CARLO FRABETTI. Los dos bandos y la izquierda contemplativa

No hay ni puede haber dos Españas, puesto que ni siquiera hay una; pero sí que hay dos bandos irreconciliables, que, en última instancia, son los mismos de siempre (ya lo dijo Platón mucho antes que Marx: “En todas las ciudades, grandes y pequeñas, hay dos bandos en guerra permanente, los ricos y los pobres”). Los mismos de siempre, pero con peculiaridades muy relevantes, que al parecer están confundiendo a algunos sectores de la izquierda.

La más importante de estas peculiaridades es la confluencia de antiguas reivindicaciones soberanistas e identitarias con antiquísimas reivindicaciones de clase. No todos los independentistas catalanes son de izquierdas, no todos aspiran a construir una república socialista; pero un buen número de ellos han comprendido (como muchos vascos, como la mayoría de los cubanos) que en el seno del capitalismo salvaje no hay espacio para la libertad y la justicia, y que la defensa de la propia independencia es un aspecto fundamental de la lucha contra un imperialismo depredador que quiere arrebatarles a los pueblos su identidad para poder arrebatarles todo lo demás. Y al igual que en Euskal Herria, en Catalunya la izquierda independentista no ha excluido la posibilidad de aliarse coyunturalmente con un sector de la burguesía, ante la imperiosa necesidad de hacer frente a un Estado terrorista dispuesto a todo con tal de impedir la autodeterminación de las personas y de los pueblos.

A algunos, entre los que me incluyo, nos chirrían y preocupan estas alianzas interclasistas; pero tan simplista como dejar de lado esta preocupación sería -es- rasgarse las vestiduras y tirar del manual del perfecto comunista. “Ni guerra entre los pueblos ni paz entre las clases”, no lo olvidemos nunca, y menos en estos tiempos confusos; “La religión es el opio del pueblo”, recordémoslo todos los días; pero analicemos cuidadosamente cada coyuntura concreta antes de hacer algo o dejar de hacerlo en función de una consigna.

He oído a viejos camaradas decir que el procés es una maniobra de la burguesía catalana y que se niegan a apoyar a meapilas como Junqueras y Puigdemont (por no mencionar los exabruptos de Frutos); una visión tan simplista como su contraria: la de quienes dicen -con horror o entusiasmo, según los casos- que el procés es una revolución orquestada por los antisistema. Para bien o para mal (y de nosotros depende que sea para bien), la realidad no es tan simple.

Los puristas de la izquierda contemplativa deberían recordar que Chávez tenía una virgencita en su despacho y cada dos por tres esgrimía su crucifijo de bolsillo para ahuyentar a los vampiros del imperialismo; deberían recordar que el catolicismo es un fenómeno sumamente complejo y contradictorio, en el que tienen cabida cosas tan dispares como la teología de la liberación y los Legionarios de Cristo, y que en Catalunya hay un influyente sector de la Iglesia que tiene poco que ver con el nacionalcatolicismo del Opus Dei y la Conferencia Episcopal; deberían recordar que la burguesía catalana está escindida, y que la izquierda puede y debe aprovechar esa fisura. Y, sobre todo, deberían recordar los puristas que, en ocasiones, se puede avanzar junto a extraños compañeros de viaje sin renunciar a nada importante. Y que ahora no se trata de alterar un resultado electoral dentro del juego parlamentario al uso (como cuando el PSOE apelaba al “voto útil”), sino de asestar un golpe contundente, tal vez decisivo, a un Gobierno podrido y un Estado terrorista.

Ahora mismo, los dos bandos, pese a todas las complejidades y provisionalidades, se definen e identifican claramente: a un lado, los sinvergüenzas que siguen diciendo que esto es una democracia y los necios que se lo creen; al otro, los que tienen claro que hay que acabar con la España negra de los herederos de Franco, con su bandera mutilada y con el españolismo del “a por ellos”. Y tal como están las cosas, y por más que se empeñen los equidistantes en nadar y guardar la ropa, quien no está en un bando, está en el otro. En estos momentos decisivos, quien no se opone abiertamente al terrorismo de Estado, se convierte en su cómplice

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2 comentarios

  1. No cabe dudas de que Frabetti sabe barajar las letras como las cartas de una baraja, pero ese arte de tripero no hace que su discurso sea el único posible a la hora de enfrentarse al lío hispanocatalán.

