«El presidente Trump ordenó al Tesoro y a nuestra División OFAC poner la máxima presión en Irán. Y ha funcionado», afirmó Bessent. «Porque en diciembre, su economía colapsó. Vimos que un gran banco cayó. El Banco Central empezó a imprimir dinero. Hay escasez de dólares. No pueden obtener impuestos. Y es por eso que la gente se fue a la calle. Así que esto es [presión] económica. No se dispararon. Y las cosas se están moviendo de una manera muy positiva aquí».
En tanto, como señala el investigador Max Blumenthal y como se reseñó en teleSUR, las manifestaciones que estallaron en Irán a principios de enero de 2026 tuvieron raíces genuinas. Pero en cuestión de días, esa movilización pacífica fue secuestrada por una red transnacional de actores hostiles al Estado iraní, como el Mossad y la Fundación Nacional para la Democracia (NED), para apalancar sobre las protestas en paz grupos terroristas y campañas de odio.
En tanto, las declaraciones ofrecidas por Bessent este miércoles suman un nuevo reconocimiento Washington de que la política de sanciones no persigue a altos funcionarios ni personas físicas, sino que el fin último de las mismas es generar un colapso económico y con ello una crisis de magnitud y que la población vea en la subordinación a Estados Unidos la única salida a su agresión.
Este episodio ejemplifica lo que el analista Xavier Villar, en un reciente artículo de opinión, describe como «la anatomía de la coerción» en el orden global actual. Villar argumenta que las sanciones unilaterales, particularmente las estadounidenses, se han convertido en «el mecanismo disciplinario por excelencia» del sistema internacional. «Lejos de ser una mera política exterior, este régimen de sanciones constituye un caso de estudio de la dinámica de la disciplina neocolonial dentro de un sistema financiero global que sigue siendo profundamente jerarquizado», escribe Villar.
