Reubicaciones en el tablero y en la movilización (Editorial de la publicación de Red Roja)

En los últimos tiempos, coincidiendo con un bajón en las movilizaciones, venimos advirtiendo acerca de las falsas “salidas de crisis”. Máxime en un país cuyo gobierno es experto en autoimponerse las “obligaciones” de la UE antes de que se las impongan, a fin de no parecer “intervenido”. Lo cual, por cierto, le viene cada vez más al dedillo a los mandamases de Bruselas, preocupados en no perder demasiada legitimidad y esconder el carácter imperial de la construcción europea. Precisamente en nuestro último número hablábamos de la necesidad de insertar la lucha contra la austeridad en una estrategia de enfrentamiento frontal con el núcleo que pilota la construcción imperialista europea. Hoy avanzar en eso implica reorientar la intervención revolucionaria en unos marcos de movilización que, como decimos, están afectados por ese cambio de ciclo a la baja.  
            Es indudable que el “tablero político” ha experimentado importantes modificaciones que afectan a quienes han venido gestionando hasta ahora el régimen de la transición con la irrupción institucional y mediática de las llamadas fuerzas del cambio, cuya génesis está íntimamente ligada a la canalización electoral de la indignación.
            Empezando por el gobierno, el PP intenta aumentar su (siempre problemático) margen de maniobra política en base a la degradación de la “izquierda”. El “lado progre” del tablero se lo está poniendo fácil. Hasta el punto de que Rajoy, ante temas como los presupuestos y la puesta en marcha de más recortes, utiliza el chantaje  de nuevas elecciones para ir gobernando como si tuviera mayoría absoluta. Y es así como la debilidad del “sistema democrático” en su conjunto hace que se note menos la debilidad de este partido, corroído por los saltos a mansalva de corrupción, pero que se aprovecha de la banalización de la misma. Y no solo mantiene una cuota suficiente para mantenerse primero en el barrizal, sino que extiende la desmoralización entre esa gente más a la izquierda que culpa de forma simplista a “la gente” de no hacer frente como es debido a la derechona.
            En el PSOE tenemos por un lado a la “vieja guardia” felipista que no aguanta ninguna revisión del régimen de la transición, ni siquiera de maquillaje. En realidad, dicha vieja guardia es la que más teme perder con dicha revisión al haber sido el eje central de la transición. Felipe González, con su “mochila” de GAL y corrupción, representa como nadie a ese nuevo búnker acompañado a toda Prisa por los principales protagonistas mediáticos del paso del franquismo a la “democracia contrainsurgente”.
            Por otro lado en el PSOE están los “sanchistas”, cuyo futuro profesional en la política pasa por ser oposición desde ya al PP disputando la hegemonía a Podemos, pero recogiendo parte de su discurso (y aprovechando su guirigay en lo que respecta precisamente al discurso, pues pasaron del “PSOE y PP la misma mierda es” a centrarse en oponerse al PP). Y conscientes, también, de que mucho nacionalismo catalán tenía un problema… con el problema nacional catalán y confiando en que un cambio de talante en Madrid serviría a los de Mas para zafarse de las CUP.
En el primer artículo de esta revista (“La crisis del PSOE… y su relevo”) analizamos el antes y el después del “golpe de mano” de los barones, organizados en torno a Felipe González, contra los de un Sánchez que, por su parte, no se queda atrás en eso de avalar golpes. Ahí  tenemos su apoyo activo en 2011 –artículo de prensa incluido- al cambio urgente y con nocturnidad del artículo 135 (gobierno de Zapatero) para consagrar antes que nada el pago de la deuda. Y ahí también tenemos su amistad expresa con los golpistas venezolanos. No parece que merezca la pena asignar condición de progresista alguna a esta ambiciosa víctima de peleas mafiosas.
            Por su parte, los de Podemos, todas sus tendencias, sufren la crisis de tener que enfrentarse a su propia denominación. Como no pueden ser lo que “la indignación” que los parió quisiera que fueran (más allá de que muchos ahí ni quieran), cada vez más reproducen las disputas intra-organizativas propias de cualquier “vieja política”. Más que nada tratan de ver qué es lo que más pueden conseguir dentro de Podemos o de sus marcas de acompañamiento. Así, están los que han ligado su posición en Podemos a seguir ocupando la centralidad del tablero: los errejonistas. Y están los que se ven más seguros en la centralidad de la oposición a tener que emular a Tsipras: los pablistas con su apuesta por solapar Podemos con la IU de Garzón. Finalmente tenemos los ex-izquierda anticapitalistas, quienes ligan su futuro inmediato a un discurso programático más radical pero negandoque Podamos si previamente no se hace todo un recorrido por mejorar las correlaciones gubernamentales dentro de la Unión Europea, con Plan B de por medio, etc. etc. 
Pues bien, son precisamente estas dos corrientes últimas las que más afectan a los marcos de movilizaciones en que actuamos.
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En realidad, los diferentes marcos de movilizaciones no podían dejar de ser afectados por el largo periodo de elecciones y la canalización electoralista de la “indignación” por parte de las “fuerzas del cambio”. Cierto que este no ha sido el único factor de ese bajón. Pues no se habría podido mantener un alto nivel de movilización sin una estrategia clara de cambio de poder que hiciera pagar claramente la  crisis a quienes la habían provocado; en definitiva, que hiciera transitar a la “Spanish Revolution” a su estricto significado literal. 
 
