluyen desde las condiciones materiales de existencia; además, la dialéctica nos enseña que las ideas también pueden recorrer el camino inverso y transformar, con las oportunas mediaciones, la realidad. No en vano Marx advertía que las ideas pueden adquirir fuerza material.
Eso fue lo que ocurrió cuando el Aurora abrió fuego. Como nunca antes en la historia, la famélica legión se puso en pie, y su atronadora razón despertó ecos feroces allí donde rugían los parias de la tierra. Por eso nos temen, incluso en mitad de la despreciable calma que trajo nuestra derrota.
Con la dictadura del proletariado llegó el primer sistema educativo gratuito en todos los niveles de educación (que alcanzó tasas de alfabetización récord en las quince Repúblicas Soviéticas), el primer sistema sanitario gratuito y universal, el primer sistema de seguridad social universal e integral (baja por enfermedad con sueldo completo, jornada laboral de siete horas, jubilación a los sesenta años como máximo, baja por maternidad desde el inicio del embarazo y hasta un año después del parto, etc.), fue el primer país en acabar con el hambre tras la colectivización de la tierra, y numerosos otros logros sociales (Serenko y Ermakov, 1984). Sin embargo, su mayor logro es haber existido y, por tanto, dotar al movimiento por la liberación de la humanidad de un nuevo punto de partida histórico.
Sabemos que es posible.
Que podemos hacer añicos el pasado. Que la salvación no está en dioses, en reyes, ni en tribunos, sino en nuestra voluntad.
En el fuego de la lucha internacional de la clase obrera y de todos los condenados de la tierra.
Axiomas burgueses y autocrítica proletaria. Mentiras y falacias
No es sorprendente que los mecanismos ideológicos del capitalismo hayan centrado buena parte de su atención en calumniar, de todas las maneras imaginables, al movimiento comunista y, en especial, a la parte de este movimiento culpable del mayor de los crímenes: la victoria contra la burguesía, el establecimiento de la dictadura del proletariado y el proyecto de construcción socialista.
Allá donde exista, el comunismo se ve perseguido por la larga sombra de sus excesos. De forma más o menos sofisticada, esto se concentra en la Unión Soviética y, especialmente, en la etapa de la dirección de Stalin: la represión política, las purgas, el gulag, el terror…y la idea general de que la URSS era una gran caja de cemento donde la gente trabajaba mucho, reía poco, no levantaba demasiado la vista de la punta de sus zapatos y, por supuesto, vestía ropa de colores poco llamativos.
Hay afirmaciones que, pese a ser ridículas tras el más mínimo escrutinio de la razón, no dejan de repetirse una y otra vez: el novelista Alekandr Solzhenitsyn habla de más de doscientos millones de personas exterminadas por el estalinismo. Que la URSS, en la época, tuviese alrededor de doscientos millones de habitantes es un dato que, por supuesto, no es relevante. Y, por supuesto, hay otras afirmaciones aún más escandalosas.1
Quitando las obras de fantasía y ciencia ficción, el historiador británico Robert Conquest habla de veintiséis millones en la cuenta roja de los bolcheviques y treinta millones de prisioneros en campos de trabajo en los años cincuenta. En 1959, la población de toda la URSS era de alrededor de 209 millones (Aanderson, 1990). También es el responsable de haber acuñado, en 1968, el término “Gran Terror” para referirse al período de Stalin, un eslogan que ha sido repetido hasta la saciedad por la propaganda burguesa.
Otros historiadores, también abiertamente anticomunistas, pero más apegados al rigor y con acceso a archivos soviéticos de la época, como Nicholas Werth del CNRS (Centro Nacional para la Investigación Científica) francés o Arch Getty de la Universidad de Riverside, California, lanzan datos muy diferentes. Incluso en la etapa de Stalin, en la URSS (que salió de una guerra mundial, fue invadida por más de una docena de potencias extranjeras, pasó por una cruenta guerra civil, sufrió presiones internacionales y sabotajes continuos, acometió numerosas transformaciones sociales con las consecuentes resistencias de sectores reaccionarios, y enfrentó una segunda guerra mundial en la que frenó y derrotó a la gran mayoría del ejército nazi), había menos personas encarceladas que en EEUU actualmente, país que concentra el veinte por ciento de la población mundial de reclusos. En 1939, el porcentaje de fallecidos en el sistema de prisiones soviético era del 5,4%, y bajó al 0,3% en 1950; no hablamos de ejecuciones, sino del conjunto total de fallecimientos, que disminuyeron en gran medida al extenderse el uso de antibióticos.