    Desmontar cada una de sus frases sería demasiado prolijo. Cita unas cuantas frases de una especie de catecismo comunista (habría que decir antes por qué se eligen esas frases o citas célebres y no otras; pues, por ejemplo, la manida cita célebre del opio del pueblo hay que contextualizarla y explicarla; y si no se explica su doble valencia de poco sirve: pues, lo mismo puede servir para quemar iglesias e ídolos religiosos como para levantar monumentos y generar una teología alternativa: de la esperanza (Jürgen Moltmann), de la liberación (Hugo Assmann, Gustavo Gutiérrez o Jon Sobrino) o de a subversión (feminista). Y así lo mismo con la frase de guerra de clases o de guerra nacional popular o…)) y no sugiere nada de cómo llevar a cabo esa propuesta.

    En estos días estamos comprobando todos (y todas) como el independentismo catalán era una burbuja campanera al modo del Freixenet: mucho gas y poca sustancia detrás. En un par de movimientos se ha desinflado. Y sabemos que no hay ni respaldo popular suficiente (hay que ser muy necio para negar lo obvio) ni hay nada estable como para poder sostener una República catalana independiente.

    Creo que de los fracasos, como buenos científicos, deberíamos aprender y sacar lecciones que nos ayuden a no generar más problemas (ni dolores ni sufrimientos) de los que ya hay.

    Y hemos podido comprobar que el pudrimiento del Reino FrancoBourbónico tiene mayor estabilidad que la dispersión de las nebulosas de izquierdas. Las aguerridas tropas de choque neofranquistas están mejor preparadas para el combate que las miles de sectas izquierdistas. Sectas dispersas sin cabeza, sin organización, prestas a multiplicarse en miles de divisiones por matices de toda índole (el veganismo, el obrerismo, el ecologismo, el pacifismo, el bandolerismo, el estalinismo, el trotskismo, el anarquismo, el feminismo, etc). Y cada uno de esos mismos también se multiplica a su vez en cientos de divisiones. ya lo vemos en la propia valoración que cada grupito hace de Podemos. Para unos son leninistas, para otros gramscianos, para otros socialdemócratas, para otros unos oportunistas, para otros unos soplagaitas, etcétera. Frente a ese panorama la jodida derecha nacional sabe muy bien tapar sus vergüenzas con la bandera bicolor de los Borbones. Y con un simple 29% del 60% del cuerpo electoral es capaz de imponer su agenda política, económica, territorial, militar,…

    Lo de la izquierda contemplativa no me parece una expresión muy bien definida. Ni siquiera es operativa.

    Y debe saber el señor Frabetti que los oprimidos necesitamos más que nuestros opresores saber para qué luchamos: con qué objetivos, con qué planes,… Y si entregamos nuestras vidas (que es lo más valioso que tenemos) que, al menos, se sepa por qué las desperdiciamos.

  2. Carlo, me gusta mucho leerte y lo hago desde hace bastantes años y te estimo y admiro pero discrepo contigo en que muchos vascos y la mayoria de los cubanos comprendan que en el seno del capitalismo salvaje no hay espacio para la libertad y la justicia. En Euskal Herria hay un gran retroceso y hoy en dia las ideas anticapitalistas son muy minoritarias. Las elecciones las ganan siempre el PNV y Bildu hoy en dia no tiene practicamente nada de anti capitalista. En la Cuba que yo conozco esta creciendo a pasos agigantados la falta de interes historico y la perdida de las ideas y valores socialistas por parte de la juventud. No hay mas que darse una vuelta por la Habana para ver el afan por las modas y el consumismo por la juventud y la critica al sistema por parte de muchisima gente.
    Desgraciadamente así van las cosas.

    Mikel

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