MAITÉ CAMPILLO. ¡Vivimos en tiempos sombríos!

Le pregunté: ¿Se habrá acabado el arte, don Ramón?
El arte no se acaba nunca -me repuso-, y no se acaba nunca porque el arte sirve para pasar el invierno, ya que el arte es siempre primavera:
¿Por qué mientes, Mariquiña?

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Yo no miento… Yo digo como tú: la otra verdad (Valle Inclán).

La estafa como política y el político como estafador legaliza la corrupción…
Conocí al juez Joaquin Navarro Estevan, en Madrid, en alguna que otra reunión o conferencia, que convocaban algunos socialistas de izquierdas por así decirlo (al PSOE), entre ellos Alonso Puerta, el creador del partido político PASOC, que más tarde se integró en (IU) Izquierda Unida. Quiero recordar que Navarro fue un hombre “honesto”, dentro de los jueces que había en la mal intencionada transición. Por motivos quizá nostalgicos, familiares (?) se metió en el PSOE. Y, se largó sin demora, tras comprobar la catadura moral de Felipe Gonzalez y sus compinches. Hombre cercano a la “verdadera justicia”, si es que ella puede existir en el paraiso de lo injusto, actuando y diciendo cosas que otros (no querían) o no se atrevían a decirlas. He conservado un interesante “pregón a forma de manifiesto”, escrito por su propio puño y letra, en 1995, donde analiza la situación política de la época. He vuelto a releerlo, sigue siendo totalmente actual, de una actualidad y frescor escalofriante ¿En qué sentido hemos avanzado (me pregunto), para fiestar “nuestros dirigentes” con los bolsillos llenos los de uno y “otro lado” de esa manera? Atravesé una parte del desierto, una carrera dura, y ni la soledad entre dunas me pudo dar la respuesta; paso pues a las reflexiones del juez Navarro, para poder entender mejor mi propia pregunta:

“El viejísimo Sócrates aseguraba que los gobernantes eran misántropos y misólogos y que su obsesión por el poder les hacía incapaces para la honestidad intelectual, la tensión ética y el amor a la verdad. Alrededor de dos mil quinientos años nos separan de aquellas reflexiones y parecen dichas por un observador de la realidad que nos atosiga en estos momentos. Una realidad de engaño, fraude intelectual, estafa moral continuada y promesas incumplidas que nos confirma día a día la afirmación de que la política es el arte de hacer imposible la verdad y la justicia. Cuando el ciudadano medio es sistemáticamente por el político de turno o por el gobernante de coturno, que le promete paraísos terrenales sin cuento y le proporciona, casi siempre, realidades de miseria y degradación, puede llevar su indignación hasta el límite -por otra parte racional y lógico- de plantearse una sanción al incumplimiento y a la frustración de los que se siente víctima. Es más que probable que los ingeniosos del poder le digan que la única sanción posible está en las urnas, es decir en no votar más al mendaz, al tahur o al truhán. Pero ¿basta con eso? ¿es sólo ese el dehonor que merece tal señor?

En la antigua Atenas se practicaba una costumbre muy saludable: el pueblo libre (es decir, con la inicua exclusión de mujeres y esclavos) se reunía en la plaza pública y escribía con un punzón en un trozo de cerámica (el “ostrakón”) el nombre del político que, por cualquier circustancia notoria, constituía una amenaza para la democracia. Si la condena era mayoritaria, el lider en cuestión, por carismático y providencial que fuese, era expulsaldo de Atenas (ostracismo). Hasta Arístides el Justo sufrió esa condena de sus conciudadanos. Era la sanción al engaño, al exceso o al abuso de poder. Era la respuesta a la infracción por el poderoso del mandato comunitario.
En los actuales sistemas democráticos se huye como del diablo del mandato imperativo, se dice que el representante no puede estar vinculado con sus electores pues representa a la nación en su conjunto. Lo que no se dice es que, por virtud de la degradación institucional del sistema, el representante queda a las órdenes de la oligarquía partidista que decidió presentar su candidatura. Es decir: se “libera” al representante de las presiones de sus electores (que se consideran ilegítimas) pero se le somete a los dictados de dos o tres oligarcas (que se consideran legítimos). Ello propicia todo tipo de felonías. El profesor Aranguren lo decía muy plásticamente: es lícito el matrimonio por poderes pero esta licitud no faculta al representante para acostarse con la novia (a no ser, claro está, con la anuencia de ésta).

