MANUEL NAVARRETE. En el aniversario del Frente Popular

Ante el acto que celebramos este 16 de febrero en Córdoba, nos gustaría destacar unas consideraciones que vamos a dividir en tres partes: los antecedentes, el desarrollo del Frente Popular y la necesidad de recuperar su legado.

I. Antecedentes históricos

La historia del frente popular y de la propia guerra civil no puede comprenderse si se hace abstracción de lo sucedido en las décadas anteriores. Habría que hablar de la catastrófica guerra mundial estallada en 1914 (la peor forma de esclavitud, como decía el movimiento obrero entonces, ya que ni siquiera te secuestraba para trabajar sino para morir directamente) y de la consecuente quiebra del sistema liberal que ello supuso. Ante la crisis de la democracia burguesa surgieron dos alternativas: una fue la revolución rusa y la otra, como reacción desesperada ante el riesgo de extensión de esta primera, el fascismo.

Italia, Alemania y, desde 1934, Austria habían caído ya en manos de regímenes de este tipo. En lo que respecta a España, heredaba una situación particular de su revolución liberal inconclusa en el siglo XIX. La república surgida tras las municipales de abril del 31 se pondrá como tarea culminar de una vez dicha revolución burguesa y modernizar el país, acabando con sus rasgos semi-feudales y atajando los principales problemas del país (el latifundio, la cuestión territorial, el papel de la Iglesia, el atraso del ejército…). Primero habrá un gobierno republicano-socialista pero, desde 1933, gobernarán los radicales (republicanos de derecha). Con la posterior entrada en el gobierno de ministros de la para-fascista CEDA, se producirá una revolución de octubre del 34 que solo progresa en Asturias, para acabar siendo ahogada en sangre por los mandatarios del “bienio negro”.

Paralelamente, lleva años produciéndose un proceso de rectificación en el seno de la Internacional Comunista. Tras un primer periodo revolucionario inaugurado en el 17 y un segundo periodo de reflujo, se consideraba que de nuevo se estaba viviendo una ofensiva obrera y se defendía la consigna de “clase contra clase”. Tal ofensiva, en realidad, estaba lejos de ser real. La política del tercer periodo fue rectificada en 1935, de la mano de los propios Dimitrov y Stalin, y pasó a defenderse la necesidad de frentes populares antifascistas. (1)

Desde luego, la política de “clase contra clase” era errónea; pero también comprensible teniendo en cuenta ciertos hechos: la ruptura con los socialistas, que apoyaron la guerra mundial, se había producido poco tiempo antes; Kautsky llamaba a derrocar al gobierno soviético; el PSOE había colaborado con la dictadura de Primo de Rivera (Largo Caballero, el supuesto “Lenin español”, había llegado a Consejero de Estado, entre otros cargos)…

No obstante, el PCF y el PCI (con un papel destacado por parte de Togliatti y Gramsci) estaban ya en abierta disensión con esa política; pronto se sumaría a ellos el PCE con la brillante aportación de José Díaz, y tras ellos, no sin resistencias, la propia dirección de la Komintern. En el caso español, se lograría un pacto amplio en torno a la amnistía (había en torno a 30.000 presos de la izquierda tras la insurrección fallida del 34) y derechos sociales básicos. Y ello a

pesar de que los republicanos bloquearon la mayor parte de las propuestas que el PCE y el PSOE habían consensuado.

II. El Frente Popular

El 16 de febrero se produce la victoria electoral del Frente Popular. Hay que subrayar la participación inédita de los anarquistas y también, siguiendo a José Díaz, la masiva participación femenina, destacada de hecho en los informes elaborados por los comunistas entonces. (2) Algo que choca, desde luego, con la visión de Azaña (heredada por muchos hoy día) que culpó de la derrota del 33 al voto femenino, en lugar de culparse a sí mismo por la tibieza en la aplicación de la reforma agraria y de todas las mejoras prometidas, lo que causó decepción entre el pueblo.

