La sesión anual del Foro Oligárquico de Davos desmiente de forma obscena las fantasías sobre una supuesta “élite globalista secreta” que operaría entre las sombras. Lejos de una conspiración, nos encontramos con una fotografía oficial. Entre trajes, focos y sonrisas, magnates y gobernantes se exhiben juntos y afinan —sin pudor— el mismo proyecto de dominación. Trump lo hace a gritos, mientras otros, esencialmente iguales, lo administran con tono de seminarista.
De ahí el esperpento de hoy: que Rita Maestre, escoltada por el coro mediático de siempre, convierta a Mark Carney, el primer ministro de Canadá, en el nuevo adalid de la “oposición antitrumpista” por cuatro palabritas que dijo en Davos. Como si el problema principal de Trump fuesen las formas y la falta de bienséance (buen gusto) parisino. Seamos serios: la oposición real al tirano naranja no se cuece en Davos, sino en sus propias calles: ahí están las movilizaciones contra las redadas y la violencia fascista del ICE, en Minneapolis, con Panteras Negras, organización popular y huelgas que no piden permiso al FMI.
Igual de repudiable es la idealización que se hace de Europa, que supuestamente está tomando ahora “un nuevo rumbo”. Y todo porque se celebran tratados de libre comercio (¿desde cuándo celebramos eso?) con países emergentes, así como la apertura de “nuevos mercados” y hasta el sueño húmedo de un “ejército europeo”. Traducido: una OTAN con bandera azul, pensada para blindar el parasitismo occidental frente a la periferia expoliada del sistema-mundo. Con bombas educadas y humanitarias.
Pero también el “soberanismo”, nuevamente de moda entre ciertos despistados, se vuelve una trampa cuando se convierte en un fin en sí mismo. Romper con la UE es sin duda necesario, sí; pero reforzar Estados nación imperialistas, no. La pregunta sigue siendo la misma: soberanía, ¿para hacer qué? ¿Para transformar la sociedad en favor de la clase trabajadora y otros sectores populares, o para que los parásitos autóctonos compitan mejor en la misma selva internacional?
Europa y Estados Unidos son dos polos imperialistas que rivalizan por influencia, mercados y oportunidades de parasitación. Nuestro objetivo no es elegir quién pisoteará a los pueblos del mundo, sino ayudar a que la periferia dominada y expoliada se libere, junto a nosotros, de todo pisoteo. Así que menos discursitos sobre las formas, el europeísmo o la soberanía. Simplemente, que no nos arrastren —ni a nuestros jóvenes, ni a las siguientes generaciones— a morir en una guerra vendida como “defensa de la democracia” y pagada, en realidad, a cuenta de intereses imperiales. Ni contra Rusia ni con la coartada de “pelear contra Trump”.