La primera gran promesa incumplida es que la persona y la comunidad sean los protagonistas de la acción política. Siguen siendo, por lo contrario, los grandes ausentes. La divisa es exactamente la contraria: poner al público en su sitio de espectador o de víctima. Como dice Eduardo Galeano, “la mayoría ha de resignarse al consumo de fantasía, pues no en vano se venden a los pobres sueños de riquezas, a los oprimidos sueños de libertad, a los vencidos ilusiones de victoria y a los débiles ilusiones de poder”. La segunda es la creación de una democracia gobernante y participativa. Ahora resulta que esto no es saludable para la democracia, que ha de ser necesariamente brindada y gobernada. Norberto Bobbio, mentor de tanto felipista esclarecido, ha llegado a decir que la “excesiva participación” ciudadana es una amenaza para la salud de la democracia y que ésta peligra gravemente ante el exceso de demandas sociales. El gobierno del pueblo peligra si gobierna el pueblo. La tercera gran promesa incumplida es la eliminación de las oligarquias. Lejos de irse en esta dirección, se va en la contraria: la progresiva oligarquización de todas las estructuras de poder. Los llamados partidos de compromiso (con el poder y con el capital, no con la democracia) han ido prescindiendo de contenidos éticos e ideológicos para sustituirlos por el liderazgo caudillista (…). La cuarta promesa frustrada es la transparencia y el control del poder. La luz y la fiscalización son enemigos del poder oligárquico. La oligarquias dirigentes se desenvuelven mejor en la sombra y en el secreto, en el terrorismo de la razón de Estado y en la sicilianización de la política hasta extremos demenciales. La privatización del poder político, vinculado a poderes económicos de toda laya, convirtiendo los interes públicos en un gran basurero institucional. Y ese poder de tunantes y tahures, lejos de ser controlado, se convierte, además, en el gran controlador del pueblo que lo sufre, en el gran hermano vigilante.

¿Y que decir de la promesa de una democracia social y económica? Parece sarcástico hasta nombrarla. En su lugar, el mercado puro y duro lo invade todo. Todo lo que tiene precio y sólo tiene precio lo que vale. Las leyes del mercado se imponen a todo derecho y toda justicia. Ya no se trata del cumplimiento de la utopía marxista de una sociedad de trabajadores dueños del producto de su trabajo, libres, iguales, honrados e inteligentes. Ni siquiera se acepta el mínimo zoológico-humanístico de Eric Fromm: “afirmo solemnemente que cualquier ser humano tiene al menos el mismo derecho que cualquier animal doméstico a ser alimentado y acogido sin condiciones”. Esto también es una utopía desechable y reprobable. Finalmente, la sustitución de una cultura de súbditos por una de ciudadanos es la promesa última quebrantada y olvidada. Los individuos están cada vez más sometidos al poder, más distantes del Estado, más integrados en la “masa de maniobra” de los gobernantes de turno. Se buscan la sumisión y la manseduble y se rechazan y encarcelan la insumisión y la transgresión, cada vez más necesarias para una salud mínima del cuerpo social.

