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OIER PÉREZ MANCISIDOR. Sobre las protestas de Irán

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OIER PÉREZ MANCISIDOR. Sobre las protestas de Irán

Una vez más, cuando se producen este tipo de sucesos trascendentales en la política internacional, queda al descubierto la enorme bancarrota política e ideológica del movimiento comunista internacional, que, con una actitud antidialéctica, se deja llevar por las dinámicas tóxicas e inmediatistas de las redes sociales. La hipérbole, el seguidismo y el conspiracionismo acaban siendo la tónica general de la mayoría de las publicaciones sobre las protestas de Irán. ¿Qué ha sido de la idea de entender y ver la realidad como un todo interconectado, en perpetuo movimiento y cambio, impulsado por contradicciones internas? ¿Acaso un proceso revolucionario, un estallido social o una revolución de colores no es la más clara ejemplificación de un movimiento en un punto de inflexión entre el mantenimiento y el cambio? Es precisamente en este punto de inflexión donde entran en conflicto las legítimas reivindicaciones populares y la agresiva estrategia de cambio orquestada desde el exterior. Entender de otra manera lo que sucede en Irán (como en muchos otros países, cuyo debate siempre parece estar determinado por la agenda occidental) implica caer en absolutos a menudo idealizados y subjetivizados que reafirman el pensamiento y la percepción de cada uno.

De nuevo nos encontramos ante el eterno dilema de si se trata de una serie de protestas que paulatinamente se convierten en un estallido social y popular legítimo o si es una revolución de colores organizada por los enemigos del Estado iraní y, debido a las alianzas y bandos existentes actualmente, un nuevo intento de EE. UU. y el sionismo internacional para derrocar el gobierno iraní y colocar en el poder a un títere prooccidental y prosionista como Reza Pahlavi (resumenlatinoamericano). Negar que existen condiciones objetivas para el descontento en Irán es caer en el idealismo. Las protestas comenzaron con un marcado carácter economicista: inflación, carestía de la vida y cierre de negocios. Estas son reivindicaciones justas y legítimas de la clase trabajadora iraní. Sin embargo, no podemos detenernos ahí. Debemos preguntarnos: ¿cuál es la causa de esta asfixia económica? Si bien existen factores endógenos y contradicciones de clase dentro de la República Islámica, es deshonesto ignorar que la economía iraní está sometida a un brutal asedio por parte de las sanciones occidentales, diseñadas precisamente para ahogar al país y provocar descontento social. Ese descontento, que ha dado paso a las protestas de carácter economicista, ha escalado rápidamente por todo el país, donde el carácter político se está anteponiendo al económico inicial.

¿Cómo escala una protesta económica legítima hasta convertirse en un desafío político total que exige el derrocamiento del Estado? ¿Ha sido acaso una vanguardia proletaria, siguiendo los consejos revolucionarios de Lenin en el Qué hacer, la que ha insuflado la conciencia revolucionaria al pueblo trabajador iraní y le ha permitido trascender el economicismo y adoptar una actitud política consciente para derrocar el gobierno iraní? No, no hay una vanguardia comunista dirigiendo a estas masas. La escalada es más que evidente, pero rara vez la gente se pregunta cómo se producen estas escaladas, sobre todo en los países no alineados o no supeditados a los intereses occidentales, estadounidenses o sionistas. La mayoría de los países del mundo experimentan protestas y huelgas económicas, e incluso importantes estallidos sociales, pero ¿por qué todas estas protestas no llegan al punto de derrocar al régimen occidental o prooccidental de turno? Estas escaladas se producen en los países no alineados con los intereses del centro imperialista y no es por la existencia de una vanguardia proletaria revolucionaria, sino por la aplicación de los consejos de Gene Sharp, artífice intelectual de las numerosas revoluciones de colores que se han producido en distintos países del mundo, así como de la guerra híbrida (democraciasur) . La súbita politización de las protestas, la homogeneidad de los eslóganes, la rápida escalada violenta y el apoyo mediático sincronizado de Occidente no son casualidad. Son la prueba de que las grietas legítimas de la sociedad iraní están siendo infiltradas y ensanchadas por agentes exógenos. Además, se utilizan narrativas exotéricas diseñadas para el consumo occidental y la generación de consenso (la cuestión del velo, la teocracia islamista, el peligro existencial para los judíos), que no son más que recursos narrativos necesarios para generar este consenso antiiraní y justificar el derrocamiento de la República Islámica, ya sea mediante una insurrección orquestada desde el exterior o una intervención. No se trata de liberar a la mujer iraní ni al obrero, sino de utilizar sus arquetipos como arietes para derribar un Estado.

