CHILE. Salvador Allende, más allá del simple recuerdo

Salvado Allende nació en Valparaíso el 26 de junio de 1908. Como todo el mundo sabe, el presidente legítimo de Chile fue derrocado y asesinado por el golpe fascista de Augusto Pinochet, sicario y lacayo —interesado, por supuesto— del gobierno de los Estados Unidos. Era el 11 de septiembre de 1973 y, cumpliendo su palabra, el presidente murió combatiendo a los traidores en defensa de la causa del pueblo.

Allende se graduó de medicina en 1933 y, siendo vicepresidente de la Federación de Estudiantes de Chile, participó activamente contra la dictadura de Carlos Ibáñez (1927-1931).

Encarcelado durante casi seis meses, al año siguiente, junto a Eugenio Matte Hurtado, Oscar Schnake, Eugenio González y Marmaduque Grove, fue fundador del Partido Socialista de Chile —PSCh—; impulsando en 1936 la creación del Frente Popular —FP—, coalición de socialistas, comunistas y radicales.

En 1938, el FP logró la presidencia del país con Pedro Aguirre Cerda, asumiendo Allende, en septiembre de 1939, la cartera de Salubridad.

En 1952 contaba con 44 años, y el Frente del Pueblo lo postuló para presidente, pero perdió los comicios.

Seis años después, postulado en esta ocasión por el Frente de Acción Popular —formado por la Unión Socialista Popular, el Partido Socialista de Chile y el Partido Comunista—, volvió a perder las elecciones frente al conservador Jorge Alessandri.

En 1959, con la Revolución Cubana ya triunfada, viajó a La Habana y se entrevistó con Fidel y con el Che. Junto a éste último, en 1961 denunció el carácter demagógico de la Alianza para el Progreso. La denuncia fue expresada durante la reunión de la OEA celebrada en Punta del Este, Uruguay.

Más adelante, en 1964, volvió a ser designado candidato a la Presidencia, pero también salió derrotado. En esta ocasión por el democratacristiano Eduardo Frei Montalva, candidato que había contado con todos los recursos de las clases dominantes y, según documentos desclasificados del Senado de los Estados Unidos, con dinero de la CIA para financiar su campaña.

A pesar de los reveses electorales sufridos, Allende no se sumió en la desesperanza, y su actividad revolucionaria nunca se detuvo.

El 22 de enero de 1970, la Unidad Popular, que integraba a comunistas, socialistas, radicales, PADEMA, MAPU y Acción Popular Independiente, proclamó a Allende como candidato a los comicios del 4 de septiembre de ese mismo año.

Entonces sí ganó las elecciones. En aquella ocasión, la maquinaria imperialista no pudo impedir al pueblo su ansiada victoria.

Asumiendo el cargo el 3 de noviembre de 1970, Salvador Allende —contaba entonces con 62 años— se convirtió en el primer presidente marxista de la política mundial llegado al poder mediante las urnas.

Pronto se dio a la tarea de poner en marcha su programa político, el de la Unidad Popular, mejorando notablemente las condiciones de vida de la población y, sobre todo, procurando a ésta la dignidad que siempre se le había negado.

Obviamente, aquellas liberadoras medidas chocaron rápidamente con los imperiales intereses de los Estados Unidos que, de manera más agresiva, si cabe, arreciaron sus ataques contra el nuevo gobierno socialista; hasta que, finalmente, éstos devinieron en el conocido y sangriento golpe de Estado.

Cuarenta y cuatro años después, Salvador Allende sigue reconocido y recordado como el honesto presidente que ofrendó su vida por un mundo más humano y justo, donde las relaciones sociales entre sus pobladores, además de iguales y amplias, sean desprovistas de la codicia que promueve y necesita el capitalismo.

Sus últimas palabras fueron las siguientes:

Trabajadores de mi patria: tengo fe en Chile y su destino. Superarán otros hombres este momento gris y amargo, donde la traición pretende imponerse. Sigan ustedes sabiendo que, mucho más temprano que tarde, se abrirán las grandes alamedas por donde pase el hombre libre para construir una sociedad mejor.

¡Viva Chile, viva el pueblo, vivan los trabajadores!

Estas son mis últimas palabras, teniendo la certeza de que el sacrificio no será vano. Tengo la certeza que por lo menos, habrá una sanción moral que castigará la felonía, la cobardía y la traición”.

Marxista convencido —repudiaba el sistema que sólo asigna valor al dinero—, Salvador Allende sigue vivo en el sueño de los oprimidos, en la esperanza de los pueblos; llamando, como siempre, a la unidad de todos los proletarios de Chile, de América…, como herramienta indispensable para alcanzar la victoria frente al neoliberalismo opresor en el inicio creador de un mundo nuevo, urgente y necesario.

 

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