Pese a todo, las montañas de infundios que la maquinaria de propaganda de la burguesía arroja sobre la memoria de nuestro movimiento no puede impedirnos abordar la tarea de asunción crítica de la historia de la revolución proletaria. La represión interna de la URSS de los años treinta es un punto de debate que rara vez se aborda con rigor. El exilio y la ejecución de dirigentes bolcheviques de la época, así como la represión contra sectores concretos de las masas, pueden interpretase como actos de terrorismo estalinista, como excesos de vigilancia revolucionaria, o como la justa defensa de la dictadura del proletariado, pero son fenómenos que ocurrieron. Su abordaje es necesario, pero debe hacerse, eso sí, en nuestros propios términos.
Una parte de la historiografía centrada en la URSS ha intentado comprender, de diferentes formas, la represión ocurrida durante los años treinta. La mayoría de estos trabajos no ha buscado esclarecer estos motivos con el rigor debido, sino formular una narrativa que encaje con un marco ideológico anticomunista. Al rastrear esta tendencia, además de la sospechosa habitual (la CIA y su Guerra Fría cultural), y junto al trotskismo, también juegan un papel importante Nikita Kruschev y Mijail Gorbachov. Ambos impulsaron un relato, dirigido a justificar un proyecto contrarrevolucionario, que se centró en la demonización de la figura de Iosif Stalin, que debía ser representado como un monstruo sediento de sangre, un tirano con puño de hierro, o un asesino de masas aquejado de severa paranoia.
Surgiese de la reacción interna o de los centros del imperialismo atlantista, la mayor parte de la historiografía que ha abordado este período ha partido de una serie de axiomas que, funcionando como dogmas de fe, no solo han moldeado las conclusiones, sino que han modificado de forma interesada el dato histórico concreto. El historiador estadounidense Grover Furr llama a esta serie de axiomas el “Paradigma Anti-Stalin” (Furr, 2017), y pueden reducirse a los siguientes:
- Stalin era un dictador de poder omnímodo. Por tanto, es la causa única de lo que ocurrió o dejó de ocurrir. Lo que pasó, pasó por que él así lo deseaba. Siempre tenía el control.
- Todas las posibles conspiraciones y complots contra Stalin o los dirigentes soviéticos son falsas.
- Todas las pruebas recogidas por la acusación en los juicios por contrarrevolución, sabotaje, traición, etc., son fabricaciones.
Esta serie de asunciones impiden comprender la complejidad de la historia de la Unión Soviética, y solo son útiles para imponer o reforzar un relato anticomunista que, al demonizar la figura de Stalin, también demoniza el movimiento comunista en su dimensión internacional.
Bien puede argumentarse que, en los años treinta, el impulso revolucionario se debilitó. Un ejemplo es la pérdida de poder de los mecanismos de control soviético en favor de la burocratización. Otro, el abandono de la línea política que buscaba la extinción de la familia. Las relaciones entre personas del mismo sexo, que habían sido despenalizadas durante los años veinte por considerarse uno más de los aspectos de la diversidad humana, fueron perseguidas de nuevo. En 1920, la República Socialista Federativa Soviética de Rusia fue pionera en legalizar el aborto libre y gratuito en hospitales públicos; en 1936, fue prohibido bajo el argumento de la potenciación de la natalidad. Y, en general, la línea específica que buscaba la liberación de la mujer mediante la superación histórica de la familia fue abandonada por la visión de una “familia socialista” considerada un pilar del orden social. Pero también es la época de la industrialización y de la colectivización, procesos que terminaron con las hambrunas cíclicas por causa climática y supusieron un avance histórico en la transformación de las relaciones de producción y la base económica del posterior triunfo soviético sobre el fascismo. Por tanto, forman parte de la base material que posibilitó la liberación de Europa.
Creo que no tiene sentido analizar estos procesos desde el juicio moral, ni siquiera como aciertos o errores del proceso socialista. Si, gracias al materialismo histórico, entendemos que la historia se mueve con el motor de la lucha de clases, que es capaz de condicionar unas relaciones de producción que, junto al modo de producción vigente, entran en relación con las diferentes formas de conciencia que surgen de ellas… ¿por qué no aplicar esta misma lógica a la propia historia de la revolución proletaria y la construcción del socialismo? Desde luego, su devenir no puede explicarse, y mucho menos comprenderse, por las opiniones o los rasgos de carácter de una sola persona. Ni siquiera de Stalin.
Esa tarea excede el propósito de este trabajo, que pretende hacer una aportación humilde mediante la revisión y la divulgación de algunos trabajos historiográficos que han abordado la etapa de los procesos represivos de 1937-1938 alejándose de estos dogmas y teniendo acceso a las fuentes originales ahora desclasificadas.
Su comprensión del proceso se centra en dos aspectos. Por un lado, el proyecto de Stalin y sus colaboradores más cercanos, que buscaban modificar el sistema de elección de los diputados en los diferentes soviets e impulsar un proceso de reciclaje y formación de mandos soviéticos. Por otro, la persecución de los partidarios de Leon Trotski, Grigori Zinoviev y Nikolai Bujarin, entre otros, así como de la potencial amenaza de golpe de Estado por parte de líderes militares, como supuso la conspiración de Mijail Tujachevski.
