JESÚS ARBOLEYA CERVERA. ¿Y ahora para qué sirve la embajada de Estados Unidos en La Habana?

Por lo general, las embajadas norteamericanas en el mundo semejan grandes fortalezas. Cinturones de seguridad con vallas alambradas, obstáculos al tránsito, detectores de armas y explosivos, así como garitas con marines portando sofisticados fusiles de guerra, sirven de antesala al ingreso en estos recintos diplomáticos.

En Cuba no es así, apenas ha sufrido cambios el edificio de seis plantas con grandes ventanales de cristal inaugurado en 1953. Está ubicado en pleno Malecón habanero, una de las zonas más concurridas de la ciudad. El acceso es directo desde la calle y de la seguridad física se ocupan fuerzas policiales cubanas, apostadas en las aceras que la rodean. Es común encontrarse a diplomáticos y marines corriendo frente al mar. Ni en Washington parecen sentirse más seguros.

Sin embargo, el gobierno norteamericano acaba de oficializar la decisión de reducir un 60% su personal y prohibir la compañía de sus familiares, en el entendido de que corren grandes peligros debido a unos supuestos “ataques sónicos” que ni ellos mismos pueden explicar y que, al parecer solo ocurren en Cuba, aunque tampoco culpan al gobierno cubano de provocarlos. La decisión incluye la exigencia de una reducción similar en la embajada de Cuba en Washington.

Montones de fábulas se han tejido alrededor de estos ataques. La parte cubana, que ha realizado sus propias investigaciones y cooperado con el gobierno estadounidense, lo considera una “fabricación política”, sin ningún fundamento en la realidad. Lo único claro es que han servido de excusa para reducir al mínimo las relaciones entre los dos países.

Con este argumento, Estados Unidos cerró su consulado en La Habana. Esto hace impracticable el cumplimiento de las 20 000 visas anuales establecidas en el acuerdo migratorio de 1994, lo cual ya fue comunicado oficialmente al gobierno cubano. Ahora, esta gestión transita por un complejo y costoso proceso que termina en Colombia, donde los solicitantes deben hacer los trámites.

Peor ocurre con los que deseen solicitar visas para viajar temporalmente a Estados Unidos, con el objetivo de visitar a sus familiares residentes en ese país. Debido a la existencia de la política de pie seco/pie mojado, el argumento de “potencial migrante” había reducido significativamente la concesión de estas visas en los últimos años, hasta el punto que más de 80% eran negadas, lo que colocó a los cubanos entre los visitantes menos aceptados en el mundo.

Eliminada la política de pie seco/pie mojado por Barack Obama en enero de 2017, se suponía una mayor apertura, pero entonces llegaron los ataques sónicos y ahora los cubanos tienen que hacer esta solicitud desde algún consulado en el exterior, sin ninguna garantía de que serán aceptados, lo que prácticamente ha eliminado esta posibilidad.

En resumen, los que hasta ayer fueron “migrantes excepcionales”, debido a la supuesta voluntad norteamericana de contribuir a la reunificación familiar y ayudar a los cubanos a “escapar del infierno comunista”, hoy día están entre los más restringidos de acceder al territorio norteamericano. Aunque Cuba no aparece entre los países vetados por la política migratoria de Donald Trump, el resultado es el mismo.

Algo muy similar ocurre con los contactos académicos y culturales, ya que un cubano invitado por una contraparte norteamericana tampoco puede gestionar su visa en Cuba, agregando gastos e inconvenientes a esta gestión. A ello se agrega la alerta de peligrosidad emitida por el Departamento de Estado, lo que ha reducido a la mitad los viajes universitarios y los contactos “pueblo a pueblo”, durante años un reclamo de Estados Unidos, bajo el supuesto de que el contacto con los norteamericanos inocularía a los cubanos con las virtudes del American Way of Life y sería un incentivo para el desarrollo de los negocios privados en la Isla.

Hasta los llamados “grupos disidentes”, que antes gozaban de acceso especial a la embajada, ahora se quejan de haber perdido el contacto con los funcionarios norteamericanos y no poder gestionar sus visas para viajar a Estados Unidos.

Cabe entonces preguntarse, si la embajada norteamericana actúa bajo una premisa que dificulta las relaciones con su contraparte cubana, no brinda servicios consulares, incumple los acuerdos migratorios, limita los contactos pueblo a pueblo, obstaculiza las escasas relaciones económicas existentes e incluso perjudica el desarrollo de sus propias líneas de influencia respecto a Cuba, ¿a qué se dedica ahora la embajada de Estados Unidos en La Habana?

Lo que prima es un gran desconcierto, a tono con lo que está pasando en el servicio exterior estadounidense. La CIA, al igual que el FBI y otros órganos de seguridad, han sido objeto del cuestionamiento y las críticas del presidente, estableciendo una relación explosiva, cuyas consecuencias resultan impredecibles. El Departamento de Estado, por su parte, está en franca bancarrota, lo que se refleja en la falta de nombramientos y la renuncia de algunos de sus funcionarios más experimentados, especialmente en el área de América Latina.

Como “a río revuelto ganancia de pescadores”, estos espacios los está llenando la vieja guardia de halcones conservadores que una vez “cubanizaron” la política hacia América Latina, estableciendo la prioridad del derrocamiento del gobierno cubano en sus directrices, y ahora también la “venezolanizan”, aprovechando sus contactos históricos con la extrema derecha latinoamericana. El llamado lobby cubanoamericano desempeñó y aún desempeña un papel clave en esta corriente, que ahora vuelve a jugar un papel muy activo en la política contra Cuba.

Las decisiones de Obama encaminadas “hacia la normalización de relaciones con Cuba” fueron recibidas con satisfacción por los funcionarios norteamericanos encargados de aplicar esta política, incluyendo los establecidos en Cuba que, según reportes de prensa, han manifestado el interés de permanecer en el país. No por gusto Marco Rubio declaró que, para avanzar sus posiciones contra Cuba, tuvo que vencer la resistencia de la “burocracia” gubernamental.

Si los ataques sónicos producidos por armas secretas son cuestionables, de lo que no cabe duda es que los diplomáticos norteamericanos establecidos en la embajada habanera, ahora se ven realmente afectados por los ruidos provenientes de Washington. Al menos, para atenuar el estrés, podrán continuar corriendo por el Malecón.

 

(Progreso Semanal)

 

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