Tras el largo período electoral, hay fuertes intentos de adaptar las movilizaciones a los “objetivos de calle” expresados por las “fuerzas del cambio”. Obviamente, están obligadas a una cierta “tensión de pancarta”; pero esta necesidad de calle está ligada al objetivo de desnaturalizar los fundamentos mismos de lo más avanzado de la movilización antirrecortes que se alcanzó con las Marchas de la Dignidad. 
 
            Ante ello, no vamos a agarrarnos de forma ilusa al objetivo de volver a los mejores momentos del 2014 (que nosotros, en realidad, nunca hemos idealizado), ni vamos a esperar pasivamente a que automáticamente marcos como el 22M se recompongan ante una nueva avalancha de recortes y de ataques sociolaborales. Como decimos, se nos impone reorientar nuestra línea de intervención en estos marcos de movilización. Pero siempre partiendo de defender los lemas y contenidos programáticos relacionados con la línea de demarcación del No al Pago de la Deuda; y, consecuentemente, poniendo el acento en nuestra oposición a los dictados de la UE sin limitarnos a centrarnos en el gobierno de turno que nos toque sufrir. Esto es clave para la necesaria pedagogía en aras de la elevación de la conciencia popular y de la acumulación de fuerzas en la larga batalla de disputa de poder real que tenemos. Asimismo, daremos prioridad a la unificación de las luchas frente al parcelamiento de las tablas reivindicativas.
 
Al encarar el nuevo periodo de movilizaciones, hemos de trabajar por elevar la presencia en estas del movimiento obrero, asignatura pendiente del ciclo anterior. Esto requiere que reforcemos el sindicalismo alternativo realmente existente, aparte de que actuemos también en otras plataformas de trabajadores de base que han surgido: por la unificación de las luchas, contra el precarizado, etc. Este reforzamiento del sindicalismo cobra mayor importancia ante la apuesta de las fuerzas políticas electoralistas por “remozar” al  sindicalismo más oficialista. En este sentido, recordaremos que el 22M surgió también como alternativa al cumbrismo social de CCOO y UGT.
 
    En cualquier caso, aunque no podemos evitar que otros convoquen con intenciones bien diferentes a las de una línea consecuentemente revolucionaria, aún menos pueden evitar ellos que, una vez las convocatorias lanzadas, y si actuamos con inteligencia, contribuyamos a que sus convocatorias terminen por superarlos. Esto requerirá de nuestra parte conjugar de forma óptima, y en el día a día, el rigor en la defensa de los principios con el máximo de la flexibilidad política. Una cuestión de formación militante a la que este número ha querido referirse explícitamente. 
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