¿Todo el poder para los Soviets?
A mediados de los años treinta, muchos de los cuadros comunistas ocupaban puestos de dirigencia desde la época de la Revolución de Octubre. Se trataba de veteranos, militantes endurecidos por la persecución y represión del zarismo, por la guerra civil, y por la dura etapa de expropiación de los kulaks durante la colectivización. Solo algunos de ellos tenían educación formal o conocimientos avanzados de las áreas que supervisaban, con el consecuente riesgo que esto tenía para la producción2.
A muchos de ellos, además, se les achacaba cierta tendencia a emplear la mano dura en lugar de la pedagogía política, consecuencia quizá de las duras vivencias de su militancia, (Zhukov, 2003). Para la dirección del Partido, especialmente para Iosif Stalin, Viaschelav Molotov y Kliment Voroshilov, esto podía suponer un riesgo para la construcción socialista.
En el plenario del Comité Central de junio de 1937, Molotov argumentó que ya no era suficiente que un militante hubiese participado en el esfuerzo revolucionario de Octubre, se hubiese opuesto al trotskismo, o a la oposición de derecha, sino que se necesitaban cuadros capaces de entender las necesidades del pueblo. También en el 37, Stalin comparó al Partido Comunista con Anteo, el gigante de la mitología griega que poseía una fuerza invencible, pero a condición de que sus pies estuviesen en contacto con el suelo; la metáfora era clara: el Partido debía estar enraizado con la clase obrera de la que surgía (Zhukov, 2003).
Como podemos ver, las figuras dirigentes de la URSS estaban preocupadas por el rol del Partido en la nueva sociedad y, especialmente, por el riesgo que suponía la burocratización del mismo. Tanto Stalin como Molotov ya habían advertido sobre esta tendencia, respectivamente, en el Informe al 17º Congreso del PCUS en 1934, y en el 7º Congreso de los Soviets en 1935. Esta tendencia debía ser frenada por el contenido de la nueva Constitución de la URSS, especialmente con la forma de elegir los representantes en los Soviets, y con la formación política o el reciclaje de los cuadros bolcheviques.
De 1918 a 1936, los diputados en los soviets locales eran elegidos mediante votación pública en asambleas populares. Los Soviets locales elegían a los diputados de los Soviets provinciales en sesiones abiertas; a su vez, los Soviets provinciales elegían a los diputados de los Soviets de las Repúblicas, que su vez elegían a los representantes en el Soviet Supremo. La representación del proletariado era cinco veces mayor a la del campesinado, y las personas procedentes de las antiguas clases explotadoras no tenían permitido el voto ni presentarse como candidatas.
La nueva Constitución planeaba un cambio de sistema de elección. La propuesta de Stalin y su círculo se incluyó en los borradores: elección directa y proporcionada entre el campo y la ciudad, voto secreto y con varios candidatos que, además, no tenían por qué pertenecer al Partido Comunista. Las restricciones a la participación de las antiguas clases explotadoras serían levantadas (Furr, 2017).
“El sufragio universal, igualitario, directo y secreto en la URSS será un látigo en las manos del pueblo contra los órganos del gobierno que no funcionan bien. En mi opinión, nuestra nueva Constitución soviética será la Constitución más democrática del mundo” (Stalin, 1936).
Las propuestas del borrador se entroncan, recordemos, con las ideas de Stalin, Molotov, y otros, de realizar cambios en los cuadros dirigentes del Partido. Estas propuestas no se limitaron ni terminaron con la confrontación de ideas alrededor de la Constitución. En 1937, en el plenario del Comité Central, Stalin propuso que todos los secretarios del Partido, del más alto al más bajo nivel, lo que reunía a una cifra de mil funcionarios, asistiesen a cursos obligatorios de formación política. En su ausencia, serían sustituidos por otros.
A diferencia de los primeros días de la revolución, a mediados de los años treinta, y gracias al desarrollo meteórico del sistema educativo, el número de militantes con formación técnica y universitaria había crecido exponencialmente. Además de su formación teórica, muchas de esas personas tenían experiencia en fábricas, explotaciones agrícolas y otras facetas de la construcción socialistas, y pocas de ellas se habían visto envueltas en disputas o rencillas políticas o personales. Por ello, una parte de la dirección soviética, con Stalin a la cabeza, veía en esta nueva generación una reserva de futuros líderes comunistas. Por un lado, se reforzaría la formación política y técnica de la vieja guardia. Por otro, los dirigentes que no fuesen lo suficientemente capaces serían reemplazados por personas con mejor formación, además de experiencia en las áreas concretas de la producción que tendrían a su cargo (Zhukov, 2003). Es decir, el liderazgo del Partido debía cambiar.