Lo crucial es que el Frente Popular desborda inmediatamente lo pactado. En primer lugar, se libera a los presos inmediatamente, sin esperar siquiera al decreto de amnistía. Además, comienza una ocupación masiva de tierras, que el Instituto de Reforma Agraria sancionará a posteriori. Se implanta una legislación laboral notablemente progresista y empiezan a darse los pasos para el autogobierno de Cataluña, Galicia y Euskadi.

Desde el mismo día de las elecciones, la oligarquía empieza a conspirar con la intención de repetir, con mejor suerte, la acción golpista de Sanjurjo en el 32. Los pistoleros falangistas no cesan en sus provocaciones hasta que, tras asesinar al teniente republicano Castillo, las organizaciones de la izquierda liquidan a Calvo Sotelo, líder reaccionario que había sido ministro de Primo de Rivera. Días después, la oligarquía desencadena el golpe para el que llevaba comprando armas a Mussolini desde hacía meses.

El 17 de julio se desencadena la sublevación (el fascismo ensalzará el 18 por ser el día en que entró en acción su héroe, Francisco Franco) y, en lo que respecta al análisis de los hechos, a día de hoy prosigue la batalla entre los historiadores. Produce verdadera desazón comprobar que, entre las filas de la izquierda (y no solo entre amigos de la IV Internacional, sino incluso entre anarquistas), todavía hay quien recomienda libros infames como el de Burnett Bolloten, auténtico panfleto anticomunista descaradamente escrito desde el espíritu (y desde los intereses materiales) de la guerra fría. Máxime habiendo surgido, en los últimos años, grandes historiadores del periodo, insobornables y desde luego mucho más recomendables, como Ángel Viñas (3).

A los partidarios de la república del frente popular nos queda reservada la difícil tarea de, por un lado, refutar las insidias de Payne, Moa, etc. y, por otro, no contagiarnos de la actitud predominante entre la historiografía progresista, que tiende a pedir perdón por el hecho de que los campesinos y los obreros quisieran librarse de su yugo asfixiante y secular. Por nuestra parte, no vamos a negar lo evidente ni a “hacernos los inocentes”: pues claro que se vivía una revolución, aunque no fuera aún una revolución proletaria. En España estaba surgiendo una república de nuevo tipo, antimonopolista, popular; y la oligarquía sabía muy bien lo que hacía cuando decidió derrocarla.

También es erróneo atribuir la derrota que sufrimos a la división existente en el seno de la izquierda. La guerra se perdió porque solo la URSS ayudó a la república, mientras que los sublevados contaban con la ayuda de Hitler, de Mussolini y con la cobertura fronteriza para sus tropas de la Portugal de Salazar. Fue la política de “no intervención” de Francia y Reino Unido la

que sentenció a la república, demostrando además que un posicionamiento “ni-ni” implica, en el fondo, apoyar la victoria del lado más fuerte: el imperialismo.

Dicho esto, sí que fueron lamentables ciertas divisiones surgidas… como las que hubo en el propio seno del PSOE, con un Largo Caballero más preocupado en sus “guerritas” internas contra Indalecio Prieto que en la verdadera guerra que había que afrontar. Sin olvidar la actitud de sectores anarquistas y del POUM, tema que abordaremos más adelante.

La revolución entró en otra fase cuando, tras el golpe, la cadena de mando del ejército se desmorona y las milicias obreras toman el control de la calle y el protagonismo de la resistencia al fascismo. Igual que en el 34 (cuando los socialistas negaron todo conocimiento), fue nuevamente el PCE quien dio el paso al frente más decidido, siendo junto a la CNT la fuerza más destacada en la heroica defensa de Madrid y en asalto al Cuartel de la Montaña.

