VICKY PELÁEZ. Monseñor Romero: de ‘cura incómodo subversivo’ a santo

El anuncio del Vaticano sobre la canonización de monseñor Óscar Romero, arzobispo salvadoreño asesinado brutalmente en marzo de 1980 cuando oficiaba una misa, cierra una de las páginas negras de la historia.

“No ha muerto un hombre, solo ha nacido una leyenda”

(Horacio, 65 a.C.-27 a.C.)

El asesinato de Romero fue uno de los puntos más deplorables de la Guerra Fría desatada por EEUU en América Central y, en realidad, en toda América Latina después del triunfo de la revolución cubana.

El plan de deshacerse del ‘cura incómodo’ no fue obra exclusiva de una organización paramilitar de extrema derecha salvadoreña, ARENA, como se cree generalmente: los verdaderos autores intelectuales pertenecían a la CIA, el Pentágono, la Liga Anticomunista Mundial y la oligarquía salvadoreña.

Dos décadas antes de aquel trágico 24 de marzo de 1980, cuando el suboficial de la Guardia Nacional Marino Samayoa Acosta le disparó a monseñor Romero, quien estaba consagrando la hostia con los brazos abiertos, y lo mató en el acto, “la Embajada norteamericana y la misión militar del Pentágono”, según el presidente de la Universidad Nacional de El Salvador, Fabio Castillo, “empezó a intervenir directamente en el país, adiestrando a sus fuerzas de seguridad y creando unidades de contrainsurgencia”.

“Muchos de sus ‘alumnos’ se convirtieron en los años 70 y 80 en los líderes de escuadrones de la muerte que eliminaron a decenas de miles de personas”, tal y como constató The New York Times en su edición del 22 de octubre de 1989.

Precisamente en este período de tiempo dominado por la cruzada anticomunista puesta en marcha por Richard Nixon y su asesor de seguridad nacional, Henry Kissinger, la Liga Anticomunista Mundial (WACL) recibió gran prominencia por su participación activa en el ‘Plan Fénix’, en Vietnam, y la ‘Operación Cóndor’, en América latina.

Para América Central, la CIA instruyó a los dirigentes de la WACL para implementar el ‘Plan Banzer’, y así crearon un aparato de vigilancia y archivo de las opiniones ideológico-políticas de los sacerdotes. Hay que tener en cuenta que, debido a 50 años de represión continua en los países como El Salvador, algunos de los clérigos católicos habían sido los únicos defensores de los desposeídos y marginados que representaban a la mayoría de la población.

El arzobispo de San Salvador, monseñor Óscar Arnulfo Romero, se convirtió en uno de estos ‘curas incómodos’, conocido como la ‘voz de los sin voz’, cuyas prédicas alteraban el ‘orden público’ pues, como él mismo afirmaba, “en el conflicto que hay entre el Gobierno y el pueblo, yo, como pastor de Dios, debo estar con el pueblo”.

Mientras que en la percepción del pueblo monseñor Romero era profeta, hombre de iglesia y pastor de almas, las élites nacionales que dominaban los gobiernos de turno y a su vez eran subordinadas a Washington, tildaban al arzobispo de “subversivo”, “revolucionario”, “comunista” y “agitador callejero”.

Lo interesante fue que al inicio de su carrera pastoral, debido a su vocación desde la infancia a ser sacerdote, Romero se perfilaba como un pastor conservador, e incluso mostraba su simpatía por el Opus Dei. Cuando el 3 de febrero de 1977 fue nombrado por el Papa Pablo VI como arzobispo de San Salvador, fue percibido por la curia salvadoreña como un candidato de los sectores de la derecha.

A la vez, monseñor Romero no quería andar al margen de la Teología de la Liberación, pero tampoco quería guiarse por los autores cuestionados por el Magisterio de la Iglesia, como Leonardo Boff y Hélder Cámara, de Brasil; Leonidas Proaño, de Ecuador; Gustavo Gutiérrez, de Perú; Samuel Ruiz García, de México; y Ernesto Cardenal, de Nicaragua.