Estas propuestas, como es lógico, suscitaron resistencias y fricciones. La construcción de la sociedad solo puede realizarse con el material humano heredado de la vieja y, como no podía ser de otra manera, algunos dirigentes comunistas temían perder su poder. Otros temían que la participación de las antiguas clases explotadoras en las elecciones, así como las concesiones a las ideas burguesas de democracia, erosionasen los principios de la joven dictadura del proletariado. Algunos adujeron una preocupación por la seguridad: ¿acaso en las elecciones democrático-burguesas se permite la libre participación de fuerzas realmente anticapitalistas?
En todo caso, y en contradicción al dogma que presupone el férreo control de Stalin, se desató una fuerte confrontación de líneas. Muchos comités locales, provinciales, o regionales se opusieron a la propuesta de la reforma electoral de los borradores de la Constitución, fuese por temor a perder el poder personal o por recelo de la flexibilidad que otorgada a sus antiguos explotadores.
La mayor parte de la oposición al borrador de Stalin y sus colaboradores no hacía énfasis en el voto directo y secreto, en lugar de la forma asamblearia anterior, sino que se centraba en la existencia de más de un candidato y, además, alguno ajeno al Partido. Un ejemplo de esta confrontación es que la sugerencia de Stalin, contenida en los primeros borradores, de celebrar elecciones competitivas no fue mencionada en Pravda (Zhukov, 2003, p.423), un órgano bajo el control del Politburó. Con esto podemos deducir que no solo la dirección local y regional del Partido se oponía a Stalin, sino también parte del Comité Central, y que esta oposición tenía el control del aparato de propaganda.
La mayor parte de las propuestas específicas del círculo de Stalin y Molotov nunca llegaron a implementarse. La sustitución temporal de dirigentes para reforzar su formación política nunca ocurrió.
Conspiración, pólvora y traición
Serguéi Kirov, Primer Secretario de Oblast de Leningrado, fue asesinado el 1 de diciembre de 1934 en el cuartel general del Partido, el Instituto Smolny. Se acusó a Leonid Vasiliévich Nikolaev de perpetrar el asesinato siguiendo las instrucciones de un grupo clandestino de partidarios de Zinoviev. En 1936 tanto Grigori Zinoviev como Lev Kamenev3 confesaron haber colaborado en la muerte de Kirov. Tras el primer Juicio de Moscú en agosto de ese mismo año, confesaron ser parte de grupos clandestinos que tenían el objetivo de derrocar a la cúpula soviética. Estos grupos involucraban a partidarios tanto de Trotski como de Zinoviev, pero también a otros líderes de la Oposición de Derecha4 como Aleksei Rykov o Nikolai Bujarin (Acta de Juicio, 1936). Todos ellos fueron ejecutados.
Mijail Tujachevski, un importante líder del Ejército Rojo durante la guerra civil y que llegó a ser Mariscal de la Unión Soviética, fue declarado culpable en mayo de 1937 de conspirar para dar un golpe de Estado y establecer un gobierno militar, todo ello en connivencia con el régimen nazi alemán. Por ello fue fusilado.5
Avel Yenukidze, un militante georgiano de la vieja guardia bolchevique y padrino de Nadezhda Alliluyeva, la pareja de Stalin, fue declarado culpable de cargos similares y ejecutado en octubre de 1937.
Genrikh Yagoda, quien había sido director de Seguridad del Estado del NKVD (Comisariado del Pueblo de Asuntos Internos, 1934-1946) hasta 1936, confesó su participación en ese mismo complot en 1937, por lo que también recibió la pena capital.
Gernij Liushkov, jefe del NKVD en el Extremo Oriente, desertó a Japón en 1938.
Como es sabido, la veracidad tanto de las acusaciones como de las confesiones es disputada por gran parte de la historiografía occidental, así como por trotskistas y otras corrientes de la izquierda; otros historiadores, así como el campo prosoviético, defienden la veracidad de la mayoría de las acusaciones. No es objeto de este texto determinar lo veraz o falso de las acusaciones, o si las confesiones fueron sido fabricadas o arrancadas a la fuerza. Lo que pretendo es llamar la atención sobre el clima de enorme tensión, preocupación por las conspiraciones, y miedo a relajar la vigilancia revolucionaria en el que se dieron los debates sobre el nuevo sistema electoral y, en general, la implementación de la nueva Constitución de 1936.
En el pleno del Comité Central, que tuvo lugar en febrero y marzo de 1937, y que fue el más extenso de la historia de la URSS, se discutieron las diferentes tareas que enfrentaban al liderazgo del Partido. Por un lado, la posibilidad de establecer elecciones secretas y competitivas a la luz de la nueva Constitución. Por otro enfrentar las tensiones internas, las posibles conspiraciones y fortalecer al país ante posibles ataques del exterior.
