PACO AZANZA TELLETXIKI. La muerte de Mandela confirmó la abundante existencia de hipócritas en el mundo

Hace hoy cuatro años, con 95 de vida intensa su físico era ya muy débil. De modo que la noticia de su fallecimiento no fue ninguna sorpresa para nadie. Como cabía esperar, la muerte de Nelson Mandela provocó muchísimas muestras de sinceros lamentos y reconocimientos en todo el mundo, pero también generó un huracán de hipócritas ensalzamientos por parte de la población mundial más reaccionaria.

Resultó repugnante escuchar muestras de condolencia y admiración hacia Mandela de la boca de quienes con premeditación y alevosía contribuyen diariamente a extorsionar —con la tremenda tragedia humana que ello supone— a los pueblos de este maltratado planeta, incluido al sudafricano del fallecido Madiba.

Ya en verano, mientras Mandela permanecía ingresado en estado crítico en un hospital de Pretoria, el jefe supremo del imperialismo por aquel entonces —Barack Obama, por supuesto— intentó colgarse alguna medalla. Realizaba una gira por África cuando, con el cinismo que le caracteriza, dijo de Mandela en Senegal, primera etapa de la citada gira: “Es un héroe y una inspiración para mi”, y añadió que su legado “perdurará siglos”. También expresó: “He visto a Mandela salir de la cárcel, tras participar como activista en la lucha contra el sistema del apartheid […] Mandela perdonó a sus carceleros y eso me ha dado el sentimiento de lo que es posible (lograr) en el mundo”. Jornadas después, ya en suelo sudafricano, volvió a repetir: “La fuerza moral de Mandela es una inspiración para el mundo”.

Bellas palabras si hubieran salido de la boca de un individuo sincero pero, tratándose de las palabras del mencionado agente del gran capital, provocan nauseas cuando se leen o escuchan.

Y es que nunca se debe olvidar que el Gobierno de los Estados Unidos fue un gran aliado del sistema del apartheid, aquel que mantuvo a Mandela por más de 27 años en la cárcel y a la población negra de su querido pueblo en la más absoluta discriminación y miseria. Por si fuera poco, Madiba fue detenido el 5 de agosto de 1962 por los servicios de inteligencia sudafricanos, que contaron con la ayuda de la CIA mediante un agente infiltrado en el Congreso Nacional Africano —ANC—. Otro detalle que no se debe olvidar es que, hasta 2008, Nelson Mandela fue considerado “terrorista” por el gobierno del país imperialista, ya que solo entonces fue borrado su nombre del cínico listado. Pero no importa, el jefe supremo del imperialismo no se sonrojó a la hora de ensalzar la trayectoria revolucionaria del fallecido. Muy al contrario, la Casa Blanca anunció que todos los ex presidentes de los Estados Unidos vivos, excepto Bush padre, viajarían a Sudáfrica para acudir a su funeral.

No me extenderé con muchos ejemplos sobre el cinismo desatado aquellos días debido al caso que nos ocupa, pero sí me detendré en el Estado español. El Jefe del Estado de entoces, Juan Carlos de Borbón, hoy rey emérito dijo de Mandela: “Su vida ha sido un ejemplo de integridad y grandeza puestas al servicio de los demás”. El presidente del gobierno, Mariano Rajoy, y el jefe de la oposición de entonces, Alfredo Rubalcaba, también han ensalzaron de inequívoca manera la figura de Madiba.

Pues bien, a Juan Carlos de Borbón nunca le eligió la población mediante las urnas, ya que fue preparado e impuesto por Franco para dejar todo “atado y bien atado” cuando el propio dictador ya no estuviera vivo. Mariano Rajoy, que pertenece al Partido Popular —PP—, es un heredero del franquismo. Y el “socialismo” del Partido Socialista Obrero Español —PSOE— ya sabemos cuál es y cuál ha sido. ¿Qué les hizo, pues, hablar tan bien de Mandela?

