ELSON CONCEPCIÓN PÉREZ. Las copias del guión imperial

La última década en América Latina y el Caribe puede ser considerada de advertencia, reflexión, incluso, de rectificación para los gobiernos de izquierda o populares, que han llegado al poder en países de la región y que ahora no lo están o afrontan dificultades y constantes campañas mediáticas satanizadoras por parte de quienes –desde dentro y desde fuera– se empeñan en derribarlos.

El denominador común tiene varias aristas, que van desde la ejecución de planes de golpes blandos con el papel predominante de varias agencias norteamericanas como la Agencia de Estados Unidos para el Desarrollo Internacional (Usaid), la Fundación para la Democracia, el Instituto Nacional Demócrata y los mercenarios –internos y externos–, hasta la conjunción de los poderes  mediáticos, parlamentarios y judiciales para apartar del camino a los partidos y líderes progresistas que más planes sociales en beneficio de los pueblos han impulsado.

Así sucede contra la Venezuela chavista, la Nicaragua sandinista y el Brasil de Lula. El guion imperial continúa emitiendo copias y se aprecia también ahora en un Ecuador, donde se pretende apartar al expresidente Rafael Correa de la escena política y cercenar los logros de la Revolución Ciudadana.

En Nicaragua –el país de mayores progresos económicos y sociales en Centroamérica– se ha querido imponer la misma fórmula, con guarimbas y muertos incluidos, con el solo objetivo de destituir al gobierno de Daniel Ortega. Al respecto, un mercenario salvadoreño que dirigió muchas de esas criminales acciones, una vez detenido, ha confesado cómo fue preparado, cuál era el plan y quiénes lo financiaron desde Estados Unidos. En el caso nicaragüense, descubrir lo que todo el mundo sabe –no podemos pecar de ingenuos– no necesitó mediadores ni «especialistas» de la OEA.

Así ha ocurrido durante muchos años en Venezuela. La CIA, el Departamento de Estado y sus grupos especializados en guerra sicológica se devanaron los sesos y, aunque el guión es el mismo, se recurrió a variantes que van desde el estímulo a grupos fascistas para imponer la guerra interna, la compra de elementos corruptos vinculados a empresas del país y la utilización de la OEA en busca de un marco «adecuado» para una intervención armada desde Estados Unidos.

La trama contra el país de Bolívar y Chávez sigue presente, con el agregado de una guerra económica feroz, las sanciones desde Washington y de algunos países europeos, entre otras. Pero es Venezuela el ejemplo fiel de lo que nos refería Martí: «en política, resistir vale tanto como arremeter». Ahí sigue el gobierno chavista de Nicolás Maduro ganando elecciones y consolidando un proyecto que es modelo por su inclusión social.

No obstante, se hace necesario abrir bien los ojos y darnos cuenta que cuando la OEA no puede lograr sus objetivos, acude a otros resortes como la creación del llamado «Grupo de Lima», con propósitos divisionistas encaminados a aislar a la República Bolivariana.

EJEMPLOS Y ADVERTENCIAS

El golpe parlamentario-mediático dado contra Dilma Rousseff en Brasil, nunca fue un hecho aislado, sino un plan mayor con tentáculos foráneos, con el objetivo de acabar con el auge de los movimientos populares y los gobiernos de izquierda en ese gran país.

Lo que ha sucedido en el último año con el gobierno de Michel Temer, en el que se han desmontado políticas sociales, se han privatizado o entregado a transnacionales, grandes empresas y recursos patrimoniales de la nación y se ha comprado de múltiples formas a la mal llamada «justicia», así lo demuestra. En paralelo, más de 20 millones de brasileños beneficiados por los gobiernos de Lula y Dilma y que ya habían salido de la pobreza, han regresado a ella, como víctimas directas de un neoliberalismo entreguista que solo beneficia a los oligarcas que mantienen el poder usurpado.

Y mientras los corruptos gobiernan, el más digno y popular de todos los líderes, Luiz Inácio Lula da Silva, candidato favorito para las venideras elecciones, espera encerrado entre rejas la realización de los comicios.