Conviene recordar que las expectativas de un futuro choque militar con el fascismo eran ya una realidad en esa época. La URSS intentó, desde 1934 a 1939, construir una serie de pactos y alianzas que sirviesen como medida de seguridad antifascista en Europa, en especial con Reino Unido, Francia, Checoslovaquia, Polonia, Rumanía y Finlandia (antes de la Guerra del Invierno). Todos ellos fracasaron debido al anticomunismo y a la política de “apaciguamiento” de las potencias europeas ante el nazismo alemán, que también tuvo consecuencias desastrosas para la República española del Frente Popular. A su vez, la Alemania nazi firmó pactos de no agresión y otros acuerdos relevantes con Polonia (1934), Reino Unido (1935), Italia (1936), Austria (1936), Dinamarca (1939), Estonia (1939) y Letonia (1939).
Todos son anteriores al pacto de no agresión entre la URSS y Alemania firmado por Ribbentrop y Molotov en 1939 y aportan un contexto imprescindible para entender el mismo. Sin duda, por eso son frecuentemente “olvidados”.
Ante este clima de anticipación de la guerra, y la necesidad consecuente de reforzar la vigilancia, tanto la flexibilización de los mecanismos de representación como la autocrítica dentro de las filas comunistas aparece como una tarea antagónica. Muchos de los cuadros que se opusieron con firmeza al cambio en el sistema electoral, y especialmente a las elecciones competitivas, esgrimían con contundencia razones de seguridad interna y exigían el aumento de los poderes del NKVD, en ese momento dirigido por Nikolai Yhezov.
El Secretario de Organización de Siberia Occidental, Robert Indrikovich Eikhe, presentó un memorándum al Politburó en junio de 1937 cargado de propuestas contrarias a las reformas de Stalin y Molotov. En él esgrimía varias razones, entre otras, la presencia en Siberia de peligrosos núcleos de contrarrevolucionarios formados por antiguos kulaks que planeaban una insurrección. En el clima de tensión propiciado por el fracaso de los pactos internacionales antinazis, por el apaciguamiento de las potencias occidentales hacia Alemania y tras el contexto de preocupación por la seguridad interna después de los Juicios de Moscú, Eikhe solicitó la organización de una troika formada por el fiscal de la provincia, el oficial provincial del NKVD y él mismo como Secretario de Organización del Partido. Esta troika tendría poderes extraordinarios para investigar y castigar las actividades contrarrevolucionarias (Furr, 2017; Zhukov, 2003).
La “Yezhoviada”
El memorándum de Eikhe tuvo el efecto de último copo de nieve antes de la avalancha y la situación comenzó a descontrolarse. Muchos líderes locales y provinciales del Partido ejercieron presión sobre el Comité Central para aumentar los poderes del NKVD. El 2 de julio de 1937 el Politburó apoyó la afirmación de que muchos antiguos kulaks, que regresaban a sus lugares de residencia tras cumplir sus condenas, instigaban todo tipo de actividades contrarrevolucionarias, como sabotajes en granjas colectivas y estatales, transportes o fábricas. Por ello, estos instigadores debían ser investigados, arrestados, y ejecutados o exiliados según la gravedad de sus crímenes, para lo que se debían formar diferentes troikas, organizadas por los líderes provinciales del Partido, en toda la URSS.
De este modo, la propuesta de Eikhe dio solidez a la figura de Yezhov, recién llegado a la silla de director del NKVD tras el arresto y ejecución de su predecesor Genrikh Yagoda durante los Juicios de Moscú, y ahora dotado de poderes extraordinarios. A su vez, Yezhov daba a Eikhe y otros dirigentes locales la posibilidad de librarse de aquellos que pudiesen votar contra ellos tras los cambios electorales de la nueva Constitución o pudiesen hacer críticas sobre su formación política que llevase a un relevo (Zhukov, 2003).
Los dirigentes locales comenzaron a presentar sus propuestas para el exilio y ejecución de contrarrevolucionarios clandestinos. Curiosamente, junto con Eikhe, una de las figuras más sanguinarias en estas solicitudes no fue otra que Nikita Krushev, quien insistía haber encontrado más de cuarenta mil antiguos kulaks solo en Moscú (Furr, 2017; Zhukov, 2003). Por supuesto, la participación entusiasta de Kruschev en estas purgas no fue mencionada en sus famosos discursos contra Stalin (a quien culpó en exclusiva de dirigir la represión) ni en el célebre XX Congreso del PCUS, como tampoco mencionó el memorándum de Eikhe, a quien consideraba un fiel amigo.
Aunque fuese de forma temporal, y en contra de lo que se suele asegurar, parece claro que la situación estaba fuera del control de Stalin y sus colaboradores más cercanos. Una prueba de ello es que muchos de los partidarios más firmes de las reformas de Stalin y Molotov, como A.S. Yakovlev, B.M Tal o A.I Stetzki perdieron sus trabajos y fueron arrestados. Es decir, Stalin no estaba en posición, en ese momento, de defender a las figuras que constituían sus propios puntos de apoyo (Furr, 2017).