Estos tres individuos siempre han defendido que, ni ahora ni antes ni después, ninguna causa justifica el uso de la violencia, y exigen la condena y el arrepentimiento de quienes en algún momento de su vida la han utilizado para poder participar en “democracia”. Tremenda paradoja, porque el ensalzado Mandela, sosteniendo que en aquel momento era la única vía posible para derrocar al apartheid, también practicó la lucha armada y, además, posteriormente cambió de estrategia, pero nunca se arrepintió de haber empuñado las armas.

Curiosamente, Juan Carlos de Borbón, que fue partícipe de la dictadura franquista —llegó incluso a ejercer interinamente de Jefe del Estado en julio y agosto de 1974 por enfermedad de Franco— nunca ha condenado al sangriento franquismo. Tampoco Rajoy, heredero de la mencionada dictadura, lo ha condenado. Y Rubalcaba, que fue portavoz del gobierno en los tiempos del GAL y tuvo que contar infinidad de mentiras para salir del paso, tampoco ha condenado al citado grupo que fue creado por individuos de su gobierno y partido.

Hace más de seis años que ETA anunció el cese de su actividad armada, y varios meses que se desarmó. Pero el Gobierno español y quienes ahora dirigen el principal partido de la oposición se han cerrado en banda. Exigen la disolución de ETA, el arrepentimiento de sus militantes y la condena de toda su historia —la organización nació en 1959, durante el franquismo—. Vamos, que exigen a los demás lo que ellos nunca se han exigido a si mismo.

Cabe añadir que todos esos pasos que dio la organización armada contó con el apoyo de numerosas organizaciones y personalidades de todo el mundo. Y he aquí un dato muy importante: entre ellas estaba el Congreso Nacional Africano —partido de Madiba— y el propio Nelson Mandela a través de la Fundación que lleva su nombre.

Otra muestra de la hipocresía que impregnó aquellos días fue la nula o escasa alusión a la importancia que tuvo Cuba revolucionaria en el fin del apartheid que, insisto, fue apoyado interesadamente por numerosos personas y gobiernos que ahora elogian a quien tanto daño hicieron. Y es que ensalzar a Mandela y a la vez criticar a la Revolución Cubana es un ejercicio que choca bastante.

Mediante su política internacionalista Cuba siempre ha prestado ayuda muy importante a los pueblos —incluidos a los del continente africano— que la han necesitado. Estas palabras de Mandela son sin duda elocuentes: “El pueblo cubano ocupa un lugar especial en el corazón de los pueblos de África. Los internacionalistas cubanos hicieron una contribución a la independencia, la libertad y la justicia en África que no tiene paralelo por los principios y el desinterés que la caracterizan”. […] “Nosotros en África estamos acostumbrados a ser víctimas de otros países que quieren desgajar nuestro territorio o subvertir nuestra soberanía. En la historia de África no existe otro caso de un pueblo que se haya alzado en defensa de uno de nosotros”. […] ¿Cuántos países del mundo se benefician de la obra de los trabajadores de la salud y los educadores cubanos? ¿Cuántos de ellos se encuentran en África? ¿Dónde está el país que haya solicitado la ayuda de Cuba y que le haya sido negada? ¿Cuántos países amenazados por el imperialismo o que luchan por su liberación nacional han podido contar con el apoyo de Cuba?”

Mandela estaba en prisión cuando se enteró, con agradable sorpresa, que numerosos internacionalistas cubanos combatían en territorio angolano. Por la República Popular de Angola, en el transcurso de los casi dieciséis años que duró la “Operación Carlota”, llegaron a pasar 377.033 combatientes cubanos. Esta nación, presidida entonces por el dirigente del Movimiento Popular para la Liberación de Angola —MPLA—, Agostinho Neto, solicitó la intervención cubana para defender su soberanía frente a la agresión sudafricana. Agresión invasora que estaba apoyada por la contrarrevolución interna y la ayuda espiritual y material de Estados Unidos. Los yanquis —siempre tan deshumanizados— suministraron, a través de Sudáfrica, infinidad de armamento a la Unión Nacional para la Independencia Total de Angola —UNITA—, organización liderada por Jonas Savimbi que arrasaba aldeas enteras y asesinó a cientos de miles de civiles, incluyendo mujeres y niños. El Frente Nacional para la Liberación de Angola —FNLA—, cuyo mercenario dirigente era Holden Roberto, también recibió ayuda norteamericana y actuaba de idéntica manera.