Pasar de las reivindicaciones económicas, totalmente legítimas, como han admitido las propias autoridades iraníes (agenciaajn) (rfi.fr/es/oriente-medio), al desafío político abierto contra el Estado iraní forma parte de la vieja estrategia imperialista estadounidense y sionista, recogida incluso en el artículo “¿Qué camino hacia Persia? Opciones para una nueva estrategia estadounidense hacia Irán” (brookings.edu)  en el que se expone claramente la estrategia política a seguir para acabar con la República Islámica de Irán, estrategia que, en los últimos años, han intentado poner en práctica por todos los medios injerencistas, sin éxito. Obviar la mano invisible (cada vez menos invisible) de EE. UU. e Israel en estos sucesos es faltar a la verdad, ya sea por una actitud prodemocrática occidental o ultrarrevolucionaria que predica la revolución porque es lo comunistamente correcto, sin pararse a pensar qué consecuencias acarrea dicha prédica. En la actual situación, no se va a materializar en una revolución, sino en una mayor hegemonía sionista en toda la región. En este momento, predicar la revolución o utilizar una fraseología revolucionaria no acerca el socialismo a Irán, sino que acerca a Reza Pahlavi a la jefatura del Estado.

Esto no implica que todos los manifestantes iraníes sean agentes del Mossad o de la CIA, sino que, precisamente, lo que caracteriza a las revoluciones de colores es el inicio legítimo de las protestas, la inserción de elementos subversivos que pretenden darles una dirección política consciente y la instrumentalización y conversión de las protestas en un desafío al Estado. En este punto de inflexión entre el mantenimiento y el cambio entran en disputa distintas fuerzas: las legítimas y populares, que buscan mejoras legítimas, y las ajenas, insertadas desde el exterior, que persiguen el derrocamiento directo del orden establecido. Aunque parezca “increíble”, se pueden señalar las deficiencias de la República Islámica de Irán y aceptar las reivindicaciones del pueblo trabajador iraní sin justificar la injerencia e incluso la posible intervención extranjera en el país, como ha estado valorando Trump. También se pueden condenar los intentos desestabilizadores de las hasta ahora células durmientes en Irán sin por ello afirmar que todos los manifestantes iraníes son agentes de la CIA y del Mossad. Y, aunque parezca “sorprendente”, se puede mantener una actitud antiimperialista sin caer en el seguidismo para con el gobierno de Irán, pero teniendo en cuenta las nefastas consecuencias que podría tener su derrocamiento.

¿Cuáles son esas consecuencias? La República Islámica de Irán es, desde hace muchos años, el corazón del Eje de la Resistencia, que está en guerra con el centro del sionismo, es decir, el Estado de Israel. Hoy en día, el derrocamiento prooccidental y sionista del gobierno iraní, que es lo que pasaría si las protestas culminaran en una insurrección o intervención militar, supondría la derrota total de la lucha antisionista en el mundo árabe y, tal vez, la victoria definitiva del sionismo sobre Palestina. Se habla mucho del islamismo, pero han sido precisamente Irán y las fuerzas alineadas con este país las que han combatido a las fuerzas reaccionarias takfiríes aupadas por el imperialismo estadounidense y el sionismo. Por tanto, su caída supondría el auge de estas mismas fuerzas y su uso para disciplinar, a través del terrorismo, a los países europeos o cualquier otro país que se atreva a cuestionar las directrices yanqui-sionistas. Se debe reflexionar sobre todas estas consecuencias que tendría el derrocamiento del gobierno de Irán, ya que, en las actuales condiciones nacionales e internacionales, no surgirá una república socialista obrera. Vendrá un régimen clientelar prosionista y servil con EE. UU.

@OierPerezM

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