Muchas rivalidades, políticas o personales, se solventaron en el período 1937-1938 mediante acusaciones cruzadas y calumnias, resultando en numerosos arrestos por parte del NKVD. Esa etapa de represión descontrolada es conocida también con el nombre de “la Yezhoviada” (Zhukov, 2003).
A principios de 1938, el Comité Central formó una comisión para investigar las posibles “perversiones criminales” en las que había podido incurrir el NKVD durante sus operaciones (Jansen y Petrov, 2002, p.135). Las sospechas del Politburó de que se había desencadenado una represión en masa y no autorizada seguían creciendo. El 15 de noviembre de 1938 se declaró el cese de las actividades de las troikas así como de todos los tribunales militares (Furr, 2017). El 8 de diciembre se anunció que Yezhov había sido cesado como director del NKVD. Cuatro días más tarde, la Audiencia Regional de Moscú amnistió la primera de numerosas condenas. En su declaración, la Audiencia indicaba que no solo liberaba a los cinco acusados, sino que había salido a la luz que los cinco habían intentado oponerse a los “verdaderos enemigos” de la URSS (Getty, 1985, p.188-189). Solo en el siguiente año se revisarían y se anularían más de cien mil condenas. Cientos de miles más se anularían desde 1939 hasta 1941. Algunas de las personas liberadas, como el general Konstantin Rossokovski, jugarían un papel crucial en la gesta proletaria contra el nazismo en la Gran Guerra Patria.
Cuánta de esta represión estuvo dirigida contra comunistas revolucionarios por parte de los “verdaderos enemigos” de la URSS es una pregunta que merece la pena sopesar.
Lavrenti Beria reemplazó a Yezhov a la cabeza de la Seguridad del Estado. Se detuvo la represión y se derogaron las órdenes operativas del NKVD que la permitían; así como se enfatizó la necesidad de contar con la supervisión de la Fiscalía en todos los casos de arresto. En las oficinas de Beria, y de otros dirigentes del Partido, comenzaban a acumularse informes relativos a numerosos casos de represión ilegítima por parte de grupos operativos locales del NKVD. Solo en 1938 se habían producido seiscientos sesenta mil arrestos (Khaustov, 2006). En enero de 1939, Beria y sus colabores firmaron un informe en el que detallaban numerosos crímenes producidos bajo la dirección de Yezhov y dirigentes locales del Partido (Petrov y Iansen, 2008, p. 359-363). Aunque es difícil reconstruir los números con fuentes fragmentarias y muchas de ellas aún clasificadas, algunos historiadores calculan que alrededor de seiscientas mil personas (una mínima parte envueltas en conspiraciones, es decir, la mayoría de ellas revolucionarias, intelectuales o integrantes de las masas proletarias y campesinas) podrían haber sido ejecutadas (Furr, 2010). La práctica totalidad de las restricciones impuestas a los poderes especiales del NKVD fueron violadas, incluyendo el límite6 máximo de ejecuciones por localidad (Getty, 2002). Entre finales de 1938 y 1940, bajo la dirección de Lavrenti Beria, el número de ejecuciones se redujo a un 1% del año anterior; la mayoría se trataba de antiguos jefes del NKVD acusados de represión injustificada, torturas y ejecución de personas inocentes.
Yezhov fue arrestado en abril de 1939 y, pese a que trató de culpar a los comités locales del Partido por todos los excesos represivos, fue ejecutado en 1940. Eikhe, junto con otros dirigentes locales del Partido, también fue arrestado y fusilado.
Conclusiones
A pesar de las enormes pérdidas del período Yezhov y la actividad de las troikas, la Unión Soviética no fue debilitada fatalmente. Después de todo, logró frenar y derrotar la gran mayoría de la maquinaria bélica nazi. A diferencia de otros países atacados por Alemania, la URSS no tuvo una Quinta Columna de importancia que facilitase el avance fascista y sí una enorme capacidad de resistencia miliciana. Los cuadros que sustituyeron los vacíos de poder dejados en el Partido, la administración del Estado y el Ejército, a causa de los Juicios de Moscú y la Yezhoviada, probaron su valía en la Gran Guerra Patria. Pero, por otro lado ¿cuántas vidas de comunistas capaces y de personas inocentes se perdieron en los excesos represivos? ¿Cómo hubiesen influido en la capacidad de resistencia soviética? ¿Cómo hubiesen influido todas esas vidas en el desarrollo de la URSS?
Tras la victoria contra el nazismo, el liderazgo de Stalin se consolidó de forma definitiva. Aun así, y pese a que las elecciones eran directas, secretas, e igualitarias entre el campo y la ciudad, nunca fueron competitivas entre varios candidatos. El único retazo de esa idea fue una inscripción en la papeleta que se mantuvo hasta 1991, que decía: “Ponga en la papeleta el nombre de uno de los candidatos, al cual usted da su voto, tachando todos los otros nombres” (Furr, 2017). En la práctica esa frase no tenía sentido, pero quedó como eco de una reforma que nunca fue.
