MAITÉ CAMPILLO. ¡Tierra húmeda… olor a 14 de abril!!

El teatro, ese veneno que estimula a vivir, seguir viviendo, sentir, compartir y crear, el que refuerza nuestra propia razón de ser, nuestra autoestima, y, nos introduce en un mundo colectivo de optimismo y fantasía, responsabilidad, imaginación y creatividad.

Vence lo que lucha y resiste, camina…

Tierra húmeda, tierra fértil; tarima, escenario, tablas (más allá de pantallas expansivas que distorsiona el ser o no ser), donde el juego colectivo tiene su espacio. A veces cuando sueño despierta me vienen relámpagos de aromas y copos de nieve en primavera como bocanada afluente del 14 de abril, dan paso hacia la gran vía internacional enfrentada al neoliberalismo antagónico, que se pavonea cercando e intimidando continentes, entre argumentos estériles y destructivos de carácter social y económico. Imponiendo muestra la viabilidad de la cara cruel del capitalismo. Su carrera genocida (hoy sobre Siria, permanentemente sobre Palestina) criminal como siempre. Son mis recuerdos ahí bien guardados del monstruo el mostrar otro lado del mundo posible. Cuantas veces he olido aroma a vida en el desierto seco y ventoso  a veces quieto como inmune, en los montes a lo largo de Pirineos y Picos de Europa, sierra de Granada, y altivo Teide, a laurisilva, retama y tajinaste isla a isla y un rayo incontenible de aroma del norte de África en fugas liberadas; los de otras latitudes más allá del ancho mar, aroma del Turquino en 26 de la Cuba revolucionaria! Andes chilenos, el Orinoco entre Brasil y Venezuela; los pocos vestigios de soberanía se han perdido, se van perdiendo. La violencia (terrorismo) de cuello duro (o blando), privatiza las guerras que desencadena por el mundo, su riqueza y su control; junto con el narcotráfico, es su economía principal dirigida por el imperialismo y sus lacayos europeos, reyes de la tiranía.

 

Oler a tierra mojada cuando se esperan esas gotas que nunca llegan en pleno verano tórrido y cansino, olor a pan cuando el pan era pan y caminabas de madrugada por esa calle donde sabías, había un horno, un panadero que trabajaba toda la noche; el olor a tierra labrada, trigo verde creciendo y danzando a ritmo del viento, a un melonar de la profunda y seca Castilla, rebaño de ovejas y cabras tras el pastor y su morral entre pan de hogaza ácido, queso e higos secos; flores silvestres, té de roca, laurel, lavanda, tomillo, romero, incienso, menta. Lejos de la “civilización” las amapolas. Amapolas rojas de intenso color coronando decenas de miles de fusilados de la República, que alumbraron otro mundo antagónico al que estamos obligados a vivir poco firmes en pié y más doblados de rodilla. El aroma a rosas silvestres viene a mis sueños, junto al aroma a lucha callejera  (enfrentada a ‘grises de visera y verdes de tricornio’) en busca de la libertad. El olor industrial, que nos regalaba las grandes fábricas todas las noches, aromas a Sefanitro, Altos Hornos de Bizkaia, y otras pestilencias nocivas donde los más mayores morían antes de poder disfrutar del inserso en Benidorm y los pajaritos caían desplomados sobre la tierra; fugas de aroma a besos y abrazos en complicidad, entre casas, montañas, sierras y mares profundos, cuerpo a cuerpo sudoroso entrelazado en puño de éxtasis.

 

El capitalismo monopolista se extiende imparable como mancha de aceite desposeyendo a las capas más humildes, “su democracia”, además de tramposa, corrupta, narcotizada y criminal, somete a millones de seres de nuestro planeta despojándoles de sus derechos y necesidades. Autoritario golpea (aunque en apariencia haya “huelgas generales y protestas”, más parecido a una feria o carnaval que a luchar. A la emigración la llaman desarrollo europeo. Movimiento humano en marcha (guiado por la gran banca), tratados como extraños en el lugar de origen; los únicos que tienen derechos, para el capital, es el turismo permanente, cansino y amorfo generando del lado del capital inflación insostenible en todo, fundamentalmente en la vivienda. La historia de los movimientos revolucionarios está trastocada por los pichones del capitalismo, sus lacayos, y sus soplones. La larga y dura lección genocida sobre Palestina, Iraq… hoy Siria, planeada, alentada por el imperio de la muerte (USA) triunfa a costa de someter nuestra lucha y nuestra historia, nuestros derechos fundamentales.

 

Las alternativas políticas-electorales perciben la “democracia” en el sentido de las oligarquías. La parálisis de los movimientos sindicales y políticos en general, parecieran tener conexión con las exigencias populares, ¿las tiene objetivamente? ¿su realidad no es muy diferente a las necesidades elementales cotidianas? ¿son movimientos en furia contra el capitalismo? La razón de que el movimiento obrero no avance y las capas populares, tiene que buscarse en la naturaleza de éstos movimientos y partidos, vacilantes (plataformas del capital), y en pretender hacernos creer que la potabilidad hacia el capitalismo es un requisito para ser gobierno (?). Me identifico con la escuela Brechtiana, defiendo el escenario como un combate, una plataforma de vida y no como un herbolario o muséo zoológico (llámese gobierno o templo) con animales disecados. El actor, el militante, tiene que crear esos seres vivos, y en la vida natural formar parte de ellos; de una en una de uno en uno somos muchos, somos muchos cuando se es uno, una.

 

Un olor a lucha y refriegas brotó empático en mi al caminar por la Plaza Roja de Moscú, sentí una ventana abierta y escuché el canto de un día no tan lejano, que hablaba de revolución, olor a mar, río, lago, nieve de las cumbres, y un pájaro asustado: sólo los pueblos que luchan con todo lograrán abrir camino al caminar sin emponzoñarse. Vuelve a mi mente aquella mañana con su textura a miel de abeja, humeante mate o samovar… y un libro abierto que te va a decir muchas cosas, compañero de ‘saltos’ y días de cárcel, compañera: ‘Incomunicado’ es faro, reflejo de historia, República y relámpago de lucha internacionalista. Olor a teatro antes de la función, y, tras la función una luz que defender y un puño que cerrar; olor a roble tras la lluvia, hierba, haya; olor a campesino tras 12 horas de trabajo en busca de la primavera y un verano de descontento contra el viejo mundo; olor a minero golpeado y ofendido saliendo del pozo, esforzándose, avivando sus ojos bajo la piel de las rojas banderas, para que su mirada vaya más allá de la muerte en vida que ofrece el patrón; olor a guerrillero tras caminar por esos montes que la historia niega (lo dicho una vez más), nada nos es dado, hay que conquistar hasta los sueños, compañer@.

 

Maité Campillo (actriz y directora de Hatuey` Teatro Indoamericano)

 

 

 

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