NANDU DE DIEGO. La influencia de los medios de comunicación de masas en las sociedades contemporáneas

Los medios de comunicación en todas sus vertientes, representan parte de la idiosincrasia que caracteriza a las sociedades contemporáneas desarrolladas o en vías de desarrollo y a su educación, atendiendo a su papel formativo en este área. En la actualidad no es posible comprender la faceta política, cultural y económica de las mismas sin prestar atención a la función que en ellas desempeñan las tecnologías de la información. Los medios contribuyen a modelar gradualmente la vida de todos nosotros, lo que pensamos, lo que nos gusta, y en definitiva, lo que hacemos. La comunicación de masas constituye pues, un fenómeno relevante en la historia reciente, principalmente de los países occidentales con sectores poblacionales más amplios.

En las áreas menos desarrolladas y con mayor déficit cultural, donde no existe un influjo comunicacional que represente sus demandas, el discurso dominante es absorbido (que no asimilado) con mayor facilidad, por lo que no haremos en esta ocasión especial hincapié en profundizar en dicho contexto, si bien merece la pena recalcar que, reducir el análisis de este fenómeno a un sistemático control de los indicadores económicos y sociales que plantea el capitalismo, es un error que se repite con frecuencia y que detiene el avance del propio desarrollo en sí. Vemos como en algunos países de Latinoamérica por ejemplo, su oposición a la implantación de un sistema capitalista de desarrollo es la principal causa de que terminen considerados como subdesarrollados a ojos de la comunidad internacional, atendiendo a criterios financieros en relación al mercado global pero pasando por alto los logros en materias de sanidad, educación, vivienda, etc.

Está comprobado que los medios de comunicación de masas ejercen una influencia enorme entre la clase obrera, perpetuando la ideología de los estratos dominantes en cada época, que son quienes mayoritariamente disponen de estos medios de producción intelectuales (“las ideas de la clase dominante son las ideas dominantes de la época”), y creando tanto un sistema de valores globalizado, como patrones de conducta a través de la opinión pública que no supongan una amenaza para el poder socioeconómico y político establecido. La ideología explotadora establecida en un sistema de clases antagónicas tiende a tergiversar la realidad social y desviar la conciencia de los explotados.

En este contexto lacayuno campan a sus anchas los oportunistas de turno, camuflando de periodismo independiente lo que objetivamente parece sumisión a la mano que los paga, los mismos que nos vendieron aquel falso relato mal llamado “transición”, mientras otros más concienciados se jugaban la libertad e incluso su vida por ejercer la profesión.

El problema comienza cuando pierden la máscara y se los descubre.

Ante la incapacidad de los medios de información hegemónicos (reducidos a meras plataformas desde donde reproducir con comodidad el mensaje de su amo) de disimular que tan solo sirven a los intereses estructurales del sistema capitalista, parece que estos han optado por aferrarse a estrategias infantiles, para tratar de hacer frente a todas aquellas posiciones desde donde se cuestione su cada vez más debilitada credibilidad o se entorpezca en modo alguno su labor de persuasión sobre el receptor.

Nos permitimos rescatar el papel que un joven Karl Marx jugó como periodista y escritor en otros tiempos, y que a tenor de la coyuntura actual cobra plena vigencia para explicar este fenómeno reaccionario. El filósofo asentaba por entonces precedente en términos periodísticos, creando su propio estilo crítico, enfocado a denunciar la desigualdad social y a organizar y representar la lucha revolucionaria de los oprimidos, y cuyos fundamentos encontrarían respaldo posteriormente en la labor continuadora de Vladimir Ilich Uliánov, “Lenin”, quien promulgaba que “la libertad de prensa burguesa significa libertad para comprar y falsear la opinión pública”.

Mucho ha llovido desde entonces hasta hoy, y la necesidad del “establishment” de adaptar su estrategia de promoción a los tiempos presentes, tanto en fondo como en forma, y su sumisión a los principios de la sociedad de consumo, condenaron al abandono a aquellas prácticas propagandísticas donde los pensadores forjaban sus conocimientos en cada día de trabajo.

Son varios los motivos numerables que han impulsado los grandes cambios producidos desde entonces hasta hoy en el oficio, pero principalmente destacaremos un par de ellos que a nuestro juicio adquieren especial relevancia.

Nos referimos a la gestión de la tecnología y la creación de nuevas plataformas y redes sociales virtuales, que significativamente han sustituido a las fuentes al uso y sitúan al transmisor en igualdad de condiciones con el destinatario del mensaje,  propiciando un escenario idóneo donde instaurar una socorrida posverdad, que no es sino una mentira con un nombre más atractivo. La peligrosidad radica en que dentro de este contexto de matizable pluralidad, cualquier usuario con acceso a internet sería capaz de desmontar una noticia, en caso de que su contenido no hubiera sido debidamente contrastado, lo que parece suponer una molestia para ciertos pseudointelectuales del sector, que observan cómo se rompe la unidireccionalidad de su discurso, algo que no sucede en radio, televisión y prensa, donde sin embargo enfrentan una notoria pérdida de audiencia e ingresos.

El progresivo desarrollo de las fuerzas de producción emanadas del capitalismo, entra de este modo en disputa con las relaciones sociales que genera. La solución que aplican para solventar este conflicto, es reprimir y censurar los contenidos que interpretan como incómodos.