De igual modo, el plan de Stalin de reforzar la formación política de los altos cargos del Partido nunca se materializó. Quizá por las dificultades de la Gran Guerra Patria y la posterior amenaza del imperialismo estadounidense, quizá por otros motivos. Figuras que a todas luces no tenían la formación política o la suficiente lealtad al proceso socialista, como Nikita Kruschev, y que participaron con energía en la Yezhoviada, permanecieron en altos puestos de poder actuando silenciosamente hasta que pudieron sabotear de forma abierta la revolución. Que esto fuese posible creo que debe entenderse como consecuencia, y no causa, del debilitamiento de la dictadura del proletariado.
Al parecer, Stalin, así como otros miembros del Comité Central, eran conscientes de las consecuencias que, a corto plazo, podía acarrear la falta de cuadros comunistas bien formados en el liderazgo de la URSS. Durante el XIX Congreso del PCUS, en 1952, Stalin trató de cambiar de nuevo el liderazgo del Partido proponiendo agrandar el recién creado Presidium del Comité Central con el reclutamiento de los militantes más capaces de los comités provinciales del Partido, figuras destacadas en la teoría y en la práctica política y económica. En 1953 propuso dimitir y señaló como sustituto deseable al antiguo Secretario General del Partido Comunista de Bielorrusia y antiguo líder de los partisanos durante la guerra, Panteleimon Ponomarenko. Como sabemos, esto nunca llegó a ocurrir.
Soplemos la potente fragua
Es necesario, para el presente del movimiento comunista, atender a estas cuestiones, profundizar en ellas y, posteriormente, intentar analizarlas bajo el prisma de la lucha de clases y la progresión o retroceso de las sociedades hasta el comunismo. No por alguna preferencia o afán historicista, ni por “cultura general” comunista, ni únicamente para armarse argumentalmente contra las ofensivas ideológicas contra la construcción socialista. Es necesario porque, sobre todo, la época de Stalin, y los problemas y debates asociados a ella, son los mismos que los de la experiencia real de la dictadura del proletariado. Si bien el siglo XX nos demostró que la revolución y el socialismo son realidades materializables, no es menos cierto que esos proyectos naufragaron debido a las dificultades que encontraron en la etapa de transición al comunismo.
El movimiento comunista y su futuro proyecto revolucionario no solo están cargados del potencial de transformación social, sino también, y especialmente en esta etapa de retroceso, del fracaso de estas experiencias. Un fracaso que no está marcado por la derrota militar ante una ofensiva externa, sino por el debilitamiento del curso revolucionario ante la contrarrevolución interna. Esto ha sido desastroso para el movimiento comunista y, tras su consabida instrumentalización por la propaganda reaccionaria, también para el estado general de la conciencia de las masas, incluida la conciencia de clase “en sí”.
El derrumbe de la URSS y del bloque del Este, pero también el paulatino abandono de los principios comunistas (dimensión internacional de la lucha de clases, extinción de la familia, la propiedad privada y el Estado) en favor de lógicas capitalistas por parte de países que han decidido mantener la retórica “socialista” como China, Cuba, Vietnam o Corea del Norte, han supuesto un colapso ideológico y político para todo el movimiento comunista a escala mundial, y han puesto en primer plano la necesidad de aprender de las experiencias reales de desarrollo de la dictadura del proletariado. Después de todo, y retomando la lógica materialista de la que hablaba al principio, un proceso tan complejo como la degeneración del socialismo no se explica por la maldad personal. Ni la de Stalin, ni la de Kruschev, ni la de Gorbachov, ni la de Yeltsin, ni la de Yezhov, ni la de Deng Xiaoping. Determinadas condiciones, tanto materiales como ideológicas, posibilitaron la acción o inacción de todos ellos.
Algunas críticas, venidas de campos tan diferentes como el comunismo de izquierda, el anarcocomunismo, el marxismo-leninismo autocrítico o el maoísmo, han dado posibles explicaciones como las dinámicas del capitalismo de Estado, la confusión entre estatalización y socialización de los medios de producción, la incapacidad para superar la mercancía y el valor, la relación del Partido con las masas o la lucha de clases durante el socialismo.
De una forma u otra, la construcción socialista soviética no logró deshacerse de las bases materiales capitalistas previas. El foco en el desarrollo de las fuerzas productivas (industrialización, colectivización, planificación quinquenal) se mostró insuficiente para profundizar en la transición al comunismo.
En ese sentido, quizá la Revolución Cultural en China, con su foco en las relaciones sociales y la conciencia de las masas, supuso el momento más avanzado en lo ideológico de esa etapa transformación. Pese a todo, el esfuerzo revolucionario fue derrotado y China viró hacia lógicas capitalistas.