¿Cuál debe ser la sanción a tanto engaño, a tanta estafa, a incumplimientos tan radicales de promesas, pactos y contratos? Desde luego no la inhibición, ni la pasividad, ni la abstención. Creo más que nunca que la insumisión y la transgresión son un deber más que un derecho, una obligación más que una posibilidad. Si el poder, como decía Tolstoi, cumple sólo cuatro funciones repulsivas (intimidar, embrutecer, corromper y seducir) hay que ir contra el poder. Hay que abandonar los sueños y los afanes de poder para potenciar contrapoderes radicales e insomnes. Hay que potenciar a toda costa los movimientos sociales que expresan la vitalidad y validez, pese a todo, de los viejos principios de transformación, rebeldía, justicia, igualdad y libertad (Esto decia el juez Juaquín Navarro hace 23 años-1995)”

Sí, verdaderamente, vivimos en tiempos sombríos…
La 1ª promesa incumplida, según Navarro, es que la persona y la comunidad sean los protagonistas de la acción política. Pero para desgracia de la democracia, muchas personas y gran parte de la comunidad se “olvidan” de su derecho a ser protagonistas, y delegan tras el voto “a los profesionales” toda acción para cambiar sus vidas en algo más humano, más justo… (y, “los profesionales”), ¡si te he visto no me acuerdo! (Se buscan la sumisión y la manseduble y se rechazan y encarcelan la insumisión y la transgresión, cada vez más necesarias para una salud mínima del cuerpo social).

La 2ª promesa, es la creación de una democracia gobernante y participativa. Pero visto lo visto el esceso de participación no es bueno. Sólo puedes participar cuando ellos quieran, quienes y donde. Tienen bien blindado su sistena. (Decian) “¡Habla pueblo habla!”, pero habla, lo que yo quiero que hables, “la “excesiva participación” ciudadana es una amenaza para la salud de la democracia y ésta peligra gravemente ante el exceso de demandas sociales. “El gobierno del pueblo peligra si gobierna el pueblo” (Hay que potenciar a toda costa los movimientos sociales que expresan la vitalidad y validez, pese a todo, de los viejos principios de transformación, rebeldía, justicia, igualdad y libertad).

La 3ª promesa, es la eliminación de las oligarquias. Efectivamente, los oligarcas siguen aumentando como hongos de la peor calaña, nocivos para el desarrollo de una justicia social. Los oligarcas empobrecen a la sociedad, la desahucian, la apalean, la explotan, la enferman, la matan. El oligarca solo piensa en la acumulación de su capital a costa de destruir al ser humano y al planeta (Si el poder, como decía Tolstoi, cumple sólo cuatro funciones repulsivas (intimidar, embrutecer, corromper y seducir) hay que ir contra el poder).

La 4ª promesa, es la traspariencia y control del poder. Pero la oligarquia es una mafia y como mafia, actúa para acumular capital. Así lo hemos visto repetidas veces como actúan los bancos, los grandes monopolios que controlan la energia, la sanidad, la educación, la produción de bienes de primera necesidad (alimentos, agua…), y como actúan los gestores políticos de la oligarquia, vease PSOE, PP, PNV, CIU… Como se blindan con leyes, con sus jueces, con sus policías, con su ejército en última instancia (Y ese poder de tunantes y tahures, lejos de ser controlado, se convierte, además, en el gran controlador del pueblo que lo sufre, en el gran hermano vigilante).

(Y la última) La sustitución de ciudadanos por súbditos. El poder quiere súbditos “profesionales”, de eso no hay duda; borregos que no piensen, que no alteren el funcionamiento de su democracia. Para eso la monarquía es la mejor expresión medieval de sociedad… NO HACE FALTA COMENTAR LO ACONTECIDO EN LOS ÚLTIMOS AÑOS CON LA LEY “MORDAZA”: la ley de reforma laboral, las leyes de deshaucio, el encarcelamiento de políticos por llamar a votar, por poner urnas, por luchar por los derechos, por plantear la función de la monarquía e imponer la legalidad republicana como sinónimo de libertad. Como dijo Bertolt Brecht ‘A los hombres futuros’ en poesías escritas durante el exílio` Verdaderamente, vivo en tiempos sombríos.

Maité Campillo (actriz y directora de Hatuey`Teatro Indoamericano)

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