Todos estos sacerdotes que anunciaron ‘La Iglesia para los Pobres’ fueron silenciados por el papa Juan Pablo II, quien consideró que su teología estaba muy cercana al marxismo. Monseñor Romero escogió la Teología Latinoamericana como su guía pastoral del cardenal obispo argentino Eduardo Pironio, que se basaba en la Praxis Pastoral de la liberación, enfocándola desde una perspectiva bíblica y eclesial.

Sin embargo, la polarización política en El Salvador y la política de violencia diaria impuesta por el Gobierno del general Carlos Romero (1977-1979), usando asesinos en las sombras de escuadrones de la muerte convirtieron al arzobispo Romero en un ardiente defensor de los derechos humanos en el país.

Su radicalización pastoral se produjo precisamente en el tiempo cuando la Liga Mundial Anticomunista, junto con la CIA, empezó a aplicar el ‘Plan Banzer’ en El Salvador. La consigna de varios escuadrones de la muerte era: “¡Haz Patria, mata al sacerdote!”. El periodista Alan Nairon escribió en mayo de 1984 en la revista Progressive que la CIA y los militares de EEUU desempeñaron el papel principal en la concepción de las fuerzas de seguridad de donde salieron los escuadrones de la muerte. La CIA suministró también a los escuadrones información sobre los líderes de los sindicatos, organizaciones campesinas, partidos políticos, y especialmente sobre los sacerdotes y los laicos que serían posteriormente las víctimas de los torturadores y asesinos.

Muchos sacerdotes fueron acusados de enseñar la subversión a los campesinos a través de sus sermones usando palabras de Dios “equivocadamente”. Monseñor Romero estaba en esta lista de religiosos peligrosos, pero su alto nivel eclesiástico de arzobispo hacía abstenerse a los asesinos de los escuadrones de ajustar cuentas con aquel ‘cura incómodo’ para no producir un escándalo internacional.

El Gobierno de Jimmy Carter, que se había ganado fama como protector de la democracia y derechos humanos mientras mandaba a los asesores militares y las armas al Ejército y a la Policía salvadoreños, tampoco quería escándalos internacionales y el crecimiento de la polarización en El Salvador, precisamente en el momento en el que la revolución sandinista terminó con la dictadura de Somoza.

Tanto el Washington oficial como su ‘Estado Profundo’, denominado también ‘Estado Invisible’, no se atrevieron a sentenciar en silencio al arzobispo Romero.

La curia conservadora del Vaticano, que bajo el liderazgo de Juan Pablo II abrazó el anticomunismo y antisocialismo como su meta para “hacer caer el socialismo”, tampoco sabía qué hacer con Romero. Los obispos salvadoreños de San Vicente, San Miguel y Santa María viajaron especialmente al Vaticano para calumniar al arzobispo de San Salvador. Según el hermano del monseñor, Gaspar Romero, “estos obispos le dijeron al pontífice que el arzobispo Romero era comunista y que estaba con la guerrilla y contra el Gobierno”.

Con su cerebro lavado, jamás entendieron los detractores religiosos y políticos del monseñor Romero que “él no era un obispo revolucionario, sino un hombre de la Iglesia, del Evangelio y por tanto de los pobres y, al final, fue víctima de la polarización política, que no dejaba espacio a su caridad y pastoralidad”, según la reflexión de monseñor Vincenzo Paglia, el postulador actual de la causa de beatificación del monseñor Romero.

En un momento de desesperación frente a cada día más despiadado terror, el arzobispo de San Salvador decidió ir al Vaticano para pedir ayuda al papa Juan Pablo II, sin percatarse de que el polaco Wojtyla era el ‘papa Anti-Rojo’, quien con su apostolado anticomunista estaba repartiendo bendiciones a militares golpistas y represores, como Augusto Pinochet, Alfredo Stroessner y Jorge Videla, que perseguían a los Teólogos de Liberación en América Latina.

Después de hacer enormes esfuerzos para ir a Roma, porque “creía que algunas manos negras impedían que cartas e informes llegaran al papa”, las puertas del Vaticano se cerraron ante monseñor Romero y la audiencia acordada con el pontífice quedó cancelada. El obispo salvadoreño no desistió de su propósito y fue uno de los primeros en la cola de los feligreses que esperaban al sumo sacerdote en la audiencia general después de la misa dominical.