Comenzó entonces un meteórico crecimiento del PCE, que pasó a convertirse en la mayor fuerza republicana. Un crecimiento acaso excesivo, teniendo en cuenta que la estructura que debía hacerse crecer era la del frente popular (u otro frente nacional que eventualmente pudiera crearse ad hoc), y no la de un partido que, más allá de su innegable heroísmo, fue descuidando en cierta medida la labor de la lucha ideológica, llenándose de arribistas y quizá olvidando su papel natural. No se comprendió, por ejemplo, la necesidad de un trabajo en la retaguardia enemiga para pasar de una guerra de posiciones a una guerra de guerrillas. (4)

En mayo de 1937 se produjeron los famosos hechos de Barcelona, retratados por Orwell e inspiradores, suponemos, para el cineasta Ken Loach (que se basaba quizá también en la llegada de Líster a Aragón). En realidad, la polémica surgida a raíz de esto se basa en varios equívocos, comenzando por la misma incomprensión de la naturaleza de la revolución; e incluso de la naturaleza del propio poder, que era concebido de un modo fragmentario e incluso sectario-organizativo, como si cada organización debiera aspirar a conservar su propio reino de Taifas. ¿Eran contrarrevolucionarios el PCE y el PSUC por aspirar a un mando único (el único capaz de lograr algo en una “guerra total” moderna) o por oponerse a que la central telefónica se negara a contestar a las instrucciones del Ejército Popular republicano? (5) ¿Lo eran por entender la estructura de clases realmente existente en la sociedad española entonces?

España era un país semi-feudal y agrario; además, en el agro abundaban los campesinos y los arrendatarios (o aparceros), incluso por encima de los abundantes jornaleros. Obligar a bote pronto a estos campesinos y pequeños propietarios a experimentos de “socialización inmediata” que no podían entender ni apoyar equivalía a entregarlos en brazos de Franco. (6) En Rusia, el Código de la Tierra de 1922, supervisado por Lenin, no “socializó” la tierra: la nacionalizó, si por ello entendemos la entrega de la tierra al campesinado, rigurosamente controlada por el Estado, en régimen de pequeña propiedad familiar. La socialización no llegó hasta más de una década después de realizada la revolución, coincidiendo con el primer plan quinquenal; y, paradójicamente, entonces fue criticada por estos mismos sectores del movimiento obrero por constituir una “colectivización forzosa”.

En realidad, se trataba -como cuando la misma creación del Frente Popular- de comprender cuál era la política de alianzas necesaria en ese momento o, en términos de Mao, cuál era la contradicción principal entonces. La dirección de la CNT (que entró a formar parte del Frente Popular y tuvo incluso ministros en el gobierno) lo comprendió: no así algunos sectores de las bases. Ni tampoco el POUM, desencadenando una “guerrita” en la retaguardia que provocó 500 muertos en Barcelona, aparte de cierta desmoralización.

Tras muchos avatares y sacrificios, fue un posterior gobierno de Negrín quien mejor comprendió que era necesario prolongar la resistencia para intentar enlazar nuestra guerra nacional revolucionaria con la guerra europea que estaba a punto de estallar, lo que nos habría convertido en un frente más de la batalla contra el fascismo desarrollada por los pueblos de toda Europa. Desgraciadamente, Besteiro y el padre de Carrillo (ambos del PSOE), Cipriano Mera (de la CNT), junto a sectores republicanos y al coronel Segismundo Casado, dieron un golpe de Estado para rendir la república ante Franco, entregándole la emblemática ciudad de Madrid donde hasta entonces había ondeado bien alto el “No pasarán”. Y todo ello a solo unos meses de la invasión de Polonia por Hitler.

Hasta la fecha, ninguna película “de moda” ha retratado esta puñalada por la espalda que puso fin a la república y al único gobierno que podía mantenerla en pie: el del frente popular.

III. Sobre la necesidad de un frente popular hoy

Hay que destacar que, pese a la derrota en España, posteriormente se crearon frentes populares que en Europa encabezaron la lucha armada contra la bestia fascista. Habría que hablar igualmente de la política de frente nacional anti-japonés en China. O posteriormente en Argelia o en numerosos procesos de liberación nacional y antiimperialistas. O incluso de los gobiernos de corte chavista como el de Venezuela.

Lo de menos es el nombre del frente en cuestión: lo crucial es entender la política de alianzas de la clase trabajadora en contextos en los que, dada la estructura real de las clases sociales, se muestra insuficiente y estéril el análisis simplista que trata de reducir la lucha de clases a la cuestión de “la burguesía y el proletariado” (válida en todo caso como esquema universal, pero jamás para las luchas concretas, como a la perfección se encargó de plasmar Marx, por ejemplo, en sus análisis políticos sobre Francia).

