Colombia: no les diré por quién votar.
Habrá señales. El resto está aquí abro hilo: Colombia no está rota por ideologías. Está sostenida —artificialmente— por la hipocresía. Ese es el verdadero cemento del sistema.
Todos dicen servir al pueblo. Pocos están dispuestos a asumir el costo de transformarlo. Gobernar no es tener razón: es decidir.
Una parte de la izquierda denuncia desigualdades reales, pero muchas veces prefiere la superioridad moral a la responsabilidad histórica. La justicia social no se proclama: se ejecuta.
La derecha invoca empresa y libertad, pero se incomoda cuando la competencia es real y las reglas son iguales. Eso no es mercado: es privilegio con discurso.
El centro se presenta como prudente, pero su prudencia suele ser una forma elegante de no elegir. No todo equilibrio es sabiduría. A veces es solo parálisis con buenos modales.
La hipocresía necesita enemigos externos para no mirarse al espejo. Compararse sirve para tranquilizar conciencias, pero ningún país se eleva señalando afuera lo que se niega a corregir adentro.
Se habla de moral como sustituto de carácter. Se habla de valores como excusa para no ejercer poder. Se habla de diálogo para evitar decisiones.
Hay candidaturas que nacen del escándalo y creen que el ruido reemplaza a las ideas. Cuando el megáfono se convierte en programa, el país retrocede.
Los países no se construyen con discursos morales, sino con voluntad. Y la voluntad implica riesgo. Ninguna nación se sostiene sin empresa, trabajo, inversión y riesgo. Tampoco sin Estado, reglas claras, justicia social y horizonte común. Fingir que una parte sobra es hipocresía.
El problema no es ganar dinero. El problema es ganar sin mérito, sin riesgo y sin responsabilidad. Eso no es éxito: es parasitismo legitimado. El pueblo no es una consigna ni una estadística. Es voluntad acumulada. Cuando esa voluntad es usada o postergada, el desencanto se vuelve norma.
Solo quien cree en un país se atreve a incomodarlo. Colombia no necesita más predicadores. Necesita menos hipocresía y más carácter.
Las próximas elecciones no enfrentarán izquierda y derecha. Enfrentarán algo más profundo: hipocresía cómoda vs. responsabilidad de decidir.
No voten por lo que promete moral, sino por lo que resiste coherencia. La hipocresía siempre se delata cuando llega la hora de decidir.
Los países se degradan cuando normalizan la mentira y la renuncia a decidir. Lo que hoy incomoda, mañana define. ¿Indignante? El tiempo suele tener otro criterio.
