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EMILIA REED. La falsedad de las encuestas digitales

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EMILIA REED. La falsedad de las encuestas digitales

Anoche, mientras hacía tiempo en el móvil, mi vecina Marta se encontró con una encuesta en Facebook: «¿Apoyas a Fulano o a Mengano?». Dos opciones, un contador que sube a toda velocidad y, en menos de una hora, un resultado contundente: «84 % Fulano». Poco después, ese pantallazo viajaba por WhatsApp con un comentario lapidario: «La gente habló».

Marta, que no es especialista en estadística ni pretende serlo, siente que el número tiene peso. Suena definitivo, casi como si alguien hubiera medido el pulso del país. Pero, lo que en realidad se midió fue la reacción de un grupo de personas, que vieron la publicación en ese momento y decidieron marcar una opción.

Las encuestas rápidas de internet ya son parte del paisaje digital y se cuelan en redes sociales, en portales de noticias, en canales de mensajería y hasta en aplicaciones que prometen «saber lo que piensas» con un clic. Son atractivas por su sencillez, porque preguntan algo simple, generan un porcentaje inmediato y dan la sensación de que el debate quedó resuelto. El problema empieza cuando ese porcentaje se interpreta como si fuera representativo de «la sociedad» o «la ciudadanía».

Una encuesta con rigor no se basa en que responda quienquiera, sino en seleccionar, de manera controlada, a quién se pregunta, con metodologías científicas ya probadas.

Puede sonar técnico, pero la idea es simple. Si uno quiere saber qué opina una población, no alcanza con preguntar en voz alta y quedarse solo con la opinión de quienes levantan una mano a tu alrededor. En internet, ese «levantar la mano» es todavía más caprichoso; participa quien lo ve, quien tiene tiempo, quien está de acuerdo o en desacuerdo con intensidad, quien se siente convocado por la comunidad que comparte la encuesta.

Por eso, lo que suele ocurrir es que estas votaciones retratan, como mucho, a un segmento de seguidores de una cuenta, lectores habituales de un medio, miembros de un grupo. No «a la gente», sino a quien estaba ahí en ese momento y reaccionó.

La trampa más frecuente es lo que los expertos llaman «sesgo de autoselección». Pensemos en un portal que lanza una votación abierta: «¿Crees que el gobierno debería hacer tal cosa?». Quien entra a votar suele hacerlo porque el tema le importa o le indigna, no porque sea una persona elegida al azar. El resultado, entonces, se inclina hacia opiniones más intensas.

Algo parecido ocurre en redes, donde, además, interviene el «efecto burbuja», que significa que una encuesta publicada por una cuenta con una audiencia homogénea tenderá a producir un resultado homogéneo. Si el contenido circula, sobre todo, entre quienes ya piensan parecido, el porcentaje no revela una mayoría social, sino la cohesión de ese círculo.

Una encuesta en internet puede servir como interacción, como termómetro parcial de una comunidad concreta o como disparador de conversación. El problema es cuando se disfrazan de ciencia o se usan para fabricar consenso.

Una regla práctica ayuda a no ser manipulados. Si no sabemos quiénes podían responder, cómo se eligieron, si se evitó que una misma persona votara varias veces y si la pregunta estaba formulada de manera neutral, entonces ese porcentaje no relata «lo que piensa la gente»; describe, en el mejor de los casos, lo que respondió un grupo autoconvocado.

Entender la diferencia entre un dato medido con reglas científicas y un número viral no requiere ser experto en redes ni en estadísticas. Exige, simplemente, recordar que un clic no es una muestra representativa de un pueblo. Y que, en internet, los porcentajes pueden ser ruidosos, seductores y muy poco fiables.

(Granma)

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