Cosa distinta es entender que las situaciones de doble poder no son eternas, sino que más temprano que tarde se deslizan hacia un lado o hacia el otro. Lenin lo destacó en las Tesis de abril. Y fue también el maestro en cuanto a la política de alianzas de clases, asumiendo, una vez en el gobierno, tareas pendientes de la revolución democrático-burguesa, como el reparto de la tierra a los campesinos, sin cuya base social los bolcheviques no habrían perdurado en el poder, en un país agrario en el que Moscú y San Petersburgo eran meras “islas”.

También nos enseñó Lenin la necesidad y el arte de revolucionar la realidad, incluso aunque la mayoría de los sujetos llamados a protagonizar esto no sean, ni mucho menos, revolucionarios. ¿Y cómo? Haciendo antagonizar a las masas con el poder político, incluso aunque formalmente no se consideren “comunistas”. Porque los comunistas siempre serán minoría.

En suma, en la intervención política es estéril lanzar proclamas abstractas sobre el “socialismo” o enarbolar meras frases. Hay que determinar cuál es la contradicción principal en cada momento; la que puede movilizar a las masas y, a la vez, hacerlas antagonizar con el poder político. Y hoy en día, en nuestro contexto y en el plano socioeconómico, esa consigna es el NO al pago de la deuda, unida a la expropiación bancaria y a la ruptura con las instituciones europeas, como se ha venido apuntando desde un sector del movimiento comunista. (7)

Tal consigna -y no las batallitas culturales en boga hoy día- cumple el doble requisito de ser asumible por los sectores más proletarizados y precarizados de la sociedad y de ser, a la vez, inasumible para el sistema. Puede ser un enganche con las masas, si explicamos algo tan simple

como que la deuda fue creada por el rescate bancario y que los recortes se hacen para pagarla. Máxime cuando hemos presenciado cómo las instituciones europeas manejaron al gobierno griego a placer con el chantaje de la deuda.

Desde ahí, y una vez en conexión con las masas, un nuevo frente popular debería avanzar hacia el plano político, lanzando la consigna del rechazo del régimen de la Transición y reivindicando las libertades políticas plenas, incluida la amnistía. Y, por duro que sea el proceso pedagógico subsiguiente, sería imprescindible asumir la responsabilidad de explicarle a nuestro pueblo la necesidad de respetar el derecho de autodeterminación, dando solución del modo más rápido posible a tareas que nuestra historia dejó inacabadas y que la izquierda archivó al pasar por el aro del 78.

Consideramos que estas son las enseñanzas de un proceso histórico, el del frente popular, que por desgracia ha sido olvidado o distorsionado, pero que puede hacer sentir orgulloso a cualquier revolucionario de los pueblos de España, porque le representa.

NOTAS:

1. Fernando Hernández Sánchez: Guerra o revolución. El Partido Comunista de España en la guerra civil

2. José Díaz: “El alcance del triunfo popular del 16 de febrero”, artículo incluido en la recopilación Tres años de lucha

3. Ángel Viñas: La República en guerra. Contra Franco, Hitler, Mussolini y la hostilidad británica

4. Colectivo Francisco Javier Martín Eizaguirre: Aproximación a la historia del Partido Comunista de España

5. Manuel Tuñón de Lara: La España del siglo XX. Tomo 3

6. José Luis Martín Ramos: El Frente Popular. Victoria y derrota de la democracia en España

7. Vicente Sarasa: “Línea revolucionaria y referente político de masas”, artículo de 2013 que está disponible online y será incluido en El día D y su gerundio (Parte segunda), libro de próxima aparición

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Un comentario

  1. Artículos como éste son dignos de ser estudiados con calma. Hay que aprender de la historia, de nuestros miles de errores, pero no para repetirlos y quedarnos paralizados como estatuas de sal en un Museo o en una Biblioteca, sino para transformar de manera radical -desde las raíces- nuestra podrida suciedad actual.

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