Por otro lado, este nuevo entramado de difusión de la información genera una atroz competencia por la inmediatez en su publicitación, que es el otro punto clave al que aludía con anterioridad. La necesidad de ser los primeros en comunicar un acontecimiento, obliga a acortar el proceso de investigación, elaboración, edición y posterior publicación de la noticia, lo que es contraproducente con el fin último de informar pero no con sus intenciones de hacer de su doctrina un elemento incuestionable.

Nos explicamos; el control de la comunicación es un método para ejercer el control social, por lo que la saturación de contenidos ayuda en su plan de desviar la atención del individuo, disimulando los problemas importantes que lo afectan y visibilizando otras banalidades idealistas, que a menudo suscitan el interés suficiente para ser aprovechadas a modo de caballo de Troya, a la hora de efectuar incluso injerencias imperialistas sobre la soberanía de diferentes países, los procesos de paz, el comercio internacional…

Sin ir más lejos y por citar algunos ejemplos recientes, nos encontramos inmersos en un anómalo proceso de criminalización mediática al gobierno ruso a raíz de una broma gastada por humoristas a la ministra de Defensa del estado español, proceso alentado desde sus editoriales por algunos personajes de dudosa catadura moral, que no hace sino evidenciar la falta de profesionalidad dentro y fuera de las instituciones. Antes fue la República Bolivariana de Venezuela, la República Árabe Siria, Irak, Libia, Cuba, Vietnam y así sucesivamente la élite de los “mass-media” aprovechan para fabricar enemigos distantes sobre los que descargar el descontento de la opinión pública, inhibiéndola de su realidad cercana y de los asuntos internos que la competen.

Esta dinámica basada en el miedo,  la abstracción y el clientelismo político actúa como catalizadora de la desafección social existente, y conduce a la asunción de medidas drásticas por parte de los interesados, que justifican así cualquier retroceso en los derechos sociales de la población. El funcionamiento es el siguiente; Se crea un problema a priori inexistente, la sociedad se escandaliza en los tiempos previstos a tal efecto, y posteriormente desde los puestos de poder se presentan soluciones partidistas que ellos mismos se encargan de que sean aceptadas con agrado por el resto.  Como se puede apreciar, todo esto tiene un carácter muy “democrático”.

Los miles de millones de euros que el gobierno destina de nuestros bolsillos a subvencionar las radios y televisiones públicas parecen insuficientes para dotarlos de eficacia y transparencia, máxime cuando se prioriza estatalmente en los medios privados, que inexplicablemente también son financiados impúdicamente sin un criterio claro. Estos últimos son los que más influencia poseen a la hora de generar un entorno de pensamiento único, tan valorado por los grandes “lobbies” que monopolizan la información y por la oligarquía financiera.

En el estado español concretamente, los grandes grupos empresariales existentes, como es el caso de Grupo Prisa, Mediaset, Grupo Planeta, Godó y demás, son financiados por el sector bancario, por multinacionales, por la conferencia episcopal, y toda suerte de aristócratas postmodernos, lo que da buena cuenta de su imparcialidad ideológica.

Malcom X profetizaba al respecto lo que más tarde se asumiría como una realidad inherente a la industria de la información “si no estáis prevenidos ante los medios de comunicación, os harán amar al opresor y odiar al oprimido”. Cierto, los medios tienen la capacidad de hacer creer que una inocente víctima parezca un criminal y al revés, lo que supone una tendencia inaceptable bajo cualquier concepto y que por desgracia cada vez es más frecuente.

Aunque detrás escondan una motivación mercantil, el periodismo al igual que la publicidad guardan como vemos un fuerte componente emotivo que prevalece sobre el conocimiento racional, con el que el usuario trata de encarnar su ideal identitario, arrastrado entre otros factores por el carisma del emisor y la popularidad de la marca empresarial. Se modela de esta manera un nuevo consumidor que carezca de actitud crítica ante lo que se le ofrece, sin que el sistema cambie por ello siquiera un ápice de su funcionamiento.

El indefenso receptor, en la mayoría de los casos, no tiene contacto directo con las fuentes desde donde se construyen las noticias, por lo que se ve obligado a supeditar su postura a la voluntad de quienes en último término las trasladan al público.

Pero antes de que esto suceda, la información debe atravesar los sucesivos filtros que la imponen las diferentes capas de poder que atraviesa, con el añadido de que los intereses de los mecenas de estos grupos están bien representados en los cargos que ostentan en los consejos de administración. La noticia sufre así un proceso de “mediatización”.

Esta teoría sostiene el argumento de que los medios proyectan la visión de una élite minoritaria, formada por personas importantes dentro de las corporaciones, que los controla.

 

/www.resumenlatinoamericano.org/

 

Foto: Escena de la película LA Antena de Esteban Sapir.

Lee y Comparte. Ayuda a que la contrainformación llegue a más personas.Share on Facebook
Facebook
Share on Google+
Google+
Tweet about this on Twitter
Twitter
Share on LinkedIn
Linkedin
Share on Reddit
Reddit
Email this to someone
email

Comentar

Su dirección de correo electrónico no será publicada.Los campos necesarios están marcados *

*