Cuando el papa se le acercó, Romero se presentó y le pidió audiencia. No le quedó otra alternativa a Juan Pablo II que conceder este favor al arzobispo de San Salvador.

Durante la reunión, Óscar Romero le contó al líder del Vaticano los horrores que estaba viviendo el pueblo salvadoreño y la persecución que sufrían los sacerdotes que defendían los derechos de los salvadoreños de ser protegidos en nombre de Dios. Le mostró al papa la fotografía del cráneo destrozado del párroco Octavio Ortiz, explicando que lo mataron con crueldad diciendo que era comunista guerrillero”.

A lo que Juan Pablo II le replicó: “¿Y acaso no lo era?”. También el pontífice le encaró rechazando la caja llena de documentos y testimonios de represión en El Salvador y diciendo: “¡Ya les he dicho que no vengan cargados de tantos papeles! Aquí no tenemos tiempo para estar leyendo tanta cosa”. Finalmente, el papa le aconsejó “esforzarse por lograr una mejor relación con el Gobierno de su país” y terminó la reunión.

Aquel 10 de mayo de 1979, monseñor Romero lloró al retorno a su país cuando se dio cuenta de la indiferencia papal a la tragedia de El Salvador. Posteriormente escribió una carta a Jimmy Carter, “de cristiano a cristiano”, pidiéndole cesar la ayuda norteamericana al Ejército y a la Policía salvadoreña, que crecía cada año. Por supuesto, aquel ‘defensor de los derechos humanos’ de todo el planeta ni le respondió, mientras las amenazas de muerte contra el arzobispo Romero se hacían cada vez más insistentes.

Había muchos indicios de que la suerte de este ‘cura incómodo’ ya estaba echada por los ricos y poderosos del mundo globalizado. El 9 de marzo de 1980, en la Basílica del Sagrado Corazón de Jesús, se encontró debajo del altar mayor una bomba que fue desactivada.

La Liga Anticomunista Mundial dio finalmente su visto bueno a la ‘Operación Piña’ para eliminar a monseñor Romero. Los 10.000 dólares para ejecutar esta operación fueron entregados por el Grupo de Miami a uno de los más prominentes creadores y jefes de los escuadrones de la muerte, el mayor del Ejército Roberto d’Abuisson.

El Grupo de Miami, llamado ‘Miami Six’, financiaba en coordinación con la CIA escuadrones de la muerte para no permitir ninguna reforma en El Salvador y acabar con todos los comunistas. Sus miembros pertenecían a las elites ultraderechistas salvadoreñas, como Mario Molina, Roberto Dagho, el representante del Salvador en la WACL, Adolfo Cuéllar, aficionado a las torturas, el director del diario Hoy, Enrique Altamirano, los hermanos Salaverría, Arturo Muyshondt y Luis Escalante.

Roberto d’Abuisson se convirtió en el coordinador logístico de la ‘Operación Piña’ y el hijo del expresidente Arturo Molina, Mario Molina, puso a disposición de los conspiradores al francotirador, Marino Samayoa Acosta. El día 23 de marzo de 1980, un día antes de su muerte, Romero hizo desde la catedral un fuerte llamado al Ejército salvadoreño en su homilía. Exhortó a los militares “en nombre de Dios, pues, y en nombre de este sufrido pueblo cuyos lamentos suben hasta el cielo cada día más tumultuosos, les suplico, les ruego… ¡Les ordeno, en nombre de Dios, que cese la represión!”.

Al día siguiente, el lunes 24 de marzo de 1980, aproximadamente a las 18.30, el arzobispo Óscar Romero fue asesinado cuando oficiaba misa en la capilla del hospital de la Divina Providencia de un disparo con un fusil suizo Winchester calibre punto Zipper 219.

Desde aquel fatídico día, durante todos estos 38 años, el cuerpo inmolado de monseñor Romero y su sangre sacrificada por los hombres siguen latentes en el pueblo salvadoreño. En la cripta de la Catedral Metropolitana siempre hay gente arrodillada con una velita y rezando a monseñor todos los días. No se equivocó el obispo Romero cuando dijo: “Resucitaré en mi pueblo…”

 

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