Como indiqué en la introducción, creo que sería un error realizar un análisis histórico que busque identificar aciertos y errores, para así desbrozar la línea revolucionaria correcta de estos últimos, fieles a un espíritu positivista que nunca fue seña de identidad del marxismo. La tarea, en su lugar, se acercaría más a intentar entender los condicionantes históricos que se revelaron como obstáculos en el curso de los procesos revolucionarios y que su acción material puso de manifiesto. Fue su práctica la que hizo avanzar la revolución hasta toparse con nuevos problemas que no podrían haber sido resueltos a priori, de forma teórica, hasta que esta práctica se materializó. Convertir esta práctica en teoría, y esa teoría en nueva práctica revolucionaria, es una tarea del presente. Quizá, igual que en la vida individual, el buen curso de la revolución también sea tener, cada vez, problemas nuevos y más interesantes.
A pesar del énfasis que hago en no idealizar el pasado, tampoco deberíamos sumirnos en un futuro marcado por el espíritu de la derrota. Las revoluciones exitosas del pasado siglo, por mucho que resultasen insuficientes, demostraron que es posible derribar el orden social existente y transformar las relaciones sociales a gran escala. Sus límites nos alumbran hoy (en una pura demostración de la dialéctica) al permitir formarnos en sus realidades para así alumbrar el camino que lleve a la extinción de la familia, la propiedad privada, y el Estado. Quizá, así, podamos forjar una sociedad donde pongamos fin a la explotación de clase, superemos el trabajo asalariado, vivamos en armonía con la naturaleza, y podamos desarrollar todo el potencial humano. Un mundo donde seamos socialmente iguales, humanamente diferentes y totalmente libres.
El reino de la libertad.
1 Aunque en este texto nos centramos en la URSS, la República Popular de China ha tenido el honor de ser objeto de afirmaciones igual de variopintas e inverosímiles, sobre todo bajo la dirección de Mao y, muy en especial, en el período de la Revolución Cultural Proletaria.
2 Pensemos, por ejemplo, en el comisario político encargado de supervisar -y vigilar- al cuadro técnico industrial que los bolcheviques se habían visto obligados a “heredar” de la época zarista.
3 Zinoviev y Kamenev, veteranos del POSDR y del bolchevismo, se opusieron a las Tesis de Abril y a la revolución armada de 1917, expusieron de forma pública los planes bolcheviques para la insurreción de Octubre, se aliaron con Stalin contra Trotski en 1922, se opusieron a la idea del socialismo en un solo país, se aliaron después con Trotski y contra Stalin demandando el fin de la NEP, y después formaron parte de la Oposición de Derecha que se oponía al fin de la NEP y al inicio del Gran Viraje. Fueron expulsados temporalmente del partido a finales de los años veinte y, después de esto, no formaron parte de estructuras relevantes de poder.
4 Oposición de Derecha u “oposición derechista” es el nombre que se les dio a los partidarios de continuar con la NEP y que, por tanto, que se opusieron a la colectivización de la tierra y los planes quinquenales que proponía Stalin.
5 Existe un debate abierto sobre si se trató de información falsa suministrada por la inteligencia alemana como acto de sabotaje.
6 La historiografía occidental ha traducido, sistemáticamente y de forma obviamente deshonesta, “límite” por “cuota”. Esto ha sido denunciado en varias ocasiones por el historiador anticomunista J. Getty (2013).
REFERENCIAS
Aanderson, B.A. (1990). Growth and Diversity of the Population of the Soviet Union. The Annals of the American Academy of Political and Social Science, 510: 155-177.
Furr, G. (2016). Yezhov Vs. Stalin: The truth about mass repressions and the so-called ’Great Terror’ in the USSR. Erythros Press &Media LC.
Furr, G. (2017). Yezov vs Stalin: The cause of the mass repression of 1937-1938 in the USSR. Journal of Labor and Society, 20: 325-347.
Getty, J. A. (1985). Origins of the great purges. The Soviet communist party reconsidered, 1933–1938. Cambridge University Press.
Getty, J. A. (2013). Practicing Stalinism. Bolsheviks, Boyars, and the persistence of tradition. Yale University Press.
Jansen, M., y Petrov, N. (2002). Stalin’s loyal executioner. People’s commissar Nikolai Ezhov 1895–1940. Hoover Institution Press.
Petrov, N., y Iansen, M. (2008). “Stalinskii pitomets”—Nikolai Ezhov. ROSSPEN.
People’s Commissariat of Justice of the USSR.(1936). Report of court proceedings. The case of the Trotskyite-Zinovievite terrorist center. People’s Commissariat of Justice of the U.S.S.R.
Serenko, A.F. y Ermakov, V. V. (coords.). (1984). Higiene social y organización de la Salud Pública. Editorial Medicina.
Stalin, J. V. (1936). The Stalin-Howard interview. International Publishers.
Zhukov, I. (2003). Inoi Stalin. Politicheskie reformy v SSSR v 1933–1937. Vagrius.
(Coordinación de Núcleos Comunistas)