Otra líder mujer emboscada en una maraña disfrazada de democracia ha sido la expresidenta de Argentina, Cristina Fernández de Kirchner, a quien, una vez alejada del poder por la vía electoral, se le ha querido imponer la misma receta de Lula.

Un informe del Observatorio de la Deuda Social, de la Universidad Católica Argentina, revela que el país que gobierna Mauricio Macri exhibe hoy un 31,4 % de la población viviendo en la pobreza, lo que representa a 13,5 millones de personas. Lo más perturbador es que el 48 % de la población que vive en la pobreza, son niños de entre cero y 14 años.

Otro gran país latinoamericano, México, tendrá a partir del 1ro. de diciembre un nuevo presidente, Andrés Manuel López Obrador, así como nuevas autoridades en los distintos niveles de gobierno. Se trata, sin duda, de una arrolladora victoria de las fuerzas populares y de izquierda y constituye la esperanza de una nación mutilada por la violencia, la corrupción y una pobreza que alcanza a unos 55 millones de mexicanos, de los más de 120 millones que forman la población total del país.

Un pesado lastre en la sociedad mexicana es la violencia. El propio Secretariado Ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Pública ha confirmado que entre el 2006 y el 2016 fueron asesinadas más de 170 000 personas y hubo 28 000 desaparecidos, en su mayoría víctimas del crimen organizado.

PARA NO PECAR DE INGENUOS

En algunos casos, las divisiones entre la propia izquierda ha sido caldo de cultivo aprovechado por la derecha y sus impulsores y financistas foráneos.  Se ha demostrado que no bastan solo los beneficios sociales logrados por los gobiernos populares, aunque estos tengan un gran alcance. Hace falta, además, la sabia conducción de las masas, la enseñanza del principio de resistencia y no pecar de ingenuos o simplistas e identificar a aquellos que –llámese oposición o derecha–, son sectores usados como punta de lanza en lo interno por quienes conciben el plan mayor, el de la oligarquía, las transnacionales, los consorcios y, desde Washington, los que se proponen acabar con quienes piensan o actúan de otra forma.

Los gobiernos populares o de izquierda, una vez en el poder, deben saber defenderlo y llevar a la conciencia popular la convicción de ser partícipes de primera línea en la construcción y consolidación de una obra conjunta. Y en este contexto hay un elemento actual –muy actual– que se debe abolir del lenguaje y la acción política de la izquierda: el derrotismo, el creer que todo está acabado.

Para defender los logros sociales hay que tener claro que la oligarquía y el imperialismo seguirán siendo el enemigo de los pueblos y que siempre habrá mercenarios que por algunos dólares sean capaces de vender su alma al diablo y ametrallar a poblaciones, matar a niños, quemar escuelas y hospitales.

LA UNIDAD POR ENCIMA DE TODO

El plan de «guerra blanda» lleva otros componentes añadidos, como el debilitamiento, la desunión y hasta la destrucción de organismos de integración con protagonismo en la lucha por la necesaria unión de los países de la región.

Se han lanzado todo tipo de dardos envenenados contra el Mercado Común del Sur (Mercosur), con el propósito de sacar a Venezuela de la agrupación y restar protagonismo al presidente Nicolás Maduro. También se trata de separar a una buena cantidad de naciones de la región de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (Celac), quienes se comprometieron en defender a la región como una zona de paz y desarrollar mecanismos de integración y colaboración política, económica y de solidaridad, por encima de intereses foráneos que dañan la soberanía e independencia de nuestros pueblos.

La Unión de Estados Suramericanos (Unasur), aunque ahora pretendan despojarla de su sede construida en la mitad del mundo, Ecuador, y mecanismos como el ALBA, Caricom y Petrocaribe constituyen salvaguarda de garantía de las conquistas sociales, la cooperación solidaria y la marcha unida de nuestras comunidades.

Permitir que la ola neoliberal, imperialista y oportunista crezca en nuestros países, solo depende de los pueblos y de quienes encabezan movimientos o partidos de corte popular. Urge cada vez más levantar el estandarte unitario y no abandonarlo ante las adversidades. Como nos dijera Martí: «Perder una batalla no es más que la obligación de ganar otra».

 

(Diario Granma)

 

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