Estados Unidos sabía perfectamente, además, puesto que ellos las suministraron a través de Israel, que el régimen fascista y racista de Sudáfrica contaba con la posesión de siete armas nucleares similares a las que ellos lanzaron sobre Hiroshima y Nagasaki. Con la esperanza, quizá, de que hicieran uso de ellas contra las tropas cubano-angolanas, el imperialista gobierno no dijo nada.

Ante la interesada amnesia que no pocos individuos padecen, no está de más recordar que, con esta misión internacionalista, Cuba contribuyó de manera decisiva a rechazar las embestidas bélicas del enemigo externo, a que la ONU aprobara —mediante la aplicación de la resolución 435— la independencia de Namibia —última colonia del África negra— por la que tanto luchó la Organización del Pueblo de África Sudoccidental —SWAPO—, a la liberación de Zimbabwe… y a que se derrumbase el apartheid en Sudáfrica y se “rompieran” los cerrojos que mantuvieron encarcelados por más de un cuarto de siglo a Nelson Mandela y a otros compañeros del Congreso Nacional Africano.

Decisivos fueron los combates librados entre enero y marzo de 1988 en Cuito Cuanavale, antigua base aérea de la OTAN, para lograr la victoria sobre la coalición África del Sur-UNITA. Esta victoria militar repercutió favorablemente en el proceso de negociaciones comenzado a mediados de 1987. En el plano militar las fuerzas cubano-angolanas fueron muy superiores, sobre todo tras los citados combates, donde se contó con la ayuda de destacamentos namíbios. Por eso mismo —y no por buena gente— los enemigos de la República Popular de Angola acabaron firmando lo que no deseaban. Viéndose militarmente perdidos, y tragándose la habitual prepotencia que les caracteriza, no les quedó otra alternativa que hacerlo.

Los acuerdos de Paz para el Suroeste de África fueron firmados por Sudáfrica, Angola y Cuba en la sede de la ONU, en diciembre de 1988. Estados Unidos participó como mediador, aunque, en realidad, por ser un aliado del régimen del apartheid, les correspondía sentarse junto a los sudafricanos.

Fidel expresó que “el jefe de los negociadores norteamericanos, subsecretario de Estado Chester Crocker, durante años se opuso a que Cuba participara […] En un libro de su autoría sobre el tema fue realista cuando, refiriéndose a la entrada en la sala de reunión de los representantes de Cuba, escribió: la negociación estaba a punto de cambiar para siempre.

El personero de la administración Reagan sabía bien que con Cuba en la mesa de negociaciones no prosperarían la burda maniobra, el chantaje, la intimidación ni la mentira”.

En 1991, ya liberado, Madiba reconoció tamaña gesta cubana y su repercusión en el fin del apartheid: “¡La aplastante derrota del ejército racista en Cuito Cuanavale constituyó una victoria para toda África! ¡Cuito Cuanavale marca un hito en la historia de la lucha por la liberación del África austral! ¡Cuito Cuanavale marca el viraje en la lucha para librar al continente y a nuestro país del azote del apartheid!”

Hace cuatro años, en Johannesburgo se dieron cita muchísimos hipócritas para despedir al fallecido, pero, afortunadamente, quien tanto luchó contra el imperialismo en defensa de su pueblo, también estuvo rodeado de amigos sinceros; entre ellos Raúl Castro Ruz representando a su heroico pueblo.

Gloria eterna para Nelson Mandela.

 

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